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27/04/2018 02:25 CEST | Actualizado 29/04/2018 10:46 CEST

'El corazón de las tinieblas' o la luminosa oscuridad actual de un clásico

Patricia Fuertes
Kc Harmsen como Kurtz en El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas que Dario Facal presenta en los Teatros del Canal va a descolocar a más de una persona, como ya ocurriera con su montaje de El Burlador de Sevilla. Los motivos van a ser muchos. Y es que la historia de Marlow, el capitán que viaja a África, más concretamente al Congo Belga, para rescatar a Kurzt se ha convertido en una vaca sagrada literaria difícil de tocar o a la que solo se puede tocar de una manera. Sin embargo Dario Facal trata de responder la pregunta ¿qué cuenta hoy el libro El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad al público? Y la de ¿cómo se puede contar hoy dicho libro a las plateas? El qué contar y el cómo contarlo que todo artista se plantea pues son elementos inseparables, los motores del arte, también del teatral.

Esas preguntas hacen que sí o sí haya que pasar por los espectáculos de este director de escena. Y el que pase por "El corazón de la tinieblas" se va a encontrar con que Facal ha robado de lo mejorcito del teatro contemporáneo español. Concretamente de Rodrigo García (sobre todo de su montaje La selva es joven y está llena de vida a partir de la obra del mismo título de Luigi Nono) y de Angélica Liddell. Pero, a aquellos que no les encaje lo que hacen estos dos monstruos teatrales, no se asusten. Facal es un gran ladrón, y hace con lo robado un espectáculo suyo, propio y, como ellos, sin caer en la facilidad ni en la complacencia. Aunque construye, como siempre, con vocación popular, con vocación de llenar plateas.

Es esa vocación la que seguramente le ha llevado a elegir a Ernesto Arias como actor principal. Un actor lleno de registros pero que por alguna razón va conformando en el imaginario colectivo a ese tipo corriente, del común, puesto siempre en un brete, sometido a un aprendizaje en carne propia. Al estilo de lo que suponían, por ejemplo, Alfredo Landa, Juanjo Menéndez o José Luis López Vázquez. Por eso la introducción que hace a la novela, la sencilla contextualización que le ha marcado el director y él dice en el centro de la boca del escenario, se acepta como la de ese amigo que se va embarcar en un viaje y que quiere que le acompañes.

Patricia Fuertes
Ernesto Arias como Marlow en El corazón de las tinieblas

Un viaje que comienza con la fantasía literaria de descubrir tierras lejanas y ponerles nombre. Un viaje movido por las ganas de civilizar territorios salvajes. De hacer llegar la cultura occidental, es decir, la idea del progreso (¿o es la del beneficio?) con el apellido de económico. Esa idea que el territorio salvaje devuelve en la mirada y en el cuerpo de aquellos que la sufren y, también, la disfrutan, aunque parezca increíble. Como siguen haciéndolo hoy en la República Democrática del Congo, en el mismo Congo Belga en el que sucedía la novela. Donde antes fue el ansia por el marfil, para cosas tan sencillas como fichas de dominio o de ajedrez, y ahora es el ansia por el coltan, para los masivos smartphones.

Un contraste que acompaña ese decir, sencillo, a penas afectado, en un tono normal, de cercanía. Pautado sobre una música electrónica de Room 603, tan actual, como de una posible rave suave de una larga noche oscura, muy oscura; un piano clásico, que suena a decimonónico (otro robado a Rodrígo García, de su Gólgota Picnic); y un tambor africano que irrumpe cuando menos te lo esperas recordando la fuerza primitiva que llega de los primeros sonidos.

Sí, hay oscuridad y negritud tras tantos y tantos productos atractivos con los que se comercia. Como oscuro y negro es el escenario de esta obra. Una oscuridad y negritud que, al convertirse en dinero, se puede transustanciar en objetos brillantes y luminosos. En mansiones y en piscinas azules, de un azul cielo en un día soleado en el Mediterráneo. Una luz cegadora que no admite sombras. Una luz que calienta los cuerpos y conforta la mente. Una luz alrededor de la que nos religamos los seres humanos. Sobre todo, aquellos que no comieron del árbol de la sabiduría. Pues los que comieron, los filósofos y amantes de la sabiduría, como Nietzsche, Solzhenitsyn, Sade o Rimbaud y el propio protagonista han mirado de frente al ser humano y han visto "¡El horror, el horror!"

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