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06/01/2020 16:15 CET | Actualizado 06/01/2020 16:15 CET

Algunas cosas que una feminista quiere que sepas en el 2020

El feminismo no es patrimonio de la izquierda ideológica, aunque buena parte de la feministas se identifiquen con la ideología y sus postulados.

NurPhoto via Getty Images
Marcha del 8 de marzo en Madrid. 

El primer tuit que recibí este año fue un insulto. Un desconocido — con quien no había interactuado jamás — me acusó de “atacar el rol de la mujer desde la grosería y la vulgaridad”. No tenía la menor idea de a qué se refería — o en qué basaba su afirmación — hasta que descubrí que respondía a uno de mis comentarios en el cual me burlaba de la costumbre familiar de comer justo a la medianoche para celebrar año nuevo. Cuando intenté explicarle lo anterior, respondió con un enfurecido “todas las feminazis de mierda quieren destruir la cultura” y a continuación, me bloqueó. Eran las 12:15 del primero de enero del año 2020. 

¿Mencioné que se trataba de una mujer? Quizás debería hacerlo. 

Unas horas después, un hombre al que considero sensato y a quien aprecio, escribió en su TimeLine: “Por un año con menos feminazis”, mientras que un amigo querido compartió un meme en el que insistía que no se podían comparar a las feministas con los nazis, porque “al menos los segundos” habían conquistado buena puerta de Europa. Por una razón u otra, el primer día del año resultó ser una demostración incómoda, dolorosa y muy clara, acerca de lo que el activismo político de la mujer que lucha y conoce sus derechos debe enfrentar a diario. 

Por supuesto, no es la primera vez que algo semejante ocurre ni tampoco será la última vez. Luego de un año de una notoria visibilidad pública, el feminismo se ha convertido el gran culpable y chivo expiatorio,de todo tipo de situaciones, desde las pequeñas a las más grandes. El feminismo tiene la culpa de las diatribas básicas y superficiales en redes sociales, de las discusiones sin resolución sobre roles basadas en la ignorancia, sobre la llamada “corrección política” que todo el mundo invoca sin saber muy bien de qué se trata. Al final, el feminismo es un mal radical que debe ser exterminado con argumentos abstractos, groserías y discusiones ideológicas sin base ni sostén. O esa es la gran conclusión a la que he llegado durante los últimos meses. 

Claro está, nuestra sociedad — hija del positivismo y muy consciente de sus debilidades y dolores — es una mezcla de cinismo con algo más parecido a una toma de conciencia tardía sobre quiénes deseamos ser y cómo lograrlo. Y con respecto a la mujer el trayecto es mucho más escarpado y duro: después de todo, hasta hace menos de un siglo las mujeres ocupaban un papel secundario en la sociedad de cualquier país del mundo. La mayoría no podía votar, ejercer derechos económicos, disfrutar de libertad personal o incluso, decidir sobre su cuerpo. Las transformaciones sobre la identidad femenina son de data reciente y la mayoría de ellas aún atraviesan una etapa de construcción muy temprana: buena parte de las ideas que promulga la tercera oleada del feminismo se encuentran en pleno debate y forman parte de un imaginario más amplio a nivel cultural de lo que podemos sospechar. Pero, ¿es suficiente esa justificación para la actitud ambivalente y la mayoría de las veces crítica que un considerable números de mujeres tienen con respecto al feminismo? 

Me preocupa la perspectiva. ¿A casi la tercera década del siglo XXI y todavía es necesario aclarar lo necesario que es un movimiento inclusivo que intente reducir la desigualdad entre géneros? La pregunta tiene cierto tono remilgado e incluso romántico y me molesta formularla en voz alta. Pero aún así, me permite aclarar lo que pienso sobre el tema. Comprender los alcances de esa inquietud que me provoca el rechazo que suscita el feminismo, como concepto y movimiento. De manera que comencé a cuestionarme sobre lo que cualquiera debería saber sobre el feminismo y más allá de eso, aclarar los mitos más comunes que acarrea el término.

El feminismo no es patrimonio de la izquierda ideológica, aunque buena parte de la feministas se identifiquen con la ideología y sus postulados.

