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25/12/2016 10:03 CET | Actualizado 25/12/2016 10:03 CET

'Alarde de tonadilla', el regalo del teatro musical español

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Foto de Alarde de tonadilla cedida por Teatro Tribueñe - © Laura Torrado.

Ir a un espectáculo con muchas expectativas después de haber visto las valoraciones críticas del mismo y que se cubran o se superen dichas expectativas es infrecuente. Alarde de tonadilla de Hugo Pérez de la Pica en el Teatro Tribueñe, lo consigue con un género tan español como es la tonadilla para regocijo y disfrute de espectadores que los domingos por la tarde agotan entradas y llenan la sala. El boca-oreja está haciendo mucho bien a la taquilla como ya pasó con Los ojos de Raquel Meller, otra producción de este teatro que se mantuvo varias temporadas en cartel, giró e incluso pasó a gran formato.

La obra es simplemente un regalo. En la que todo está hecho para disfrutar y del que apenas se nota su sesgo histórico. Pues se trata de una historia de la copla, una historia de lo nuestro. Una historia del verdadero pop español, ya que es un género que siempre fue popular, querido, cantado y bailado por el pueblo. Usado para cantar y contar la intrahistoria de los amores, incluso de los amores diversos que siempre los hubo y los habrá, y de los cambios sociales como la aparición del cine.

Es un regalo porque es un producto cuidado y empático con el espectador. Que, tal vez, tarda un poquito, muy poquito, en despegar, pues se remonta a un tiempo oscuro y lejano en el que la copla era, como todo el folclore, cosa de la calle. Algo que siempre siguió siendo a pesar de la estilización que sufrió en su desarrollo desde la jota y el romancero hasta hacernos ver a Celia Gámez, Lola Flores, Sara Montiel, Paquita Rico, Carmen Sevilla como estrellas de "olibud", es decir, Hollywood, cada vez que cantaban copla en un cine patrio.

Vídeo de Alarde de tonadilla cedido por el Teatro Tribueñe.

Para conseguir este regalo su director se ha rodeado de un equipo artístico que le permitiese dar el espectáculo. Unas actrices y dos actores, elenco que ha salido fundamentalmente de la casa. Excepto José Luis Sanz, que solo recita, los demás cantan con eficacia, e incluso más allá, el cancionero popular, no siempre fácil de cantar. Que saben bailar. Que saben tocar instrumentos comunes como las castañuelas el pandero y la pandereta. Que saben mover los bonitos trajes que llevan dándoles vida. Que saben estar presentes en escena y dar presencia, interpretar con la voz y el cuerpo, las miradas y las manos, las canciones que le tocan en suerte acompañadas por un o una pianista.

Algo que hacen con generosidad. Deleitando vistas y oídos y poniendo sus gotas de drama, en las canciones desgarradas, y sus gotas de humor, en las pícaras. Gotas con las que salpimientan todo el espectáculo y que atrapa tanto a mayores como a un pequeño grupo de niñas de unos ocho años a las que han llevado sus padres. Que miran atentas y ponen cara de felicidad en el intermedio. Unas caras en las que uno se puede aventurar a leer ¿por qué mis padres o mis abuelos no me han hablado de esto?

La misma cara de felicidad y de ganas de hablar sobre lo que sucede en escena que tienen unos espectadores más mayores para los que todo esto es su historia de juventud. De cuando las cosas parecían no ir tan rápido, de cuando a pesar de los avatares de la Historia, sentían que se pondrían el mundo por montera.

Y el resto de los espectadores pondrán una cara de (re)descubrimiento de un cancionero español que cuando se sirve bien, pierde esa caspa, esa sospecha, que la historia reciente le fue dejando. Y entonces, se les escucha decir "ole y guapa" como a sus mayores. Se les oye reír y emocionarse, como al resto, con las imágenes de luz y oscuridad que Hugo Pérez de la Pica ha traído del pasado para ponerle una mirada del presente. ¡Arsa! Y que dure.

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