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12/08/2018 10:43 CEST | Actualizado 12/08/2018 10:44 CEST

La estancia, el cuarto propio de Marlowe y Shakespeare

Fiesta Corral Cervantes/Nieves Ferrer
Una escena de La estancia de Chema Cardeña

Los amantes del teatro en Madrid están de suerte. De entre las muchas opciones veraniegas que se pueden ver en la capital, acaba de llegar una que se ajusta como un guante a lo que seguramente están buscando. Se llama La estancia de Chema Cardeña y se puede ver en esa Fiesta Corral Cervantes tan poco atractiva que se ha montado en la Cuesta Moyano. Lo que demuestra que para disfrutar del teatro, no es tanto el lugar, como lo es un buen texto, una acertada dirección y unos buenos actores.

Y es que la historia de esta obra, de atenerse a los hechos, es del todo inverosímil. Suponga que un joven y desconocido Shakespeare, actor o cómico en el Londres isabelino, quisiera aprender a escribir y buscase maestro. Marlowe, su coetáneo, sería el único posible. Pues bien, ese atrevido y humilde joven se colaría en la estancia secreta, el cuarto propio que diría Virginia Woolf, de su admirado poeta para solicitarle unas clases. Lo demás es teatro.

Es teatro la dialéctica que se establece entre los dos maestros. Esa dialéctica que transita, sí, por el arte de escribir comedias, es cierto, pero que huye de la clase académica enfrentando los yámbicos de uno a los yámbicos del otro. Porque la poesía, la teatral, también surge de la vida, le viene a decir Marlowe a Shakespeare. La vida vivida, no la leída, no la hecha de ficciones. Y cuando Shakespeare quiere hablar de estrofas y versos, Marlowe le habla de amor, de traiciones, de dolor (el que tienen todos los hombres y mujeres heridas), de política, de reinas cuyo olor ahuyenta amantes y Armadas Invencibles (dando lugar a una de las escenas más cómicas de la obra).

Fiesta Corral Cervantes/Nieves Ferrer
Javier Collado Goyanes y José Manuel Seda en un escena de La estancia

Que esa mentira sea capaz de bajar todas las barreras de lo inverosímil se debe, no solo a un texto inteligente, que juega su apuesta sin trampa ni cartón, sino a sus dos actores. Por un lado, Javier Collado Goyanes y su Chris(topher Marlowe) hecho de carne y hueso, de emociones que si hacen daño es solo a sí mismo. Un daño verdadero y permanente, hecho del cinismo que da el conocimiento del alma humana que se puede rastrear en sus versos y en su biografía. Personaje áspero y bronco al que gracias a lo que dice y cómo lo dice el actor que lo representa se acaba queriendo.

Por otro laso José Manuel Seda que compone un Will(iam Shakespeare) a la intemperie, a sabiendas de que la única manera de aprender es dejarse querer, y que para ser querido ha de mostrarse en toda su vulnerabilidad. Y si Marlowe le enseña lo que es la vida, él le enseña a Marlowe lo que es el amor. Sin grandes discursos. Lo hace con una simple pipa. Un elemento pequeño que apenas verá el espectador, pero que gracias a como estos dos actores se siguen y enzarzan con naturalidad en una absurda discusión, entenderán que de lo que están hablando no es de la pipa. Parecen decir, esto no es una pipa como hizo el ya icónico y surrealista Magritte.

Es más un montaje hecho de corazón, de contacto, roce y caricia, que de razón

Los párrafos anteriores no deberían llevar al error de que se trata de una obra de tesis. Nada más lejos del montaje y la dirección que pone en escena Jesús Castejón, un conocido actor de cine, teatro y televisión que ha trabajado con Lluis Pasqual, Calixto Bieito y Plácido Domingo. Como ya se ha dicho, es más un montaje hecho de corazón, de contacto, roce y caricia, que de razón.

También es un montaje con muchas razones para haber llegado mucho antes a Madrid, ya que se estrenó en 2016 coincidiendo con el 400 aniversario de la muerte de Shakespeare, construido a modo de thriller para que interese al público, divertirle sin apelar a lo zafio, a lo chabacano, a lo fácil. Una obra que se respeta a sí misma, a los materiales con los que trabaja y a todos los que participan en ella y, por ello, que cuenta con el espectador porque sabe que sin él no hay teatro posible. Saben que no hay teatro sin que el aspecto humano esté tanto en el escenario como en las butacas. Obra a la que seguramente otro gallo le cantaría, incluso en nuestro país, si como Shakespeare in love o Rosencrantz y Guilderstern han muerto hubiese sido escrita por Tom Stoppard, en inglés y llegase traducida, pues juega en la misma liga que esas ficciones.

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