¿Y cuáles podrían ser esas ideas erróneas, los puntos de vista más insustanciales y las opiniones más sin sentido sobre el feminismo? Quizás las siguientes:

Una mujer que es feminista es casi lo mismo que un machista o en otras palabras, el feminismo es «machismo al revés»

Hace unos meses, un conocido escribió en su timeline de Twitter que el «feminismo y el machismo» habían causado el «mismo daño» en la historia occidental. La expresión me sorprendió — y lo admito, me enfureció — aunque no tanto como el hecho que insistiera en que «la actitud de las mujeres refuerza la idea del machismo». Luego de sostener un corto debate público, admitió que más que el feminismo lo que parecía irritarle era la actitud de algunas feministas. Cuando le hice preguntas sobre el feminismo como el movimiento político y su conocimiento sobre sus repercusiones e implicaciones, dejó de responder.

La idea es muy común y se basa esencialmente en el desconocimiento sobre lo que puede ser — o no — el feminismo y el machismo. Sobre todo, cuando la mayoría de las percepciones sobre el tema provienen de fuentes incompletas, erróneas y con frecuencia, burlonas. Pero más allá de eso, se trata además de la manera más simple en que puede desvirtuarse lo que es el feminismo como expresión política a todo derecho. Resulta mucho más sencillo criticar a un movimiento que nace de la reacción o que incluso, no es otra cosa que el extremo contrario de lo que intenta enfrentar, que analizar desde un punto de vista concreto sus alcances y sus logros. Una forma de reducir su importancia y sobre todo, banalizar su objetivo.

Y claro está el feminismo, con toda su carga cultural basada en ideas polémicas y que contradicen la mayoría de las veces el concepto de normalidad más corriente, es mucho más vulnerable a este tipo de ataques. Más de una vez he leído y escuchado opiniones que tildan al feminismo como un movimiento «peligroso y radical», aunque no se extienden en detallar las razones por las que le consideran de ese modo. Una actitud que banaliza la percepción sobre un movimiento social nacido por necesidad histórica y sobre todo, lo reducen a una visión muy simple de lo que puede ser.

Sólo para aclarar: el feminismo «no es machismo al revés». En realidad, el feminismo es un movimiento político y social que aboga por la inclusión legal y cultural sin distingo de género. El feminismo además, es también una reflexión sobre los problemas que acarrea la discriminación y el prejuicio, pero sobre todo una visión sobre la necesidad que cualquier hombre o mujer tengan los mismos derechos y deberes como individuo.

El machismo, por otro lado, es una «actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres», según la definición de la Real Academia Española, pero también se trata de una conducta de menosprecio de género. El machismo no se reduce solo al sexo femenino o a la actitud del hombre sobre la mujer: como conducta social, abarca temas sensibles como la discriminación de minorías sexodiversas, y también ejerce presión social y cultural sobre el comportamiento masculino. En otras palabras, un hombre puede ser tan víctima del machismo como una mujer y padecer las mismas consecuencias sociales que conlleva.

Izquierdista y comunista, gorda, bigotuda

Hace unos dos años, acudí a cita de trabajo con un cliente a quien no conocía. Nada más estrechar manos me dedicó una mirada sorprendida y un poco confusa.

 — La imaginaba distinta — me explicó cuando le pregunté que ocurría.
 — ¿Distinta cómo? — pregunté un poco nerviosa. Se encogió de hombros.
 — Como usted habla de feminismo, pensé que era más… masculina.

No supe qué responder al comentario, entre sorprendida y desconcertada. El futuro cliente se apresuró a explicarme que había googleado mi nombre y la búsqueda había arrojado una serie de artículos sobre el feminismo. Intenté conservar la calma, mientras el desconocido me explicaba con torpeza la impresión que le habían provocado mis opiniones públicas.

 — Creí que… bueno, que usted sería de esas mujeres… desagradables.

Por supuesto, no es la primera vez que escucho un comentario semejante. De hecho, es uno de los más frecuentes con lo que una mujer que milite en el feminismo puede encontrarse. Desde insultos poco disimulados hasta conversaciones incómodas como la anterior, una considerable cantidad de personas están convencidas que la defensa de los derechos femeninos te masculiniza o la mayoría de las veces, te convierte en un estereotipo que no es otra cosa que una caricatura cultural sobre lo que la mujer feminista puede ser. Una percepción burlona muy extendida sobre la personalidad y aspecto físico de una mujer que expresa ideas que contradicen planteamientos culturales muy específicos.

