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10/05/2013 08:55 CEST | Actualizado 09/07/2013 11:12 CEST

¿A quién le importa Kosovo?

Si el futuro pasa por la UE no tiene sentido que aún cinco países miembros no hayan reconocido Kosovo. España, Grecia, Eslovaquia, Rumanía y Chipre, cada uno de ellos por sus propios motivos internos, siguen aparcados en su decisión de no reconocer como tal al pequeño Estado balcánico.

Por mucho que la diplomacia europea sea habitualmente blanco de críticas y quejas por su falta de iniciativa y acción, esta vez hay que reconocerle el mérito de haber logrado, hace unos días, un acuerdo entre Serbia y Kosovo. Es más, ha sido la muy denostada Lady Ashton la que a base de tesón, convicción y mano izquierda ha conseguido lo que hace apenas unas semanas parecía imposible: Belgrado admite que el Gobierno de Prístina ejerce su autoridad administrativa sobre todo el territorio de Kosovo -aunque no llega a reconocerlo formalmente como un Estado soberano- y Prístina, por su parte, está dispuesta a otorgar un amplio grado de autonomía a los serbios que viven en el Norte, siempre que éstos acepten que forman parte del Estado kosovar.

Pese a que desde fuera puede no parecer un gran resultado, sino más bien unos pequeños pasos que permiten iniciar la normalización de relaciones, no ha sido nada fácil llegar hasta aquí. Atrás queda la última, y aún muy reciente, guerra librada en suelo europeo, la persecución étnica en medio del furor nacionalista que se desató en los Balcanes en los 90, y el bombardeo por parte de una OTAN supuestamente creada para defender a Europa de sus enemigos, incluso de los que estaban dentro. Un conflicto personalizado en los dos hombres que se han sentado a la mesa de negociación: Ivica Dacic, primer ministro serbio y antiguo portavoz de Slobodan Milosevic, y Hashim Thaci, primer ministro de Kosovo y antiguo líder de la guerrilla kosovar que luchó contra Serbia.

Y por mucho que en medio de esta crisis pueda sorprender, la "promesa" de Europa ha sido el detonante para llevar a los viejos enemigos a ceder y a buscar un punto de encuentro. Ambos países han puesto en el horizonte de pertenecer a la Unión la base de su futuro; sólo como miembros de pleno derecho pueden concebir la idea de dejar de lado sus diferencias y aspirar a una estabilidad y prosperidad que se les resiste. Está claro que el camino será complicado y que la frágil vía abierta ahora podría romperse en cualquier momento. Desde luego, no han faltado los gritos acusando a sus mandatarios de traidores a uno y otro lado, pero también cabe esperar que el pragmatismo y el deseo de alcanzar esa meta común se impongan.

Este acuerdo podría servir también como incentivo para desbloquear los diferentes procesos de adhesión a la Unión Europea del resto de países balcánicos y devolver cierto dinamismo a una zona deprimida. Con la excepción de Croacia, que pasará oficialmente a formar parte del club europeo el próximo mes de julio, Bosnia y Albania están atascados en sus procesos internos de reformas; Montenegro apenas ha avanzado y Macedonia sigue vetada por una Grecia que no está dispuesta a admitir un país con ese nombre. A ello se suma la fatiga dentro de la Unión, que aún no ha acabado de digerir la última ampliación. Sin embargo, y a pesar de todos sus problemas, la UE es y seguirá siendo el único socio posible para garantizar la modernización y el desarrollo económico de la región. El acuerdo entre Serbia y Kosovo podría servir también como modelo o referencia para empezar a "derretir" otros conflictos congelados, como el de Nagorno-Karajab y Azerbayán, o como el de Abjasia y Georgia.

Por todo ello, por lo que hay en juego y por lo que puede contribuir a impulsar, sería bueno que esto no fuera más que el principio de una nueva y positiva etapa y que contara con el mayor respaldo posible. Y si el futuro pasa por la UE, de la mano de la propia Unión, no tiene sentido que aún cinco países miembros no hayan reconocido Kosovo. España, Grecia, Eslovaquia, Rumanía y Chipre, cada uno de ellos por sus propios motivos internos, siguen aparcados en su decisión de no reconocer como tal al pequeño Estado balcánico.

Hace unos años, justo antes de la última presidencia española de la UE en 2010, fui invitada junto con otros periodistas españoles a conocer la realidad de Kosovo. Las autoridades del pequeño país balcánico habían declarado unilateralmente su independencia algunos meses antes y tras la euforia del momento se habían encontrado con las dificultades que entrañaba ser un Estado paria; ser sin existir para una parte del mundo. Pese a la rapidez con que un buen número de Gobiernos reconoció la nueva situación, el rechazo absoluto de otros -entre ellos España y Rusia- suponía el bloqueo ante cualquier institución internacional.

Me llamó entonces poderosamente la atención el esfuerzo y el interés de los kosovares -buenos conocedores de la historia de España- por transmitir a nuestros ciudadanos las razones de su decisión. Pero no podía dejar de pensar, ¿y a quién le importa Kosovo? Como con tantos otros lugares, una buena parte de los españoles no sería capaz de ubicarlo en el mapa; y los objetivos reales de tal empeño, los políticos, tenían clara su postura.

El Gobierno español en aquel momento, igual que el de ahora, apelaba a la legalidad internacional para defender su rechazo absoluto al reconocimiento. En realidad lo que pretendía era evitar dar ningún paso que pudiera ser utilizado por los nacionalistas catalanes o vascos en sus reivindicaciones, ignorando la tremenda diferencia entre una guerra con profundas raíces históricas, étnicas e incluso religiosas y las reclamaciones soberanistas de diverso grado dentro de un país democrático y miembro de la Unión Europea.

Mantener esa posición hoy es seguir haciendo alarde de ignorancia, además de una incongruencia en relación a la política exterior de una Unión que se pretende apoyar. Ahora que Serbia ha iniciado el camino para reconocer, aunque todavía sólo implícitamente a Kosovo, va siendo hora de que el Gobierno español muestre un poco más de amplitud de miras y cambie de actitud. Es probable que su ejemplo no sirviera inmediatamente de acicate para los otros países de la UE que se resisten, pero el peso de España en la Unión marcaría una gran diferencia simbólica.