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08/01/2019 12:36 CET | Actualizado 08/01/2019 14:49 CET

Que Dios (o quien proceda) nos coja confesados

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Un mural de Banksy que representa la ruptura de la Unión Europea.

"Esto se está poniendo mal", me decía un optimista patológico que siempre le ha encontrado el lado bueno a las cosas malas. "Fíjese usted en que ya son cientos de miles las personas en España que están dispuestas a cambiar la libertad por el caudillaje". Asentí, como es natural. Para mí lo evidente sigue sin necesitar demostración: las urnas han hablado y no necesitan traductores no al braille ni al lenguaje de sordos.

Vox significa un renacimiento del franquismo sin vergüenza; una nostalgia que como reconocía el fundador de Alianza Popular, placenta y simiente a la vez del PP, estaba incrustada dentro de la gran organización de la derecha nacional. "Gracias a nosotros- reconocía- no hay extrema derecha en España". Era una gran verdad: Santiago Abascal, el refundador de la extrema derecha punto com, es una escisión del PP. Durante gran parte de su vida ha vivido chupando subvenciones de las generosas ubres de las instituciones manejadas por los populares.

En cierta forma es una hijuela más del aznarismo y compañía. Por eso el líder oficial del PP, Pablo Casado, no oculta su unidad de destino en lo universal con la revelación de las elecciones andaluzas y gran beneficiaria del cabreo español. Por algo se empieza: por FAES, y sus franquicias verbi gratia, cuyo santo y seña es bien simple: hay que echar a la izquierda. Ergo sum, comentaba un socialista constituyente, vamos a privatizar España como privatizamos viviendas sociales de Madrid, o ENDESA, o AENA, a la mayor gloria de nuestro liberalismo patrio. Y a seguir con las cortinas de humo.

Como estaba anunciado (al menos por muchos analistas y periodistas atentos al dato) la creación de un movimiento contra el stablishment y con nostalgias bolcheviques o bolivarianas de su revolución pendiente, presagiaba una reacción en sentido contrario.

El peligro es que la Unión Europea ya no es un refugio seguro para el sentido común y el imperio de la ley de la democracia.

Inicialmente se pensó en que la contestación proporcionada vendría del lado del PP, que, en efecto, radicalizó sus discursos. Pero no, vino en forma de resurrección espiritual (como mínimo) del dictador. Revolver en la memoria sin entender lo que significó la Constitución de 1978, y cómo se gestionan estas heridas del alma que aún supuran, es lo que tiene. Efectos secundarios adversos. De repente, y no sólo en Cataluña, en España ha resurgido un guerracivilismo que ya asoma las fauces a cara descubierta en las redes.

"Yo no soy antisistema – me han dicho varios conocidos que han ido llevando su desencanto, lleno de fantasmas, desde el socialismo hasta el nihilismo para 'entender' al final el revival franquista- lo que ocurre es que el sistema está contra mí".

El peligro es que la Unión Europea ya no es un refugio seguro para el sentido común y el imperio de la ley de la democracia. El europeísmo ha dejado entrar en el territorio comunitario al euroescepticismo y a la abierta eurofobia en nombre y apellidos de las soberanías nacionales. A ver si nos damos cuenta de la enormidad del cambiazo: en estos momentos habría sido imposible el Tratado de Maastricht y hasta el de Lisboa, un acuerdo que salió bien tras el fracaso de la Constitución Europea.

Hoy habría sido imposible crear el euro, delegar la competencia monetaria en un banco Central Europeo a costa de los Bancos Centrales de los países miembros, aceptar la supremacía de los tribunales de la UE, o de la legislación y directivas, o de la libre circulación consagrada en el espacio Schengen... Los gobiernos de Polonia y de Hungría fueron los primeros disidentes, una especie de británicos del centro y el norte de Europa. Estar sin estando. Estar dentro pero fuera. 'Fuerando', y valga el palabro. Chupar del bote, pero sin renunciar a hacer lo que les da la gana de puertas adentro.

¿Ah, pero es que hay puertas? Por supuesto. Primero se vuelven a poner las bisagras en los marcos, luego las hojas... Y ya se irá viendo.

