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07/05/2018 19:15 CEST | Actualizado 07/05/2018 20:38 CEST

La crisis en Siria: entre las primaveras y los inviernos árabes

Primaveras árabes: esperanzas de cambio.
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Primaveras árabes: esperanzas de cambio.

En marzo del 2013 asistí al Foro Social Mundial en Túnez. Recuerdo el sentimiento indescriptible de estar en un país que había vivido una revolución apenas dos años atrás. La Universidad El Manar hervía autogestionada por los estudiantes voluntarios que asumieron el control y acogieron del encuentro. El mundo árabe acababa de transformarse, con la fuerza inconmensurable de una población mayoritariamente joven, cansada de gobiernos represores y sin absolutamente nada que perder.

En Túnez la revolución de los Jazmines se encendió con la inmolación de Mohamed Bouazizi en la ciudad de Sidi Bouzid, el 17 de diciembre de 2010. En Egipto, Libia, Siria, Yemen, Argelia, Jordania, Omán y Bahréin, otras manos levantaron las piedras que desafiaron al orden establecido. Las primaveras árabes florecían orgullosas, anunciando su añorada democratización.

Tras la dimisión de Ben Ali (Túnez) y Mubarak (Egipto) en 2011, parecía que los demás regímenes caerían como piezas de dominó. Trágicamente no todas las piezas cayeron por si solas, y peor aún, no todas cayeron.

Los primeros destellos del invierno árabe se avizoraban en el horizonte.

Durante siete meses Estados Unidos, Francia y Reino Unido lideraron en Libia las operaciones militares que provocaron la destitución de uno de los más grandes tiranos del Magreb, Muamar El Gadafi. Anticipándose al supuesto plan de Gadafi para atacar Bengasi y con la intención pública (y varios intereses privados) de "liberar" a los libios, la coalición occidental se justificó ondeando la desgastada bandera de la comunidad internacional.

Poco después del inicio de la operación, la OTAN tomó el relevo y evidenció lo que muchos ya denunciaban: el peligro de la demolición del Estado libio (con todo y su andamiaje represor), sin un plan de reconstrucción post-conflicto. Los primeros destellos del invierno árabe se avizoraban en el horizonte.

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En marzo del 2013 el mundo árabe acababa de transformarse, con la fuerza inconmensurable de una población mayoritariamente joven, cansada de gobiernos represores y sin absolutamente nada que perder.

En Yemen la revolución duró muy poco. A partir de 2012, el país se deslizó hacia una guerra civil con origen en la renuncia del que fuera su presidente durante treinta y dos años: Ali Abdallah Saleh. Su reaccionaria tentación por recuperar el poder a toda costa lo llevó a tejer y destruir alianzas con los chiitas hutíes, confrontando militarmente al nuevo gobierno, dirigido por Abd Rabbuh Mansur al-Hadi.

La larga lista de crímenes de guerra que cometidos fertilizó el terreno para que la ramificación de al-Qaeda en la Península arábica y el Estado Islámico ganaran terreno en el país. La intervención de Arabia Saudita en 2015, sin un proyecto post-conflicto, tiene hoy a Yemen prácticamente en ruinas. Tres años después del inicio de la guerra civil, las víctimas mortales alcanzan alrededor de 15 mil civiles.

La revolución en Siria también se hundió en un invierno profundo. Tan profundo que el 21 de agosto del 2013 el régimen de Bashar al-Assad lanzó un primer ataque químico en los suburbios de Damas, matando alrededor de 2 mil personas. Si bien Francia, el Reino Unido y Estados Unidos se encontraban a un botón de castigar al régimen baazista, los viejos aliados dieron marcha atrás a sus intenciones bélicas en el último minuto.

Si al-Assad cae a siete años de la primavera fallida, valdría la pena preguntarse de una vez por todas: ¿qué pasará con Siria después?

La inclinación diplomática (o la excesiva ingenuidad) del entonces presidente Obama, lo llevó a aceptar un acuerdo con Putin en septiembre. El acuerdo planteó una hoja de ruta hacia la destrucción del arsenal químico de Siria a mediados del 2014. Se trata probablemente, del punto de inflexión que le dio a Rusia el poder para sostener a Bashar al-Assad hasta el día de hoy.

A partir de ese momento, las posiciones que defendían el argumento de que la destitución de al-Assad conllevaría a dejarle el poder al Estado Islámico, se volvieron dominantes. Las posibilidades de victoria de la oposición rebelde surgida de la revolución del 2011 quedaron reducidas a su mínima expresión. Siria es hoy el epicentro del invierno árabe, con casi la mitad de su población desplazada y sus más de medio millón de muertos según estimaciones recientes.

El pasado 7 de abril el régimen de Bashar al-Assad habría repetido un ataque con armas químicas en la ciudad de Duma, matando alrededor de 40 sirios. Los gobiernos de Trump, Macron y May respondieron bombardeando distintos lugares presuntamente ligados al programa de armamento químico durante las noches del 13 y 14 de abril.

Tratando de evitar el error cometido por sus respectivos predecesores en 2013, EUA, Francia y el Reino Unido atacaron a Siria sin pruebas contundentes, sin mandato de la ONU y, peor aún, sin un proyecto post-conflicto. Casi al instante, el eje oriental formado por el presidente Putin de Rusia, Rohani de Iran y Erdogan de Turquía condenó la supuesta manipulación por parte de la coalición occidental.

Si al-Assad cae a siete años de la primavera fallida, valdría la pena preguntarse de una vez por todas: ¿qué pasará con Siria después? Antes de seguir empujando a tanta gente inocente a un invierno que parece eterno.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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