Apaga y vámonos

No dejo de ver la contradicción que supone que la hipertecnificación a la que hemos llegado se convierta en nuestra mayor debilidad.
Apaga y vámonos.
CARLOS ALEJÁNDREZ "OTTO"
Apaga y vámonos.

Si nos encontramos cualquier día con un amigo y este nos espeta, sin venir a cuento, que tenemos mala cara, la respuesta más común será sugerirle que visite al señor Roca.

Ahora bien, si es el médico el que, después de leer los resultados de nuestros análisis, nos mira de arriba abajo, vuelve a leer el informe, vuelve a mirarnos, se pone a hablar de fútbol, titubea… nos acojonamos. Vaya si nos acojonamos.

Del mismo modo, no sentimos lo mismo cuando cualquier agorero vaticina en la sobremesa la cercanía de las siete plagas que cuando la ministra de defensa de Austria (un país tan serio que hasta para los botellones se exige frac) aconseja acumular agua, alimentos, dinero en efectivo, y velas para sobrellevar el gran apagón que se aproxima.

Algo sabrá la buena mujer, que no se pone al frente de un ministerio a cualquiera, y menos aún si el ministerio es el de los grandes secretos y la lucha contra los malos.

Los datos, los malditos datos, parecen darle la razón: el gasoducto que cierra Marruecos, los chips que China atesora bajo el colchón, el subidón de los costes del transporte marítimo, que tal parece que han cambiado la silla del timonel por un jacuzzi…

Puede que muchos europeos estén haciendo ahora acopio de todos esos víveres que tan imprescindibles resultarán cuando se congelen los charcos.

Pobres ilusos.

No han aprendido que la mejor táctica es la que hemos practicado siempre en España: si surge un problema, no importa tanto habilitar una solución como señalar al culpable.

Y digo señalar porque no hace falta buscarlo. De un tiempo a esta parte tenemos muy claro a quién reprochárselo, incluso si estalla un volcán, malparen las vacas, ataca el lobo, llueve o hay sequía: al presidente del Gobierno.

Privilegio que mantiene en exclusiva desde que su vicepresidente más beligerante se cortó la coleta.

“La mejor táctica es la que hemos practicado siempre en España: si surge un problema, no importa tanto habilitar una solución como señalar al culpable”

Y no sirve de nada que nuestra ministra encargada de las cosas que se enchufan haya viajado a Argelia y obtenido un acuerdo de suministro de gas alternativo. Instalados en la alarma innecesaria, nuestros gritos se oyen también en el espacio.

Imagínense, Alá no lo quiera, un enganchón entre Marruecos y Argelia, que llevan tiempo mostrándose los dientes, y hasta esos los tienen blindados

Entre la ristra de miedos que nos cerca (infundados muchos, intencionados todos), el corte de uno de los dos gasoductos es, me parece, el que más debiera preocuparnos. Esa dulce e irrepetible placidez de los niños de teta es porque saben que sus madres tienen dos.

Y no ayuda mucho que el gobierno chino haya mandado un aviso semejante a sus ciudadanos. Cuando yo jugaba a las canicas, se decía que si todos los chinos se pusieran de acuerdo para saltar a la comba a un tiempo, podrían desviar la traslación de la Tierra. Ahora les basta con sonarse la nariz para que todos tiritemos.

Curiosamente, muchos europeos responsables encargan sus suministros de emergencia a Aliexprés.

Otros esperan a las instrucciones que, tras el apagón, transmitan por televisión las autoridades.

Quede claro que no pretendo frivolizar con los malos augurios. También yo ando preocupado por si me despierto una mañana y descubro que mi frigorífico ya no domestica el frío, el pito de mi olla exprés ha sufrido un gatillazo y de los grifos solo sale eco.

Entonces, apaga y vámonos.

Pero no dejo de ver la contradicción que supone que la hipertecnificación a la que hemos llegado se convierta en nuestra mayor debilidad.

Desaparecen las sucursales bancarias porque al negocio le conviene más que las operaciones se hagan de modo telemático y se pague no ya con tarjeta, sino acercando la pantalla del móvil. El dinero en efectivo, dicen, ha dejado de ser práctico.

Lo que no dicen es para quién ha dejado de serlo.

La compra es más fácil si se encarga por Internet. Lo que se olvide, lo acerca un ciclista con el que se ha contactado mediante una aplicación.

En caso de catástrofe, la gente, ya lo dije, no sabría buscar el árbol en el que crecen los yogures desnatados ni montar trampas para cazar los paquetes de salchichas.

Afirman los economistas que esta situación es normal si tenemos en cuenta que todo el planeta se está poniendo en marcha tras el parón que supuso el confinamiento, y que en pocos meses se estabilizarán oferta, demanda y precios. Pero me imagino quién pagará el pato, lacado o no, de la anomalía.

Los mismos de siempre, musitamos ustedes y yo al unísono.

Menos debiera preocuparnos el desabastecimiento que de whisky y ginebra sufrimos por culpa, se comenta, del Brexit y su inherente caos. Si llegáramos a perder el aroma de los destilados escoceses, siempre podríamos consolarnos con las páginas de Stevenson.

Y no nos faltaría el chinchón que iluminó los poemas de Pepe Hierro. Ni las cazallas de esparto que, durante siglos, fueron la calefacción central de pastores y labriegos.

Pero si resulta que la gran crisis del siglo XXI hay que afrontarla con orujo, tabaco del país, cerillas, latas de sardinas y billetes en el bolsillo, se cumplirá mi peor pesadilla:

Que el futuro sea una película de Paco Martínez Soria.