Sí, hay militantes del feminismo mucho más radicales que otras, y lo son por los mismos motivos por los cuales hay seguidores de partidos políticos e ideologías extremos.

No, una feminista no es una mujer de aspecto masculino. Puede serlo si lo desea, pero lo que hace a una feminista serlo es su consciente activismo sobre causas concretas o su apoyo a ideas políticas relacionadas con el tema. Una feminista no tiene un aspecto físico específico y, de hecho, no tiene importancia cómo luzca: lo esencial es su compromiso en la defensa con las ideas que promulga el movimiento. Una feminista puede llevar falda corta y escote y defender el derecho a verse como le plazca sin tener que sentirse amenazada. Una feminista puede llevar pantalones de corte masculino y debatir sobre ideas que afecten su capacidad para concebir y los derechos sobre su cuerpo. Una feminista puede ser delgada, con sobrepeso, de piel blanca o morena, ser joven o vieja. Porque el feminismo no condena, proclama o apoya la necesidad de lucir de alguna manera para apoyar un sistema de ideas basadas en la igualdad de género.

Tampoco el feminismo es patrimonio de la izquierda ideológica, aunque buena parte de la feministas se identifiquen con la ideología y sus postulados. Pero en realidad, se puede ser liberal en lo económico y asumir que una de las maneras de brindar poder a una mujer es ayudar a que alcance la independencia económica con educación, herramientas de análisis ejecutivo y formación empresarial.

¿Hay feministas que llevan pantalones y no desean usar maquillaje? Por supuesto: y también las que expresan su punto de vista sobre la moda, estilo y la estética de acuerdo a su preferencia. Lo realmente valioso en todo discurso político es la percepción de lo esencial de las ideas que promueve, y el feminismo no es la excepción. ¿Una feminista puede ser derechas o liberal? La disyuntiva política no sostiene los postulados del feminismo, sino que en realidad, utiliza la plataforma política para analizar los temas esenciales de cómo elabora ideas sobre su manera de plantear el rasgo político de su activismo. Pero en realidad, en cualquier lado del espectro, la búsqueda es la misma: que nadie sea discriminado por su género. 

¿Feminazi? 

Hay poco que decir en cuanto a la palabra «feminazi» — tan de moda durante la última década — más allá que se trata de la confusión de un término creado en 1990 por el locutor conservador Rush Limbaugh, donde se mezcla el feminismo con algunas connotaciones sobre el «nazismo» en un intento de resumir ambas ideas en un planeamiento que pudiera achacar al feminismo de «radical» y «violento». Limbaugh lo utilizó para señalar a las mujeres que exigían el derecho al aborto y equiparó sus exigencias a las prácticas de control de la natalidad que ejerció el nazismo sobre sus régimen de terror. Con el transcurrir del tiempo, la palabra se volvió parte de los términos que se utilizan para ridiculizar y minimizar el impacto ideológico del feminismo.

Esas mujeres radicales e histéricas

Sí, hay militantes del feminismo mucho más radicales que otras, y lo son por los mismos motivos por los cuales hay seguidores de partidos políticos e ideologías extremos: la forma como se postula una idea puede ser personal y, de hecho, muchas veces lo es. No obstante, la radicalización de medios e instrumentos para la difusión de ideas feministas no define al movimiento en sí sino que expresa su capacidad para ser percibido de muchas formas distintas. Por el mismo motivo, soy una feminista que ha asistido en muy pocas ocasiones a manifestaciones públicas y que basa su actividad política en la difusión de reflexiones y consideraciones sobre los temas de reflexión que creo importantes sean parte de la discusión sobre género. Mi apoyo consiste en crear las condiciones teóricas y académicas necesarias para el debate de ideas y sobre todo, facilitar conclusiones al respecto. ¿Me hace eso mucho «menos» feminista que un miembro del grupo ucraniano de feminismo radical Femen? No lo creo. De la misma forma que tampoco podría decir que el feminismo se define sólo a través de sus rasgos más extremos.

