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15/05/2018 07:37 CEST | Actualizado 15/05/2018 07:37 CEST

Teoría de la dimisión

Susana Vera / Reuters

El valor político de la renuncia

La rueda de las dimisiones

No se suicidó: le suicidaron.
No dimitió: le dimitieron.

La verdad a veces proviene de un error gramatical. Rara vez se dimite por coherencia política. En realidad, el enroque es la estrategia más habitual antes de dimitir... o de que te dimitan (los medios de comunicación, la oposición política o tus propios compañeros de partido).

Cayó la Cifu.
Cayó la ministra británica de Interior.
Una cascada de dimisiones (¡Qué expresión tan bella!) ha logrado posponer el premio Nobel de Literatura 2018.
Y ahora ha caído Junot Díaz como presidente del Pulitzer, acusado de agresión sexual.
Podríamos seguir con esta enumeración hasta la náusea (¿cuenta la abdicación del Papa o del Rey como dimisión?).

Las dimisiones no son la excepción, sino la regla. En España puede que sea algo inusitado, pero quizás la situación esté cambiando paulatinamente. Las dimisiones son como la hidra de Lerna: se pide la cabeza de alguien, y cuando esta rueda, se piden dos más. Este furor jacobino es comprensible porque la dimisión se ha convertido en el único mecanismo asequible de restitución frente a la ignominia política; cuando no derrotas electoralmente a un partido que lo ha hecho rematadamente mal, solo queda el consuelo de forzar una o dos dimisiones.

Las crisis se han afrontado desde la inacción: no hagamos absolutamente nada, que todo pasará (esto vale tanto para el político que se apoltrona en su escaño como para el trabajador que lo hace en su sofá). Y en efecto, en algún momento pasa la tormenta y la indignación se rebaja (vivimos en una democracia sentimental, por usar la expresión de Manuel Arias).

La rueda de dimisiones forma un patrón, y donde hay un patrón, puede haber una hipótesis que cuaje en una teoría.

Teoría de la dimisión

Con las dimisiones, algo cambia y a la vez todo se queda igual. Una dimisión es un leit motiv lampedusiano: se regenera un cargo (una manzana podrida), pero el sistema se queda intacto (el cesto). Los políticos, a propósito de la corrupción, no paran de hablar de cestos y de manzanas. Una cultura consolidada de la dimisión nos permitiría saber en qué contextos hay manzanas podridas o cestos defectuosos. Tiendo a pensar en términos sistémicos, así que me decantaría por cambiar de cestos, pero también estos se han cambiado y seguimos emporcados en los mismos problemas.

Las dimisiones oxigenan la vida pública y con estos abandonos parpadea la dialéctica del mundo: lo estático (personas ancladas al poder) da paso a lo dinámico (dimisiones, que son "ceses anticipados" para que parezcan por voluntad propia), aunque el cambio permanente produce inmovilidad (que se lo digan a los italianos en materia política). La dimisión es la ventana que nos muestra la paradoja de Zenón de Elea: el movimiento es ilusorio. Y sin embargo, ahí está, imponiendo su alegre danza.

Se necesita una buena teoría de la dimisión para saber cuándo hay que engrasar los engranajes del poder.

Los indimitibles

El vocablo inimputable está reconocido.
El de indimitible no.

Nadie está imposibilitado de dimitir.
Ni de morir (políticamente).

El fruto prohibido estaba en mal estado (la manzana del árbol del conocimiento del bien y del mal). Y casi todos lo han probado. Me temo que aún nos falta por averiguar cómo no cagarnos dentro del cesto.

EL HUFFPOST PARA HONEST