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26/01/2018 22:32 CET | Actualizado 26/01/2018 22:32 CET

El único preso que se atrevió a hablar con el "Ángel de la muerte" y puede contarlo

Noah Klieger, superviviente de Auschwitz, ha visitado este miércoles la exposición sobre el campo de exterminio en Madrid.

Noah Klieger contempla una de las imágenes de la exposición.
Lukasz Michalak
Noah Klieger contempla una de las imágenes de la exposición.

Noah Klieger mantiene la mayor parte del tiempo su mirada fija en un horizonte que solo él parece ver. Se ha dicho que es el único superviviente de Auschwitz que se atrevió a hablar con Josef Mengele, el doctor de las SS conocido como el "Ángel de la muerte" por enviar a incontables presos a las cámaras de gas y experimentar con ellos. Ocurrió hace más de 70 años, cuando 1,2 millones de personas fueron asesinadas en aquel campo de exterminio nazi. Como testigo de aquel horror, este superviviente que hoy tiene 93 años explica que tiene una misión: contarlo.

Por eso ha acudido a Madrid. Klieger entra en la silla de ruedas entre una nube de flashes y periodistas a la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos en el Centro de Exposiciones de Arte Canal de Madrid. Sus intensos ojos azules miran con curiosidad algunos objetos, como los zapatos o pijamas que utilizaron los presos judíos hace 70 años. La visita ha sido organizada con motivo del Día Mundial en Memoria de las Víctimas del Holocausto, que se conmemora el 27 de enero.

CARLOS PINA

De vez en cuando, al pasar por alguna de las diversas salas de la exposición, hace algún comentario sobre el auge del nazismo o sobre recuerdos que le vienen a la cabeza, como aquel grupo de niños que llegó a Auschwitz poco antes de que el campo fuera evacuado y cuyo destino no llegó a conocer.

Lukasz Michalak
Klieger frente a un pijama empleado en Auschwitz por presos judíos.

Tras un vertiginoso recorrido por las 25 salas de la muestra (no hay mucho tiempo, en breve tiene que dar una conferencia), la nutrida comitiva se detiene junto a la reproducción de un barracón del campo de exterminio. Es el momento para hacer "pocas" y "muy breves" preguntas. Los periodistas y asistentes a la exposición se arremolinan a alrededor del superviviente. Una reportera le pregunta si sabe "cuánta gente votó a Hitler". "¡Eso míralo en un libro", le espeta una voz. Arrecian los murmullos. "¡No ha respondido a mi pregunta!, grita la periodista.

Las preguntas se suceden atropelladamente. Otra informadora quiere saber si recuerda algún olor o sonido de sus días en Auschwitz. "No veo el sentido a esa pregunta, puede que para vosotros tenga sentido, pero no para mí. No hay un solo día que pase sin que me acuerde del campo", responde Klieger en inglés.

Muchas cuestiones quedan en el tintero cuando la comitiva se traslada a un recinto aledaño, en la sede del Canal de Isabel II. Acompañado por numerosos miembros de la comunidad judía en España, Klieger comienza su conferencia subrayando que sobrevivió a Auschwitz "solo por suerte, no por ser más fuerte o inteligente". "Suerte, mucha suerte", recalca para explicar lo que él vivió como una serie de "milagros" que se concatenaron.

Lukasz Michalak
Periodistas y asistentes a la exposición escuchan a Klieger.

"Estuve preso en Auschwitz de enero de 1943 a enero de 1945", explica. Era un joven judío de 16 años cuando fue trasladado allí tras ser detenido por los alemanes. Fue capturado mientras trabajaba para una red clandestina que pasaba judíos desde Bélgica a Suiza. Lograron salvar a casi 300. Klieger comienza su intervención por el final, con la evacuación del campo en los estertores de la Segunda Guerra Mundial.

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Cuando los alemanes cerraron Auschwitz, forzaron a los presos a un viaje a pie de cuatro días hasta un pueblo polaco en la frontera. Fue una "marcha de la muerte" en la que, si no caminaban al ritmo exigido por sus guardianes, recibían un tiro y sus cuerpos se quedaban tirados en la carretera.

ARMAS SECRETAS PARA LA VICTORIA

Los trasladaron a Dora-Mittelbau, un campo cercano a un complejo subterráneo de los nazis en el que trataban de desarrollar "armas secretas" que les llevarían a la victoria. "Querían ganar una guerra que estaba perdida desde hacía años, desde la batalla de Stalingrado", comenta Klieger. Estas armas eran cohetes V-1 y V-2, los primeros misiles balísticos de la historia.

