Anestesiados

La empatía es una virtud de los seres humanos que está en riesgo de extinción, cada vez nos cuesta más ponernos en el lugar del otro.
Carol Yepes via Getty Images

A mediados de junio del 2022 fallecía un hombre en la playa de Orzán (A Coruña) a consecuencia de un infarto agudo de miocardio tras salir del agua. Mientras los sanitarios se esforzaban en reanimarlo y devolverlo a la vida, a penas a cinco metros de distancia un grupo de bañistas, tumbados en sus toallas, tomaban alegremente el sol. Despreocupados, sin inmutarse.

Una situación que recuerda bastante a la que se vivió a comienzos de año en Francia cuando el fotógrafo suizo René Robert, de 85 años, moría tras permanecer nueve horas a la intemperie. Al parecer o bien tropezó o bien sufrió un desvanecimiento cuando salió a pasear al atardecer por una zona céntrica de la capital parisina. Allí, caído en el suelo, solicitó insistentemente ayuda a los desconocidos que por allí ambulaban. Todos le miraron con extrañeza, pensaban que se trataba de un sin techo.

La noche venció al día y Robert siguió allí caído, sin poder recuperar la bipedestación. Esperando, simplemente esperando a que el descenso de las temperaturas detuviera para siempre su frágil corazón. Fue precisamente lo que sucedió. De esta forma tan triste terminó la vida del fotógrafo que en otro tiempo disfrutó de la amistad de las estrellas de flamenco.

Ha llegado el momento de despertar

A pesar de que la palabra empatía es casi una adolescente, todavía no ha cumplido dos siglos a nuestro lado, parece que está moribunda. El médico romano Galeno, que vivió en el siglo II d. de C, la empleaba para referirse al “dolor intenso”; anteriormente Aristóteles usó “empathés” con el significado de “apasionado” o “el que siente por dentro”. Pero no fue hasta el siglo XIX cuando pasó a formar parte del diccionario psicológico y se convirtió en una más.

Sin embargo, ahora, en el siglo XXI parece que ha perdido su significado primigenio. Todo parece indicar que en estos momentos ver sufrir a otros seres humanos ni nos produce dolor ni ningún otro tipo de sentimientos. Y es porque estamos anestesiados.

En estas fechas mucho se habla de la discriminación, pero probablemente la peor de todas las formas de discriminación es la deshumanización, el no sentir como propio a otro ser humano que padece y que sufre. Vivimos sumidos en una inconfesable tragedia, porque es imposible revelar algo así, en la que el sufrimiento de otros no nos inquieta.

Uno de los escaparates de la deshumanización es el problema de la migración, un drama humano con múltiples aristas, las éticas, las políticas, las económicas, las culturales… Evidentemente la solución no es sencilla, pero en ocasiones parece que hemos sustituido el topónimo subsahariano por el de “subhumano”.

¿Antes éramos más humanos?

Los expertos calculan que en la Tierra han vivido a lo largo de la historia de la humanidad unos 108.000 millones de individuos. Si echamos la vista atrás y nos fijamos por un instante en nuestros antepasados, por ejemplo, en los que vivieron hace unos 67 mil años en la cueva cacereña de Maltravieso.

Allí, un día cualquiera de un año cualquiera, un grupo de personas, hombres y mujeres, se reunieron y pintaron las paredes de la cueva con sus manos. Allí dejaron las improntas de cincuenta y tres manos humanas en negativo, rodeadas de pigmentos de color bermellón a lo largo de sus cien metros de longitud.

Con aquello, seguramente, querían demostrar la pertenencia al grupo, se sentían identificados con el resto de los miembros y estaban deseosos de compartir experiencias, emociones y anhelos. Muy posiblemente aquellos neandertales estaban menos anestesiados de lo que estamos nosotros ahora.

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