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21/03/2018 07:30 CET | Actualizado 21/03/2018 07:30 CET

Refugiados y europeos, todos hechos de gente

Compartí hace unos días este emocionante vídeo de Amnistía Internacional en el que se mostraba un experimento que daba respuesta a una pregunta inicial: ¿Qué pasa si juntamos a refugiados con ciudadanos europeos y se miran a los ojos durante cuatro minutos?

Durante ese tiempo nos van mostrando las caras de hombres y mujeres de distintas edades, también niños, de muy diferentes aspectos, que, de dos en dos, están sentados enfrente y se miran a los ojos. Alguna risa nerviosa, algún ceño fruncido, alguna mirada al suelo, algún comentario sobre un bigote... dan paso, al correr de los segundos, a alguna pregunta más personal, alguna lágrima, alguna mirada tierna, alguna carcajada y, finalmente, derivan en apretones de manos, abrazos largos y sentidos, intercambios de teléfono, invitaciones a planes y a juegos de carreras, protagonizados por los más pequeños. Dice el psicólogo Arthur Aron que '4 minutos de contacto visual acercan más a la gente que cualquier otra cosa' y es solo eso lo que ofrece este ejercicio, la oportunidad de mirar al otro, de no cambiar de canal por unos momentos y disfrutar de la empatía y de lo que ella nos enriquece.

Estos minutos, sin zapping, me recordaron a las reflexiones de una amiga que vive en Bruselas, trabaja en la Dirección General de Cooperación Internacional y Desarrollo de la Comisión Europea, y, en este durísimo invierno, acogió en su casa, algunas noches, a distintos inmigrantes, somalíes y egipcios sobre todo, que pasan por la ciudad de paso hacia Inglaterra y que se aglutinan en torno a un parque, el de Saint Maximiliene, a la espera de que la sensibilidad ciudadana los rescate de pasar la noche a la intemperie.

Somos perfectamente capaces de dotar de humanidad y de compasión el camino de estos migrantes cuyo único pecado es querer una vida mejor

Le costó atreverse a formar parte de esa plataforma en favor de la solidaridad, vive sola y la inmensa mayoría de los extranjeros son jóvenes varones. Tras un mes de pensarlo un poco y de dejar crecer el sentimiento mucho más, sobre todo cuando veía nevar por la ventana, empezó a formar parte de esos ciudadanos, un 70% mujeres solas, como ella, empeñados en liberar, cada noche, el parque de Saint Maximiliene. Lo consiguieron, lograron que no hubiera una sola noche del crudo invierno en la que quedaran emigrantes en el parque.

"Y entonces ocurrió la gran paradoja", cuenta mi amiga, "de que en la ciudad europea cuna de las más estrictas políticas antinmigración, sus habitantes abrieron las puertas a un movimiento potente y efectivo que nos dio la oportunidad de quitarnos la venda y darnos cuenta de que esto está ocurriendo de verdad y de que nos concierne. Estamos empeñados en resolverlo de manera intelectual, con políticas internacionales a gran escala y, claro, todo es muy difícil, y de verdad que lo es, pero no tenemos por qué estar supeditados a los grandes discursos, somos perfectamente capaces de dotar de humanidad y de compasión el camino de estos migrantes, muchos con una salud endeble y grandes proezas a la espalda, cuyo único pecado es querer una vida mejor".

Ella, y tantos otros ciudadanos de Bruselas, ofrecieron duchas larguísimas de agua caliente, radiadores junto a los que acurrucarse y colchones mullidos, a cambio de cuatro minutos de contacto visual, de bajar al corazón un discurso insensible que les permitió cuestionarse y gestionar su miedo al dolor ajeno, a lo desconocido; única barrera que, con valentía, se puede superar para descubrir que, al final, como canta Pedro Guerra, todos estamos hechos de gente. Una conclusión vital que calienta nuestro interior más que el mejor edredón de plumas.

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