El anciano explica que, tras la evacuación, había perdido su chaqueta, esa en la que los presos judíos llevaban bordada una estrella de David que los identificaba antes sus guardianes. "Al llegar me declaré como un preso político francés, porque los alemanes mataban a todos los judíos, pero no a todos los presos políticos". Esta maniobra entrañaba un gran riesgo, porque además de la estrella, todos los judíos procedentes de los campos llevaban un número de serie tatuado en el antebrazo que los podía delatar.

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Klieger muestra el número que le tatuaron en Auschwitz.

"Decidí intentar entrar en un kommando", el nombre con el que designaban los alemanes a las unidades de trabajo. La intención de Klieger era lograr ser trasladado a la planta de armamento porque allí el exiguo rancho era algo mejor y las instalaciones se encontraban bajo una montaña, de modo que eran invulnerables a los cada vez más frecuentes bombardeos aliados.

EL MEJOR MECÁNICO

Los alemanes buscaban mecánicos de precisión, y Klieger "no tenía ni idea", pero se la jugó. Una quincena de presos se presentó a la selección, dirigida por un oficial de las SS y dos civiles. "Nos dijisteis que erais mecánicos, y ahora vais a demostrarlo", les dijeron. Tenían que responder un cuestionario sobre mecánica. Pensó que se había metido en la boca del lobo y que no saldría vivo. Y entonces ocurrió uno de los milagros.

Un prisionero bien vestido que distribuía los formularios se fijó en el triángulo rojo con una F de Klieger (la insignia que se daba a los presos políticos franceses), se acercó a él y le preguntó, susurrando:

"¿Sabes algo?"

"No"

"No te preocupes. ¿De dónde eres?"

"De Estrasburgo"

"Yo también"

Entonces el preso deslizó sobre su mesa un formulario ya cumplimentado con las respuestas correctas y le dijo:

"Tras unos minutos levanta la mano y di que has terminado"

Así, el que no tenía ni idea de mecánica, sacó la mejor nota en el examen. "Eso fue un milagro increíble", enfatiza el anciano superviviente. Trató de encontrar a aquel paisano durante los siguientes meses, pero no pudo.

"Pero el milagro va más allá", adelanta Klieger, que sigue manteniendo la mirada fija al frente. A pesar de haber aprobado el examen, seguía sin estar capacitado para trabajar como mecánico. El oberkapo, el responsable de los trabajadores de la planta, necesitaba un ayudante que hablase alemán y, nuevamente, pidió voluntarios.

Cinco presos dieron un paso al frente, Klieger incluido. El primero era un judío con la estrella de David bordada en la chaqueta. El oberkapo le preguntó si sabía alemán. "Ja", dijo el preso ('sí', en alemán). Entonces el responsable comenzó a golpearlo hasta dejarlo tendido en el suelo y ordenó que lo sacaran de allí.

El siguiente voluntario era un preso checoslovaco, que hablaba alemán, pero con un acento característico que no gustó al oberkapo. Llegó el turno de Klieger:

"¿Hablas alemán?"

"Sí, oberkapo"

"¿De dónde eres?"

"Francés, oberkapo. De, Estrasburgo, Alsacia. Todo el mundo sabe que Estrasburgo es alemán".

Esta región francesa perteneció a Alemania hasta la Primera Guerra Mundial, tras la cual fue anexionada a Francia. El interrogador pareció satisfecho con el comentario de Klieger y se mostró de acuerdo con lo que decía. Siguieron charlando.

"Oberkapo, mi padre estudió en Munich, Baviera, un doctorado"

"Yo soy de Munich"

Tras intercambiar algunas palabras más sobre Baviera, el oberkapo le dijo: "Está bien, tú serás el ayudante". Al incorporarse a su nuevo puesto le dieron una ducha, ropa nueva y comida. Su trabajo consistía en supervisar lo que otros hacían, de modo que pudo ocultar que no sabía nada de mecánica.

"PUEDE QUE LO LOGRES"

La mayoría de trabajadores eran ingenieros franceses y polacos que estaban trabajando allí como presos forzados, y muchos trataban de sabotear la producción provocando algunos defectos en las armas para que fallasen al ser utilizadas. "Los alemanes se dieron cuenta y ahorcaron a cientos", recuerda el anciano.

Un mes antes de la rendición incondicional de Alemania, el campo de Dora-Mittelbau fue evacuado. "Los alemanes aún querían ganar la guerra", rememora Klieger. "Eran muy estúpidos por creérselo". Cientos de presos fueron trasladados a cavar zanjas contra los tanques rusos, pero debido a sus condiciones de desnutrición, apenas podían tenerse en pie. "La mayoría murieron apaleados" porque las obras no avanzaban.

