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30/12/2018 13:54 CET | Actualizado 30/12/2018 13:58 CET

'El castigo sin venganza' o la necesidad actual de hablar en verso

Sergio Parra
Beatriz Argüello y Rafa Castejón en El castigo sin venganza de Lope de Vega

El castigo sin venganza de Lope de Vega por la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) en el Teatro de la Comedia tiene todos los parabienes de la crítica, como se puede comprobar, por ejemplo, en la Guía del ocio o el Ranking de Tragycom. Ningún crítico se quería perder la oportunidad de hablar de ella. Varias son las razones. La primera que es una obra capital de Lope, dicen que escrita como reacción a la relevancia que estaba comenzando a tener Calderón de la Barca. La segunda que el tándem Álvaro Tato, que hace la versión, como Helena Pimenta, que dirige, ha dado grandes alegrías teatrales en los últimos tiempos. A lo que se añade que si Pedro Sánchez, el actual presidente del gobierno, llega hasta el verano, se producirá un relevo en las direcciones artísticas de los centros dependientes del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM), del que ya fueron informados los que como Helena ocupan dichos puestos en la actualidad y el periodo de contratación termina en breve.

Esta reacción unánimemente buena de la crítica podría ser explicada como reconocimiento a la labor que ha hecho dicha directora al frente de esta compañía. Una labor que tiene luces y sombras artísticas y las tiene porque Helena Pimenta asume riesgos. Lo que ha hecho muy interesante su gestión sobre todo porque la contabilidad le sale positiva.

También podría deberse al trabajo del verso en este montaje. El verso bello, bellísimo, escrito por Lope que en las voces de este elenco vuela por el teatro, se cuela en el oído del espectador y les activa. Una activación extraña, pues la complejidad del verso, lo que dice y su musicalidad, necesitan una cabeza a la que llegar, pero las reacciones que producen son físicas, de piel, corporales, gracias a esa actualización, naturalización con la que dice el verso. Una forma de decir que mantiene entregados a los espectadores antes de estallar en aplausos cuando acaba la función.

Trailer de El castigo sin venganza de Lope de Vega dirigida por Helena Pimenta

Un mimo y un cuidado en el decir que también se ha puesto en la escenografía, en el vestuario, en la iluminación. En todo lo que permite componer imágenes bonitas. Pero cuando se continúa el análisis más allá de la parte técnica empiezan a aparecer los problemas. Uno que comparten muchos profesionales del teatro y que tiene que ver con la edad de los actores, pues esta obra pide juventud en gran parte del elenco para ser creíble. Idea, tal vez conservadora y popular, que choca frontalmente con la progresista e integradora de que cualquier actor o actriz puede representar cualquier personaje, asumir cualquier rol, en función de su técnica.

Tampoco se ve en este montaje la necesidad de contar esta historia en pleno siglo XXI. Una historia que protagoniza un duque que se casa por conveniencia con una mujer más joven, cuyo padre puede proteger su ducado. Duque que tras una larga ausencia descubre que su hijo bastardo, que espera que le herede, y su mujer se han enamorado y han acabado en la cama. Afrenta a su honra, mancillado a lo que sólo él tiene derecho. Una gran afrenta hecha por carne de su carne. Cuando, tal y como se ve en el montaje, parece que poco le interesa esa esposa a la que abandona alegremente al poco de casarse, sin haberla tocado, para irse a batallar en los ejércitos del Papa.

Una contemporaneidad que podría haberse visto en varías líneas de contenido. La primera y más evidente, la de la orientación sexual del duque o la forma de vivirla. Un duque que se dice mujeriego, un donjuán, de un apetito sexual voraz, que curiosamente evita en la obra y en escena toda relación sexual con mujeres, desde el ofrecimiento de una prostituta hasta con la propia esposa, por cierto, algo de lo que ella se queja varias veces.

Sergio Parra
Rafa Castejón y Joaquín Notario en El castigo sin venganza de Lope de Vega

La otra línea de contenido que podría ser de interés para los contemporáneos espectadores que se sientan en las butacas tiene que ver con la honra, sí. Ese asunto tan viejo a unos ojos y oídos de hoy en día, pero que está muy presente en forma de reputación. La reputación que tienen que mantener y hacer crecer empresas, países, políticos y personas y que hace que tengan o no la confianza de sus interlocutores. Ya sea un banco, una administración, un inversor o el favor del público y de la crítica.

Cuántas cosas se hacen en nuestra sociedad por mantener esa reputación. Tan drásticas como las que hace el protagonista de esta historia. Cuántas carreras y vidas públicas vemos truncarse, terminarse, en nuestras televisiones. Cuánta gente en la cuneta por mantener la reputación económica de un país y de un sistema que les asegure financiarse en los mercados. Políticos, empresarios, famosos que para mantenerse a flote, en sus reinos efímeros, en su prestigio, en su honra, van acabando con sus colaboradores más queridos, incluso sus herederos, ante la plaza pública porque eso es lo que se espera que hagan. Castigos ejemplares y ejemplarizantes que disfrazado de necesidad y responsabilidad solo buscan su prestigio para mantenerse en el poder, mantener su fama, mantener su marca. Porque como repite ese periodismo de tertulia de casino de provincias, cafelito, copa y puro, que luego se replica en el trabajo, en la barra del bar, en las cenas navideñas, por cualquiera en cualquier parte "la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo."

Hubiera sido interesante haber trabajado esta obra para hacer entender que una reputación, como una honra, poco vale, vale nada, sin una red personal de emociones y afectos en la que sustentarse, a la que aferrarse. Es ahí donde está el drama de este duque. Lo puede todo y, sin embargo, no puede nada más que hacer lo que se espera que haga. Y ese hacer le mantiene en el poder, sí, pero frustra cualquier posibilidad de futuro, de perpetuarse a través de sus descendientes, y, lo que es peor, cualquier posibilidad de presente como una persona libre, como una persona realmente responsable.

Uno imagina cómo hubiera podido ser esta obra en la que la belleza del texto y la belleza con la que sus actores lo dicen hubiera chocado de bruces con las mezquindades y ruindades humanas en escena. Esa distorsión tan querida a la música rabiosamente contemporánea. Pero eso no está en escena. Lo que está son los hermosos versos de Lope en una bella jaula, versos cantados ejemplarmente por un gran elenco y por lo que merece la pena ir al teatro. Algo que para una inmensa mayoría es mucho más que suficiente para agotar entradas, llenar el teatro y no dejar de aplaudir.

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