El camino más largo empieza por un primer paso. La realidad no sirve como disuasión cuando la mente está cegada por el fanatismo y la soberbia, que viene a ser lo mismo. Ahí tenemos el caso del Reino (des) Unido: el fracaso anunciado del Brexit, que si se consuma hará más pobres y más débiles a sus habitantes (eludo 'ciudadanos' porque ellos mismos se consideran 'súbditos de su Graciosa Majestad) no es vacuna contra las ingentes cantidades de 'orgullina' como cuatro cantamañanas que sueñan con el imperio perdido le han inoculado a la gente encandilada con el fuera viviré mejor y que se joda el continente.

En todo este conflicto mundial los jueces tienen un papel importante.

Pero este nuevo nacionalismo no es solamente un espejismo (esperemos) europeo; es un virus que afecta a todo el orbe democrático conocido. Y al otro también. La diabólica retórica populista basada en recetas simplonas para problemas complejos, ha llevado a un sub-normal (según sus propios colaboradores, y dicho políticamente hablando) a la Casa Blanca. Sus rabietas infantiloides contra la prensa independiente, sus tuits enloquecidos de amanecida, su gobierno personalista y egocéntrico, la mezcla de sus negocios privados con la política ( que es lo que parece que está detrás del América first), están sometiendo a una dura prueba a los contrapesos de poderes diseñados por los padres fundadores y respetados, hasta ahora, por todos los presidentes.

Las extrañas conexiones entre Moscú y el entorno de Trump, y las aparentemente claves campañas de intoxicación en las redes con epicentro en el Kremlim para destruir a Hillary Clinton y allanar el camino al trumpismo no se pueden separar de la predicación y el combate contra las democracias occidentales para la destrucción de la Unión Europea que lleva a cargo su teólogo de cabecera ( y ex estratega jefe de su campaña) Steve Bannon, defensor y acicate de todos los ultraderechistas y filo-fascistas europeos. "Ni nazismo, ni comunismo, ni fascismo... ahora o tenemos cuidado o nos cae encima una evolución de estas ideologías en el fondo tan parecidas, el 'trumpismo universal'", me decía hoy mismo un espejo gallego.

Todo están siendo malas nuevas. La moda tiene nombres propios, Xi Ximping, con tanto poder fáctico como Mao; el turco Recep Tayit Erdogan, que se está cargando el legado laico y progresista de Kemal Ataturk a golpe de kilómetros de velo islámico; el egipcio mariscal Al Sissi, que ha sustituido la tentación totalitaria de los Hermanos Musulmanes por la de los militares- proceso contrario al turco- ; y ahora en Brasil el efecto Jair Bolsonaro ( 'jaira' en Canarias es sinónimo de estar como una cabra), un exmilitar que llega con un programa sin complejos: defensor del golpe de los 'milicos', encontró el camino despejado gracias al procesamiento de Lula da Silva incoado por un juez 'incorruptible' ... al que ha hecho ministro de 'su' Justicia.

Una justicia dispuesta a cohabitar con un fiero ataque a la democracia brasileña, que empieza con la anunciada purga de todos los 'comunistas' de la administración, con una liquidación de derechos civiles, y con un machismo y un racismo trastornado. Una ministra ya ha dicho que "los niños de azul y las niñas de rosa".

Por eso, más vale, por precaución, que "Dios nos coja confesados". Lo que equivale a estar preparados para resistir.

En todo este conflicto mundial los jueces tienen un papel importante; en buena parte el 'caso español' es consecuencia del descrédito de la justicia y del escaso rigor con que el Consejo General del Poder Judicial y los Altos Tribunales del Estado velan por su independencia, su ética y su moral, su competencia y su imagen.

Pero tampoco se puede ignorar la influencia de la moralidad y la incompetencia y la vía libre a la avaricia como uno de los elementos del descrédito de la democracia.

La cruel y sectaria gestión de la crisis económica en toda Europa, y en España de manera especial, ha desatado todos los nudos que protegen al sistema.

Como nos recuerda el profesor Rodríguez Adrados, ya en la Grecia de Solón y Pericles había derecha e izquierda, representantes de los poderosos y del pueblo, de propietarios y de pescadores, antecesores de los romanos hermanos Tiberio y Gayo Sempronio Graco y de los tribunos de la plebe.

Aquella república (democracia) iniciática ha mantenido una constante evolución progresista. Y la historia demuestra que, siempre, siempre, siempre, el retorno de los brujos nunca ha durado cien años aunque haya llenado el solar de tragedias.

Por eso, más vale, por precaución, que "Dios nos coja confesados". Lo que equivale a estar preparados para resistir. ¿Resistirá el embate esta Europa (vaaaleee, imperfecta, ya lo sé) de las libertades y el bienestar?

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