'Antonio y Cleopatra', ni mal ni bien, sino todo lo contrario

La imaginación popular sigue soñando con esta reina mítica para la que se siguen buscando actrices que también tengan algo de mito.
Ana Belén en 'Antonio y Cleopatra'.
Pablo Lorente
Ana Belén en 'Antonio y Cleopatra'.

Había mucha expectación con el Antonio y Cleopatra de Shakespeare que estrenaba la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Sobre todo, por los actores que lo protagonizaban: Ana Belén y Lluis Homar.

A parte queda el debate, más profesional que popular, sobre si tienen o no la edad para representar a los personajes. A parte del debate, también profesional y de política cultural, de si con todos los clásicos que tiene el teatro español es necesario que la CNTC dedique tiempo y dinero a una obra del bardo. El caso es que la imaginación popular sigue soñando con esta reina mítica para la que se siguen buscando actrices que también tengan algo de mito y, en España, Ana Belén es uno de esos mitos.

Tanto, que hasta el mismísimo ministro de Cultura se quedó para ver la obra. Un ministro que había venido, como casi siempre, a la entrega del Premio Corral de Comedias a Julieta Serrano, y que, ocupase quien ocupase el puesto, solía salir corriendo nada más entregarlo. Así que allí estaban todos. El pueblo, las autoridades, los organizadores y la prensa para luego poder contarlo.

¿Contar qué? Contar que, como ya pasaba en El Príncipe constante, hay cierta irregularidad en el elenco. No en sus protagonistas que, a pesar de que la obra empezaba casi a las once de la noche y dura casi tres horas, se mostró fresco y atento a lo que tenían que hacer en todo momento. Y, en el caso de Ana Belén, como si tuviera un pacto con el diablo, y ni el calor, ni el esfuerzo, ni la duración pudieran con ella.

Más. Un texto que en la versión de Vicente Molina Foix no suena a verso, aunque a veces si que se oye poesía lírica. Debido a que, al menos desde la butaca, suena a lenguaje corriente sin serlo y manteniendo esas figuras y frases que caracterizan al autor de la obra y que gusta recordar y repetir en voz alta. Seguramente debido al conocimiento que tiene Molina Foix del inglés y de Shakespeare.

Ana Belén y Lluis Homar en escena.
Pablo Lorente
Ana Belén y Lluis Homar en escena.

En el resto se nota esfuerzo. Otra cosa es que haya llegado a buen puerto. Como, por ejemplo, en la escenografía compleja que hace pensar cómo se trasladará esta obra cuando se estrene en Mérida la próxima semana. Tal vez se obvien estas grandes paredes de espejos deslustrado que se abren por aquí y por allá favoreciendo la entrada y salida de personajes y la creación de espacios. Escenografía que le da un aire vodevilesco a la propuesta si no fuera por esa sensación de oscuridad que provoca.

Como por ejemplo en el vestuario. Un vestuario que a veces parece casi romano, como el de Octavia, hermana de César a la que casarán con Antonio, o el de Lepido. Y a veces, esos trajes cuasimilitares e intervenidos que proponían los diseñadores hace unos años, en los que el caqui y el print de camuflaje se ha sustituido por un marrón rojizo oscuro y sucio.

Como Cleopatra, Ana Belén lleva un tocado sempiterno, al estilo de la imagen de Elizabeth Taylor, que no se quita ni para soltarse la melena, y eso que hay momentos que lo piden el texto y la escena. Unos vestidos que no le dan la majestuosidad con la que se imagina a Cleopatra, no ayudan esas botas leggins planas que lleva. Aunque es muy probable que interese o empatice con el público joven que pudiera ir a ver la obra, pues se acerca bastante a lo que llevan y se ponen.

