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13/12/2015 09:57 CET | Actualizado 13/12/2016 11:12 CET

'Mi relación con la comida' y 'Nada que perder': déjese de mítines y vaya al teatro

teatroMi relación con la comida y Nada que perder son dos buenos espectáculos para el día de reflexión. Ese en el que por fin se callan los políticos y dejan a la polis en paz. Para que, sin tanto ruido, la polis sea consciente y tome partido. Y al día siguiente vote en conciencia. Una conciencia que estas obras permiten que esté informada y que conozca lo que está votando. A quién está apoyando.

Vídeo cedido por la Cuarta Pared rodado con motivo del estreno de Nada que perder

Si está harto de ver políticos que no le dicen nada, vaya al teatro. Encontrará en Madrid dos espectáculos con mensaje político. Ambos trabajan en el mismo sentido. El de contarle algo verdadero. Y el de que tome partido por los más jodidos.

Foto de Mi relación con la comida con Esperanza Pedreño cedida por Grupo Smedia

Uno es la reposición de Mi relación con la comida en el Teatro Galileo. La vuelta a Madrid de ese lujo de espectáculo, que no lujoso, que han creado la terribleAngélica Liddel (no le añadan lo de enfant si no quieren ser abroncados) y Esperanza Pedreño (ya saben, la Cañizares de Cámara Café, personaje que no encontrarán en esta obra). Un difícil monólogo de artista, como todos los de la Liddel, que la Pedreño hace fácilmente suyo y hace nuestro. De los espectadores. Y que la crítica y los profesionales han requeterecomendado y requetepremiado.

El otro es Nada que perder en la Cuarta Pared creado por la compañía de esta sala (escrito por Quique Bazo, Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe, este último también director de la obra). Un espectáculo más directo que, aparentemente, no se pierde en sutilezas. Va al grano y lo hace con historias de carácter humano. Ecos que resuenan en los periódicos y que ellos pasan del papel a la vida, al menos a la vida escénica.

Foto de Nada que perder cedida por la Cuarta Pared

En el primero encontrarán ARTE. Sí, con mayúsculas. Es un arte exquisito, aunque no será visto así por la mayoría. Ni la Liddel querría que se viera así. A ella le gustaría más que fuera un pedo en nuestras bocas. Un pedo que contiene a Platón, a Sócrates y a Marx. Espectáculo al que ciertos sectores definirán como demagogia. Y a los que ella responde con convicción, a través de la Pedreño, que sí, que es demagógico, y DEMOcrático, porque toma partido por ese 30% de la población que no tiene nada que comer. Que pasa hambre. Ella que solo entiende de comida barata y se niega a entrar al restaurante caro al que la invita un gestor teatral, interlocutor imaginario en la obra, pues todavía se acuerda de cuando tenía que elegir entre comer o comprar un insecticida.

En el segundo, Nada que perder, que no es un espectáculo tan redondo como el anterior, también se toma partido. En este caso, el interés se centra en cómo la máquina político-burocrática crea la desgracia en aquellos que se niegan a ser triturados. En aquellos que hacen preguntas incómodas. Que se creen los mensajes de transparencia. Que piensan que la ley está para cumplirse y para hacerla cumplir. Los que se niegan al mamoneo por sistema y hacen su trabajo. Esos a los que el poder y sus instrumentos acogotan hasta arruinarles la vida. Y en escena verán cómo lo hacen y lo consiguen. Y como dichos políticos, se irán de rositas a sus escaños. A veces da risa, si no fuera porque son mecanismos para dejar libre al miedo.

Foto de Mi relación con la comida con Esperanza Pedreño cedida por Grupo Smedia

Una conciencia que adquirirá gracias a los denostados trabajadores de la cultura. A los artistas. Que en este caso muestran no solo capacidad de análisis, sino de crear belleza. Sí, una belleza rara. Muy rara en Mi relación con la comida. De arte contemporáneo, fragmentario, feo, de desecho, pero, usando el título de un libro del filósofo José Luis Pardo, nunca fue tan hermosa la basura.

Una conciencia, en apariencia, más concreta, más directa, es lo que proporciona Nada que perder. Gracias al entramado de personajes que han creado. Vecinos suyos y míos a los que podemos imaginar en esas situaciones corrientes y extraordinarias que se ven en escena. Y que con solo tres actores (a destacar la humanidad que pone a los suyos Marina Herranz), mínimo atrezo y un texto son capaces de hacerlo entender, comprender, si es que todavía no lo ha hecho.

Dos buenos espectáculos para el día de reflexión. Ese en el que por fin se callan los políticos y dejan a la polis en paz. Para que, sin tanto ruido, la polis sea consciente y tome partido. Y al día siguiente vote en conciencia. Una conciencia que estas obras permiten que esté informada y que conozca lo que está votando. A quién está apoyando.

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