Existe además, una percepción sobre el «feminismo radical» que abre un tipo de debate mucho más profundo sobre el particular: ¿Cómo se define lo «radical» en la lucha por la obtención de derechos? ¿Manifestaciones callejeras ruidosas, desnudos, opiniones críticas, argumentos desafiantes? ¿O se trata del hecho que toda la estructura del feminismo en sí misma una idea que parece apoyarse y desafiar los criterios culturales a través de los cuales se percibe a la mujer? ¿Exigir derechos profesionales, económicos y culturales puede ser considerado un extremo? ¿Hacerlo a través de los medios políticos a la alcance de cualquier militante puede ser considerado una forma de radicalización? Se trata de cuestionamientos válidos que invitan no sólo al debate sino también, al análisis de lo que el feminismo puede ser.

El juego de citas y la seducción, ¿enemigos del feminismo?

Una vez, un amigo me insistió en que lo que más le molestaba del feminismo era que su novia ahora intentara «pagar su café» cuando deseaba «obsequiarla» con un «gesto caballeroso». Cuando le pregunté muy asombrada qué tenía que ver el feminismo en eso, me dedicó una mirada furiosa.

—¡Esa idea ridícula que una mujer debe pagar lo que come cuando sale con un hombre o rechazar galanterías! ¡O que no se pueden maquillar ni verse atractivas por el feminismo!

Por más que sea un comentario común, creo que jamás termino de acostumbrarme al hecho que se culpe al feminismo de tantas cosas distintas que poco o nada tienen que ver con sus postulados. Aún peor, el hecho que la mayoría de las acusaciones sean una serie de micromachismo que parece estar en todas partes. Me armé de paciencia.

—El feminismo realmente no se preocupa por los pactos y acuerdos a los que puedan llegar las parejas en sus relaciones — le expliqué —,  de hecho, el feminismo no se trata sobre el comportamiento entre hombres y mujeres, sino de los derechos a los que pueden aspirar ambos.

—Pero una feminista se ofende cuando le regalas un café o una cena — insistió.

 — ¿Qué pasa con eso?

Me pregunté si debía hablarle sobre el hecho que la mujer moderna disfruta de una libertad y autonomía económica inédita. Que para la gran mayoría su trabajo y profesión representan en buena medida una forma de triunfo social y que gran parte de las mujeres que conozco están orgullosas de poder pagar sus gustos y sobre todo, su estilo de vida. Que hay una percepción sobre el tema cada vez más compleja, que se relaciona con la forma en la que la mujer se percibe así misma. Que no se trata de un menosprecio y mucho menos, una crítica a la caballerosidad, galantería o cualquier concepto análogo sino a una percepción muy concreta sobre lo que la mujer desea y quiere hacer. Una toma de control digamos, sobre aspectos de su vida que hasta hace poco eran difusos e incómodos.

Alguien me insistió en que ninguna mujer debería ser feminista porque es una «forma de insulto» a su identidad femenina.

No lo hago. Y me quedo callada porque para la mayoría de los hombres, la percepción sobre la independencia de la mujer es cuando menos confusa. No se trata de machismo o algún prejuicio, sino parte de esa herencia cultural que se hereda y que de alguna forma, aún presiona la forma en que el hombre percibe a la mujer. ¿Es ese punto de vista bueno o malo? En realidad, solo necesita evolucionar, hacerse más concreto, construir una idea más consistente sobre lo que pueden ser las relaciones entre hombres y mujer. De manera que sonrío, aprieto con cariño la mano de mi amigo y le dedico una mirada amable.

—Tú intenta entenderla — le digo entonces — , llegará un punto en el que quizás gracias a eso, se entiendan mejor entre sí.

En una ocasión, alguien me insistió en que ninguna mujer debería ser feminista porque es una «forma de insulto» a su identidad femenina. Pienso a veces en esa frase cuando redacto artículos sobre el derechos de la mujer, mientras participo con mis ideas y mi punto de vista sobre nuevos escenarios que incluyan a la inclusión y equidad como un tema de enorme relevancia, cuando me enfrento a la exclusión y discriminación de todas las maneras que puedo. Y creo que es justamente esa percepción sobre la normalidad trastocada e «insultada» lo que me anima a continuar luchando como lo hago. Lo que me inspira a continuar. Una pequeña batalla diaria, una forma novedosa de comprenderme a mí misma.

 

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