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08/03/2013 08:30 CET | Actualizado 07/05/2013 11:12 CEST

No llores por mí, Venezuela

Una de las muchas comparaciones históricas que se están haciendo estos días sobre la figura de Chávez es con Juan Domingo Perón, el tres veces presidente argentino que dio nombre a una de las corrientes políticas más longevas -e informes- de su país. Sin embargo, más que a él, esta situación a mí me recuerda a ella, a su mujer, a Eva Duarte de Perón.

Una de las muchas comparaciones históricas que se están haciendo estos días sobre la figura de Chávez es con Juan Domingo Perón, el tres veces presidente argentino que dio nombre a una de las corrientes políticas más longevas -e informes- de su país. Sin embargo, más que a él, esta situación a mí me recuerda a ella, a su mujer, a Eva Duarte de Perón.

Como a ella, la muerte temprana -58 años no es edad para morir en estos tiempos- va a colocar al líder venezolano en el Olimpo de los héroes y mitos que desaparecen jóvenes. Como con ella, el pueblo venezolano ha ido siguiendo con preocupación la evolución de una enfermedad implacable, acrecentada la angustia en este caso por la distancia física -La Habana, tan cerca y tan lejos- y por una información bien medida y soltada con cuentagotas. Como Eva en su tiempo, Hugo ha sido un maestro de la comunicación de masas, un imán para las ondas y las cámaras que además, en este caso, él ha controlado y manejado hasta convertirse en el presidente-actor-locutor-telepredicador. Como a Evita, miles de ciudadanos lloran por las calles desconsolados su pérdida.

La Eva Duarte de los descamisados ha tenido en Hugo Chávez el reflejo de alguien que quiso otorgar a amplias capas de la población, siempre olvidadas y descuidadas, la atención, los cuidados y, sobre todo, la dignidad, que otros le habían negado siempre. Que una lo hiciera vestida de Dior y el otro, en chándal, llenara de prebendas a familiares y amigos es solo la otra cara de una realidad que no puede esconderse: los detractores del caudillo venezolano tienen argumentos de sobra para criticar su persona y su gestión, pero no podrán negar su lucha por sacar de la exclusión social a millones de personas.

Junto a ello, Chávez deja también un legado de incertidumbre económica, fragilidad institucional (y sobre todo democrática), violencia en las calles y tremenda polarización política. En Venezuela no existen grises, todo es blanco o negro, o conmigo o contra mí. Durante años le salió bien el divide y vencerás y no tuvo oposición, pues la que había estaba fragmentada y dividida a su vez, perdida en la incredulidad de haber perdido el poder y de no controlar los resortes -ni conocer los secretos- para recuperarlo. Sin embargo, tras 14 años de travesía en el desierto, la Mesa de Unidad Democrática, impulsada por Ramón Guillermo Aveledo, logró que los diferentes partidos opositores se aglutinaran tras un solo candidato, Henrique Capriles, en las elecciones del pasado octubre. Y pese a la reválida inapelable de Chávez, sí lograron poner nervioso al régimen.

Con todos sus defectos, sus profundísimos problemas, sus décadas de paternalismo, de uno y otro signo, y su polarización es probable que la sociedad venezolana esté alcanzando ya un cierto grado de madurez democrática. Las últimas elecciones fueron para muchos una demostración de que hay una alternativa. Capriles se aprestó a transmitir sus condolencias a la familia chavista y ahora comienza el reto -sea o no él el líder de la oposición-, de volver a disputar la hegemonía en las urnas a los sucesores de Chávez.

Es de esperar que estos no caigan en la tentación de seguir utilizando el poder para perpetuarse sine die -bien por la presión internacional o por la de los propios ciudadanos- y que el Ejército permanezca en los cuarteles. Y que sea, de verdad, nada más, y nada menos, que la transición de un Gobierno a otro por la muerte no violenta de un mandatario en ejercicio, algo no tan habitual en países con sistemas democráticos.

Lo que también cabe esperar es que los restos del Comandante no sufran el periplo de los de Evita, que recorrió medió mundo antes de poder reposar, definitivamente, en el cementerio de La Recoleta en Buenos Aires. Que Chávez descanse en paz.