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12/03/2016 10:22 CET | Actualizado 12/03/2016 10:23 CET

'Madrid, de novela'

madridMadrid no es sólo un paisaje, sino un personaje literario con componentes épicos y multitud de costumbres o tradiciones acunadas en miles de manos llegadas de todos los puntos de la geografía española, y aún de más allá. Por eso, siendo de todos, Madrid nunca fue de nadie.

Hay historias que muerden, y esta novela llevaba veinte años mordiéndome las entrañas. Quería escribirla cada vez que oía decir que Madrid no tenía relato, que era una ciudad sin una trayectoria histórica reconocible. Porque Madrid ha sido, y es, un milagro que se ha perpetuado a través de los siglos. Y ahora la he escrito. Espero no tener que oír nunca más que Madrid no tiene un viaje literario en su naturaleza.

Desde 1565, cuando sus protagonistas llegan a la Corte recién constituida, hasta el Once de Marzo del 2004, cuando se produjo la última gran tragedia en la ciudad, la novela recorre una travesía que tiene un extraordinario, y generalmente poco conocido, relato literario.

Vertebrada por tres sagas familiares, los Vázquez, los Posada y los Tarazona, espectadores o protagonistas novelescos de los sucesos, la novela persigue contar fielmente la épica de Madrid, el verdadero personaje principal, y real, del libro.

En mi opinión, era una novela necesaria. Los madrileños, en buena medida, desconocemos nuestra historia, lo que fuimos y cómo llegamos a construir la más hermosa y paradójica de las ciudades, y me apetecía recordar cuáles son los orígenes de Madrid, por qué se llama "gatos" a los madrileños, de dónde surgió el insulto de gilipollas, genuinamente madrileño. Y tantas otras cosas, como quién perdió los restos de Lope de Vega, Cervantes y tantos otros, qué pasó con los de Goya, quién y para qué se construyó el Retiro, quién fue el primer alcalde de Madrid elegido por los vecinos, cuál es la razón por la que nunca se miran los leones de La Cibeles, por qué se toman las doce uvas de Nochevieja ante el reloj de la Puerta del Sol, en dónde estaba el quinto pino...

Estas y otras muchas preguntas se van respondiendo en Madrid, la novela. Porque Madrid no es sólo un paisaje, sino un personaje literario con componentes épicos y multitud de costumbres o tradiciones acunadas en miles de manos llegadas de todos los puntos de la geografía española, y aún de más allá. Por eso, siendo de todos, Madrid nunca fue de nadie. De ahí su grandeza y su sencillez, su orgullo y su humildad, su paciencia y su carácter revolucionario y de resistencia ante cualquier imposición que rebasara los límites de su paciencia. Siendo cosmopolita, abierta y acogedora, también es altiva y gozó siempre de una generosidad no siempre comprendida, así como de una dignidad que nunca permitió que se la arrebatasen: bastaba con que a un madrileño le cortaran la capa para que se armara el motín de Esquilache.

Madrileño es todo aquel que vive en Madrid, sea cual sea su origen o procedencia. Porque Madrid no da carta de naturaleza ni exige pedigrí. Es lo que les pasa a las ciudades verdaderamente universales: París, Nueva York, Londres, Madrid...

Tiene estructura de ciudad, es visible en cualquier plano urbano; pero su concepto es más complejo. Sí, Madrid es un personaje muy complejo sicológicamente, creo que de los más difíciles con que he trabajado como escritor. No sé, quizá sea una exageración, pero tengo la sensación de que tiene un alma bipolar: igual se resigna ante el poder, ese poder que siempre ha tenido encima como una losa, o dentro, como un virus, que se levanta en armas si atentan contra su libertad. Y goza de una extraña mezcla de pecados y virtudes: derrocha orgullo, generosidad, lujuria, paciencia, templanza, solidaridad y diligencia. Sí, cuesta comprenderlo, pero solo hasta que se convive un puñado de meses con la ciudad.

No son fáciles de entender ciertos rencores hacia Madrid, como si fuera una ciudad deudora de todos, origen de todas las afrentas y culpable de todos los males e incertidumbres de España. Parece una coartada fácil, en todo caso, un juego para explicar cínicamente que todas las carencias perversas provienen de arriba, del poder, de Madrid. Pero se yerra el tiro porque ahí encima nunca están los madrileños, sino las instituciones con sede en la capital que deciden sobre los ciudadanos, pero también y especialmente sobre los vecinos de Madrid, que los tienen más a mano.

Sea como fuere, con todos estos principios, con esos mimbres, Madrid se construyó una nave con la que atravesó los océanos del tiempo. Y así se narra en esta novela que es, en realidad, la vida de Madrid. Su travesía. Su relato. Su historia. Aunque a veces, por increíble, sorprendente o maravillosa, no lo parezca.

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