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31/01/2016 09:52 CET | Actualizado 31/01/2017 11:12 CET

'Tres hermanas': de cómo la barbarie ocupa la casa de todos

tres hermanasViendo Tres hermanas, que la compañía del Teatro Guindalera estrena en los Teatros del Canal, se piensa en leer. Leer de nuevo a Anton Chéjov. Cuando nos quedemos sin palabras, o nos las quiten. Volver a sus textos y decirlos en voz alta. Leerlos para nosotros mismos y para otros. Leerlos como si los leyésemos por primera vez.

Foto de Tres hermanas cedida por los Teatros del Canal.

Viendo Tres hermanas de Chéjov, que la compañía del Teatro Guindalera estrena en los Teatros del Canal, se piensa en leer. Leer de nuevo a Anton Chéjov.

Cuando nos quedemos sin palabras, o nos las quiten. Volver a sus textos y decirlos en voz alta. Leerlos para nosotros mismos y para otros. Leerlos como si los leyésemos por primera vez. Escucharlos decir. Cómo suenan. Cómo evolucionan en el espacio. Cómo se hacen cuerpos. Presencias. Cómo nos interpelan. Cómo construyen nuestra realidad.

Pues este gran montaje, con una calidad artística que hace que sus escasos medios no se noten, llama a la lectura. La lectura común y en público que se hace siempre en el teatro. Lectura posible por su compromiso, su empeño y el de sus amigos. Ésos que han permitido la financiación de este espectáculo gracias al crowdfunding. Montaje que se disfruta gracias a lo que cuenta y lo bien que lo cuenta.

La historia no es otra que la caída en desgracia de una familia educada, culta, con idiomas. Todos preparados para ser profesores, y el hermano, hasta profesor universitario. Testigos de cómo se instala en su casa la barbarie, en forma de esposa de este hermano. Una bárbara que aprende a vestirse, a disfrazarse con estilo, a chapurrear en francés, el idioma de aquel momento como ahora es el inglés. Y con esa economía de medios, va desalojando personas, modos, maneras. Se va imponiendo, apoderándose de todo, enriqueciéndose mientras el resto se hipoteca y se empobrece cada vez más. Facilitando la ruina para todos, menos para ella y su maldita descendencia.

Vídeo de Tres hermanas cedido por Teatro Guindalera.

Mientras tanto, las hermanas tratan de trabajar. Hay que trabajar, se repiten una y otra vez. Trabajar, trabajar, trabajar. Y se olvidan de vivir como ellas saben, con lo que saben, porque la vida se convierte en buscar un trabajo. Un salario. Un sustento. Un mal vivir. Y eso las aleja cada vez más de la ciudad y de ser ciudadanas. De la ciudad como el lugar de derechos para todos, incluso derechos para la bárbara cuñada, donde poder disfrutar hasta del derecho de amar.

Y es que olvidan activar su cultura. Pues cuando la cultura es ensimismamiento, cuando es sólo estudio y conocimiento libresco, datos y citas para soltar en una cena con amigos y que nos aplaudan o rían las gracias, cuando sólo sirve para obtener un puesto en la universidad o en el entorno académico, es una cultura muerta. Una cultura que no servirá y que cualquier bárbaro, hasta nuestros bárbaros preferidos, podrán enterrar casi sin pestañear. Miren a su alrededor, susurra esta obra desde el escenario, porque los bárbaros ya lo están haciendo, y lo están haciendo así.

Por eso hay que ver Tres hermanas de Chéjov en la clara e inteligente lectura que ha hecho Juan Pastor. Porque nos trae un aviso urgente que llega del pasado. De un clásico. Ese que susurra que hay que trabajar, trabajar, trabajar por la vida. Y que es la cultura la que nos permite trabajar para ser ciudadanos libres. Un autor que llama, una vez más, a salir del teatro y actuar. Que nos dice que en ello nos va la vida, la de verdad, la que merece la pena ser vivida, y no el sucedáneo que nos ofrecen nuestras bárbaras cuñadas cada día.