Lukasz Michalak
Klieger durante su conferencia.

Fueron trasladados nuevamente, esta vez al campo de Ravensbruck. Nada más llegar, un SS pidió a alguien que supiera hablar alemán. Klieger, nuevamente, se ofreció. El oficial quería que lo ayudase a empaquetar todas sus cosas a cambio de un poco de comida. Recuerda que fue la primera vez en años que comía en una mesa. "Puede que lo logres", le dijo el SS. "Yo, no. Me van a ahorcar en cuando me atrapen", añadió. Poco después, llegó la rendición, el fin de la guerra y la liberación del campo por las tropas soviéticas.

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Corona de flores en uno de los hornos crematorios del campo de concentración de Ravensbrueck

A partir de entonces, Klieger se dedicó a ejercer como periodista y cubrió los juicios a criminales nazis en Alemania, Bélgica y Francia. En Bélgica se reunió con sus padres, miembros de la resistencia que habían logrado sobrevivir. Cuando el barco Exodus 1947 se trasladó a Palestina con el fin de fundar un estado judío, Klieger se embarcó en él y participó en la guerra civil que desembocó en la creación de Israel.

"CONVENCÍ A MENGELE"

Tras terminar su intervención, el público, compuesto por unas 200 personas, tiene la oportunidad de preguntar a Klieger. Algunos le piden una reflexión sobre si cree que puede volver a ocurrir otro Holocausto. "No lo sé. A Hitler lo votaron los alemanes, no dio un golpe de estado. Fue elegido por la mayoría y le dieron plenos poderes", reflexiona. "Espero que no vuelva a ocurrir", dice, aunque señala que el odio a los judíos "no ha desaparecido". "Por suerte, si hay otra vez, tenemos un estado fuerte", comenta en referencia a Israel.

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Hitler es recibido por sus seguidores en Nuremberg Alemania)

También le piden que opine sobre los negacionistas del Holocausto. "Son pobres idiotas. Entonces qué pasó, ¿que seis millones de judíos se suicidaron? Solo los que no tienen cerebro pueden afirmar que el Holocausto no pasó." Y hay quien pregunta cómo era la vida de los niños en Auschwitz. "Mi respuesta, lamentablemente, es muy corta: no había niños en Auschwitz porque los gaseaban al llegar".

Preguntado sobre su encuentro con el doctor Mengele, explica que necesitaría un buen rato para contarlo todo con detalle. "Traté de convencerlo de que me dejara vivir... y lo hice". El ángel de la muerte llegó a la enfermería, en la que Klieger estaba convaleciente por una lesión, para seleccionar a presos que dividía en dos grupos. "Derecha" era la palabra para los que seguirían trabajando. "Izquierda", para los que iban a ser gaseados.

Höcker Album/ Wikipedia
Richard Baer, Mengele (centro) y Rudolf Höss en Auschwitz, en 1944.

Tras inspeccionar brevemente a Klieger, dictó sentencia: "Izquierda". Entonces, cuando ya estaba siendo apartado hacia el grupo de los condenados, se zafó de los guardias, se plantó ante Mengele y le dijo que tenía 16 años y que podía seguir trabajando. "¿Tú crees realmente que puedes continuar sirviendo en un equipo de trabajo?", le preguntó Mengele. "Sí, sin duda". Y el ángel de la muerte le permitió vivir.

Tras la liberación, le relató la anécdota a otro preso, que tras escucharlo le dijo que Klieger era "el único preso que se atrevió a hablar a Mengele". Cuando iban a juzgar al doctor nazi por sus crímenes, tuvo la oportunidad de hablar con un fiscal. El anciano rememora cómo reflexionó y le explicó al jurista que él no sería un buen testigo, porque Mengele, de algún modo, lo libró de la muerte.

"Serás muy buen periodista, pero no tienes ni idea de leyes. Lo que te pasó es la prueba de que tenía el poder de salvar vidas y, sin embargo, envió a cientos de miles a la muerte", le dijo el fiscal. "Eres el mejor testigo".

A lo largo de toda su vida, Klieger ha seguido ejerciendo ese oficio de testigo sin cesar. Jamás ha cobrado por ninguna de las más de 12.000 conferencias que calcula que ha ofrecido."Tengo 93 años, así que no me quedan muchos", comenta. "Pero mientras pueda, lo seguiré haciendo. Es mi misión".

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