Aspectos técnicos, es cierto, pero que importan a la hora de entender qué cuenta esta historia. Algo que no queda claro en este montaje. ¿Cuál es la fascinación que ejerce Cleopatra sobre Antonio? ¿Y este sobre ella? ¿Cuál es la relación? ¿Es personal o es política? ¿Ambas? ¿Qué papel juegan sus entornos en esas relaciones? ¿Cuál es el verdadero drama o la tragedia de esta obra? ¿Qué le cuenta a la platea? ¿Qué se lleva a casa?

Viendo este montaje, al que José Carlos Plaza, el director, da un ritmo de serie televisiva, como si fuera por capítulos y escenas que “continuarán”, resulta difícil responder a esas preguntas. Hay momentos en los que parece que son amantes unidos por un furor sexual que confunde al estratega y, se supone, experimentado en el amor y en la batalla, Marco Antonio. Otros, en los que parece un amor caprichoso, sobre todo por el lado de Cleopatra. Una reina que llegará a llorar desconsoladamente a su rey.

Ahora se unen, hacen frente común, frente a una Roma que a él le quiere en la metrópoli gobernando y a ella como reina sometida. Ahora se traicionan en el campo de batalla y se engañan en cuanto a la expresión de sus sentimientos. Una traición que se vive muy distinta de la de súbditos, sirvientes, augures y amigos.

En este sentido, a Lluis Homar se le ve todavía buscando a Marco Antonio. Parece haberlo encontrado en cuanto tiene de mundano, uno más enamorado o encoñado, como en la escena inicial vestido con una túnica y descalzo, con los pies en la tierra, o como cada vez que besa a su Cleopatra, porque se ve que es suya. Sin embargo, es más difícil verlo como el estadista, el estratega, el político y el militar que sabe a qué está jugando. Es cierto que el vestuario no le acompaña, no rema a su favor. En cualquier caso, es de lo más interesante de la función el verlo en esta pelea por hacerse con el personaje para servirlo en todas sus facetas.

Un momento de 'Antonio y Cleopatra'.
Pablo Lorente
Un momento de 'Antonio y Cleopatra'.

¿Y Ana Belén? Ella sí parece haber encontrado a Cleopatra. Más bien haber encontrado la que le ha pedido José Carlos Plaza que haga. Y lo hace sin que parezca que le cueste un ápice. Una profesional de libro. Adopta un aire guiñolesco, que a veces lleva a su personaje a la bufonada haciendo reír al personal, cosa que se agradece, aunque haya dudas que ese humor esté en la obra original. Sin embargo, esa liviandad, incluso en las partes más trágicas de la obra, no permiten empatizar ni con el enamoramiento ni con la extrañeza que provocan las decisiones de su personaje ni con su parlamento final.

Al final, la sensación que se tiene es haber visto un producto con vocación popular, que se esconde tras una coartada cultural con el objetivo de ser un best seller o un blockbuster. Objetivo, el de ser popular, del proyecto de Lluis Homar para CNTC, en un intento por incorporar nuevos públicos y más jóvenes. Lo que en sí mismo no es ni malo ni bueno. Un producto atractivo para las plateas, del estilo que necesitan grandes cosos como puede ser el Festival de Mérida, donde hay que vender muchas entradas en poco tiempo.

Un producto que se hace con una o varias estrellas como cabezas de cartel. Con un texto conocido de un autor reconocido e intervenido por un dramaturgo o escritor laureado. Una obra que se produce bien, en el sentido de que se la dota de recursos y con equipos que tienen experiencia y conocimiento para, como poco, sacar una producción aceptable, cómoda para los espectadores y para el propio equipo artístico.

Todos estos mimbres han permitido al Festival de Almagro ser el festival que este año da el verdadero pistoletazo de salida a la temporada festivalera veraniega. Acaparando todas las miradas, robando al futbol, ¡a la Eurocopa!, y a la política minutos en los telediarios y en las radios y páginas en los periódicos. Metiéndose en las conversaciones y los intereses de la gente. Incluso en la que ni siquiera está interesada por el teatro. Colarse hasta en la apretada agenda de un ministro de Cultura y Deporte.

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