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02/08/2020 11:49 CEST | Actualizado 02/08/2020 11:49 CEST

'Anfitrión' y 'Llévame hasta el cielo': Pepón Nieto, Lolita Flores y Juan Carlos Rubio

Ambas obras son buenos ejemplos de la forma de trabajar de este director.

Festival de Teatro Clásico de Mérida
Pepón Nieto, Lolita Flores, Juan Carlos Rubio. 

Juan Carlos Rubio es de esos directores de escena que trabajan mucho y no se nota. No porque no haga bien su trabajo. Sino por todo lo contrario. Es un director que se pone al servicio del texto, de los actores, de la puesta en escena. Hace unos espectáculos que no tienen el sello de un director-autor, siempre y cuando no se considere como tal el seguir una tradición. Me refiero a la tradición del teatro popular con una o varias estrellas en su elenco y, habitualmente, un buen autor conocido y de prestigio.

Con todo lo anterior, él sabe hacer espectáculos que como poco agradan al respetable, sin rebajarlo a meros espectadores pasivos. Algo que aprecian productores, siempre pendientes de la taquilla, y actores y actrices, siempre pendientes de hacérselo pasar bien al público. El caso es que con todo eso consigue arte y, claro está, atrae la atención de los profesionales y la crítica.

Para comprobarlo solo hay que acercarse ahora mismo al Festival de Teatro Clásico de Mérida a ver Anfitrión o a la terraza del Teatro Galileo en Madrid a ver Llévame hasta al cielo. La primera un Molière protagonizado por Pepón Nieto acompañado por un montón de actores conocidos gracias a la pequeña pantalla. La segunda de un autor actual, Nacho A. Llorente, protagonizada por Lolita Flores y Luis Mottola, que, de seguir acompañándola así, como lo ha hecho en las 3 últimas obras, será raro que no pase a la tele y a la popularidad que esta da en España. La pareja escénica que forman está reclamando una serie.

Anfitrión es un vodevil divino. Divino porque es un trasunto de los dioses. En concreto del libidinoso Júpiter y de su hijo, y fiel servidor, Mercurio que se transforman en humanos. Júpiter en Anfitrión, para conseguir los favores sexuales de Alcmena, la esposa de este. Y Mercurio, en Sosias, el criado de Anfitrión. Estas transformaciones dan lugar al vodevil cuando los verdaderos Anfitrión y Sosias vuelven de la guerra esperando ser recibidos con los brazos abiertos por el deseo (sexual) de sus esposas.

Jero Morales para Festival de Teatro Clásico de Mérida
Paco Tous y Pepón Nieto. 

Obra en la que Juan Carlos Rubio ha sabido ver no solo el vodevil, el chiste producido por la confusión, de entradas y salidas, de sobrentendidos. No. Fiel a su estilo ha captado ese discurso tan interesante sobre la identidad que contiene la obra, tan en boga en la sociedad actual. El yo-yo que se ve en la obra de la que salió la expresión de tener un sosia, vamos, un doble con el que confundirse y que te confundan, que sufra los marrones en el lugar de uno. 

Donde también ha sabido ver esa dicotomía en que se mueven los matrimonios actuales a medida que cumplen años. Entre el acomodo y la costumbre, y la necesidad de mantener el interés y el deseo por la pareja, y hacérselo saber y disfrutar.

Sin olvidar, ese discurso sobre el servir y obedecer a los poderosos. Ese hablar y callar al que los mandados son sometidos si quieren comer, aún en estos tiempos. Como ese servir del poder a lo que se puede decir y no a lo que se debe decir.

Líneas de tensión y conflictos que ha sabido situar en una larga y estrellada noche y en una preciosa escenografía de Curt Allen. Sí, tan bonita, que seguro que hará las delicias de los espectadores que vean la obra en gira y en teatros cerrados y convencionales. Aunque, en este caso concreto, se echa de menos que la obra no esté integrada en el escenario que ofrece el Teatro Romano de Mérida, porque podía hacerse. Impresión que va desapareciendo a medida que sucede la obra y la melancolía de las películas de circo, de tintes fellinianos, y de la alegría de los clásicos musicales en blanco y negro o Technicolor van haciéndose con la comedia.

Llévame hasta al cielo también está llena de referencias cinematográficas. Pero no en escena, sino en el texto. Una obra que protagonizan Ángela, una cinéfila empedernida de cine americano y del italiano clásicos, y Marcelo, que de cine solo conoce a la hija de El Exorcista. Dos personajes atrapados en un inmenso ascensor, de casa de posibles, que no podían ser más diferentes. Ella una ricachona que puede llevar por la calle relojes de oro y brillantes como muchos llevan la imitación de Casio que les ha valido doce euros. Y él, un hombre al que el sueldo le da para trajes arrugados de segunda mano y corbatas prestadas. 

Teatro Galileo
Lolita Flores y Luis Mottola. 

Una obra en la que Lolita demuestra una vez más que podría llegar a convertirse en la nueva Lina Morgan. El salto que da al principio para subirse en su partenaire y la forma en la que coloca las piernas recuerdan mucho a aquella, eso sí a la sombra de su madre (aunque esta es cada vez menos alargada y visible). Si a eso se añade la endeblez de la trama y las contingentes justificaciones de los personajes en esta obra, no se puede dejar de pensar en aquellos productos que se eternizaban en las tablas del Teatro de La Latina. Aunque, sus protagonistas de La plaza del diamante y de Fedra deberían proporcionarle mejores textos y otra amplitud miras, por su bien y por el de sus fieles espectadores, que un miércoles del caluroso verano madrileño llenaban la terraza del Teatro Galileo para verla, reirla y celebrarla.

Ambas obras son buenos ejemplos de la forma de trabajar de Juan Carlos Rubio. Esa forma en la que suele dar la sensación de que rema siempre a favor. A favor del texto, de los actores y del público. Sea el que sea su punto de vista sobre el material que maneja, sobre lo qué cuenta y cómo contarlo.

Un director que sabe hacerse presente cuando el texto y la producción se lo permiten. Ofreciendo una lectura, un punto de vista, sin estridencias. Como en el Anfitrión que acaba de estrenar en Mérida. Pero que no olvida que los que están en escena siempre, los que se la juegan cada noche ante el público, son los actores y las actrices a los que pertrecha con lo mejor de sí mismos, de lo que cada uno tenga.

Tal vez sea por lo dicho en el párrafo anterior por lo que es elegido por estos. Sobre todo, cuando producen, como es el caso de las dos obras comentadas. Solo hay que ver como Pepón Nieto pone el hermoso y sabio texto de Molière, lo bien que juega su yo-yo de ser Sosias y ser Nadie, cuando su personaje sabe que es alguien. Solo hay que ver a Lolita, como abraza los accidentes que siempre se producen en escena, y fueron muchos la noche a la que pertenece esta crónica, para regocijo de aquella platea que va entregada a su personaje de revista del corazón y de programa de variedades televisivo. Sí, todo eso es Juan Carlos Rubio.