Adoptar un animal adulto: segundas oportunidades que sí funcionan

Adoptar un perro o un gato adulto conlleva una serie de ventajas que muchas personas desconocen.

El tiempo que un animal abandonado pasa en un centro de acogida depende en gran medida de su edad. La mayoría de las personas que deciden adoptar un perro o un gato suelen hacerlo de cachorros y animales jóvenes. Los más mayores quedan relegados a la espera de una segunda oportunidad que, en muchas ocasiones, nunca llega. Son aquellos que, junto a los que presentan algún problema de salud o algún trastorno en su comportamiento debido a un pasado traumático, son conocidos habitualmente como los que nadie quiere.

Adoptar un perro o un gato adulto conlleva, sin embargo, una serie de ventajas que muchas personas desconocen. En general, su adaptación a un nuevo hogar suele ser mucho más fácil y rápida.

A diferencia de un cachorro, su temperamento ya está formado, con lo cual podremos prever con mayor seguridad de no equivocarnos, si las condiciones que le podemos ofrecer y nuestro estilo de vida serán los adecuados para su bienestar y para una convivencia estable.

Aunque la curiosidad y las ganas de jugar nunca las pierden, un animal adulto no necesita una actividad física tan intensa como un cachorro, por lo que no tendremos que hacer frente a la energía desbordante de los primeros meses de vida. En demasiadas ocasiones, el no saber cómo canalizar este exceso de energía y no establecer a tiempo unas pautas de conducta básicas puede provocar problemas de comportamiento y acabar siendo motivo de abandono.

“Tenia nueve años y llevaba casi toda su vida atado a un poste. Era un perro grande, de raza incierta, cruce entre pastor alemán y algún perro callejero sin definir”

A la vez, su adaptación a la convivencia en casa requiere un tiempo de aprendizaje que, en el caso de un animal adulto, es mucho menor. Cuestiones como su socialización, acostumbrarse a estar solo, ir a la bandeja de la tierra —en el caso de los gatos—, atenerse a una rutina diaria, etc., ya las tendrá integradas, por lo que no habrá problemas en este sentido.

Su carácter tranquilo hace de ellos, además, la mascota ideal para vivir con niños y con personas mayores; en este último caso hay que tener en cuenta, no obstante, que la esperanza de vida del animal no exceda a la del dueño, con el fin de evitar su abandono al no haber nadie que pueda hacerse cargo de él cuando aquel falte.

Tenia nueve años y llevaba casi toda su vida atado a un poste. Era un perro grande, de raza incierta, cruce entre pastor alemán y algún perro callejero sin definir. Su dueño, un hombre huraño, decidió que era hora de desprenderse de él, y así lo hizo. Según pudimos saber, cargó a su perro en el coche y circuló hasta un bosque lejano. Tras parar el vehículo, hizo descender de él al animal y lo ató nuevamente a un árbol. A continuación, agarró una barra de hierro y le propinó un fuerte golpe. Sin detenerse siquiera a desatarlo, volvió a subir a su coche y se marchó de allí a toda prisa.

Una persona que paseaba por la zona descubrió su cuerpo tendido en el suelo sobre un charco de sangre. Comprobó que continuaba con vida y lo recogió. Tras curarle la herida, decidió llevarlo consigo a su casa, pero unos días más tarde el perro desapareció. Algunas personas dijeron haberlo visto deambular cojeando por las calles de un pueblo cercano.

El perro estuvo sin paradero fijó durante algo mas de un año, hasta que la persona que lo había encontrado en aquella ocasión lo volvió a ver en el mismo lugar en que había sido abandonado. Fue ella quien nos avisó rápidamente.

“No hay mayor satisfacción para quien decide adoptar a un animal adulto que la de ofrecerle nuestro cariño y una vida digna en la última etapa de su vida”

El perro estaba muy delgado y débil. Se había vuelto desconfiado y no nos dejaba acercarnos. Finalmente, en un descuido, conseguimos cogerlo y subirlo al coche. Alguien se ofreció a acogerlo por una temporada en su casa. Sin embargo, la persona que lo hizo no podía dedicarle demasiada atención y, aunque se fortaleció, pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en un patio interior, sin querer acercarse al humano, ausente de todo.

Un día, una persona que lo vio se interesó por él y decidió adoptarlo. Desde el primer momento, el perro se adaptó sin problemas a su nueva familia y allí finalmente encontró la estabilidad y el cariño que, posiblemente, nunca hasta ese momento había experimentado. El tiempo que vivió con ellos hasta su muerte, dos años después, fue sin duda la etapa más feliz de su vida.

No hay mayor satisfacción para quien decide adoptar a un animal adulto que la de ofrecerle nuestro cariño y una vida digna en la última etapa de su vida. El ver cómo la expresión de tristeza infinita de los primeros días se va transformando en una mirada confiada y llena de esperanza. Es la mirada agradecida de quien se siente, al fin, seguro y querido por los suyos; la de quien sabe que ha tenido una segunda oportunidad —quizás la última, quizás cuando ya no la esperaba—, y decide aprovecharla al máximo.