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29/06/2019 09:49 CEST | Actualizado 29/06/2019 09:49 CEST

Aromas, lujo y pasión: 48 horas en Marrakech

Del bullicio a la tranquilidad tan solo cruzando una calle. Pocos destinos ofrecen pasar de caminar por una de las plazas más concurridas del mundo a dormir en un oasis legendario donde hasta las paredes huelen a azahar. Marrakech es la ciudad de los contrastes. 

Perfecta para visitar los 365 días del año, esta ciudad enamora. El corazón que hace latir a un país como Marruecos es un irresistible crisol de tendencias donde siempre merece la pena escaparse. Pulida a golpe de historia, existe en Marrakech un punto físico del mapa donde se encuentran pasado y presente, su Medina. Este laberinto formado por estrechas callejuelas, donde es prácticamente imposible orientarse, muestra al viajero la cara más tradicional de la ciudad. En él, los característicos zocos son todo un placer para nuestros sentidos: vista, gusto, olfato... Una sinfonía de aromas, sabores y colores de la que resulta complicado escapar. Uno de ellos, el zoco de Semmarine, es el más conocido para la venta de sedas, telas y ropa en general, confeccionada de forma artesanal, y extiende sus tentáculos casi hasta la plaza de Jemaa El Fna, el gran circo de la ciudad. Todo es posible en esta plaza cuyo telón se levanta con la caída del sol. Y así comienza el espectáculo.  

Existe en Marrakech un punto físico del mapa donde se encuentran pasado y presente, su Medina.

Encantadores de serpientes, cuentacuentos, comerciantes o bailarines se mezclan entre la multitud tratando de atraer la atención del viajero. Junto a todos ellos, humeantes puestos de comida donde se cocinan kebab y cuscús despiertan el apetito de cualquiera que pase junto a ellos. Este improvisado circo es una de las mayores atracciones de la ciudad, una experiencia en sí misma que merece la pena descubrir desde cualquiera de las terrazas que abundan alrededor de la plaza (el Café des Épices siempre es una buena idea), con un té con menta en la mano. Desde la distancia, el espectáculo es aún mejor, ya que además desde aquí también puede apreciarse el emblema de la ciudad, el minarete de la mezquita de la Koutoubia. De estilo hispano-morisco, esta obra maestra del siglo XII recuerda notablemente a la Giralda de Sevilla —no obstante sirvió de fuente de inspiración a la hora de construirla—. Son 69 esbeltos metros de altura plagados de azulejos y estucos donde se percibe la extraordinaria riqueza del arte musulmán. Desde cualquier café al aire libre y con la ciudad prácticamente a nuestros pies, resulta imposible no sonreír ante la visión que tenemos frente a nosotros. Es Marrakech en estado puro.

 

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Exhaustos de nuevas emociones, toca descansar y no hay mejor plan que hacerlo en el oasis más lujoso de Marrakech, La Mamounia, uno de los hoteles más legendarios del mundo. Inaugurado en 1923, su arquitectura y decoración están inspiradas en la tradición arábigo-morisca, y es lo más parecido que estaremos nunca a dormir en el palacio de un sultán. Tras cruzar sus históricos muros, lo primero que hay que hacer es algo que, probablemente, nunca hayas hecho en otro hotel: detenerse y respirar profundamente su embaucador perfume de dátil y madera de cedro que la alquimista Olivia Giacobetti creó en exclusiva para este alojamiento.

Después de disfrutar las primeras notas de su característico aroma, siempre lo asociaremos al destino. Lo mismo que sucederá con el gusto cuando bebamos  el vaso de leche de camella tibia servida con unas gotitas de azahar con el que te reciben al instalarte en este hotel de las 1001 y noches. Pero si lo que encontramos dentro de La Mamounia es de belleza excepcional —más de 1500 artesanos trabajaron al detalle en la última remodelación del edificio—, el exterior no se queda corto. 

La Mamounia, uno de los hoteles más legendarios del mundo, es lo más parecido que estaremos nunca a dormir en el palacio de un sultán.

Todavía se conservan los jardines originales del siglo XVI, más de trece hectáreas repletas de exotismo donde abundan limoneros, naranjos, buganvillas o los jazmines que enamoraron a Churchill y cuya estampa él mismo pintó al óleo. A la figura del político británico tan presente en el hotel, le rinden homenaje dos rincones míticos: una suite y el célebre Churchill Bar, donde suenan buenas notas de jazz en directo por la noche y a donde resulta interesante acudir a tomar una copa tras haber cenado en Le Marocain, el tradicional restaurante del hotel y probablemente uno de los mejores exponentes de la gastronomía marroquí de la ciudad. O del país. 

Por la mañana y antes de salir a recorrer la ciudad, es de recibo comenzar el día disfrutando de un baño en la piscina cubierta del spa. Un oasis líquido de inspiración árabe que no necesitará ningún tipo de filtro a la hora de publicarlo en Instagram.

Puede ser la piscina más bonita del mundo como también lo son el color verde, azul, amarillo, o el rojo de la siguiente parada en Marrakech, donde la belleza de lo cotidiano encuentra en los jardines de Majorelle uno de los máximos exponentes. 

Este fotogénico rincón de la ciudad donde reposan las cenizas de Yves Saint Laurent es un lugar plagado de encanto donde merece la pena pasear entre sus cactus, palmeras, bambús, plantas acuáticas… y disfrutar de los colores más bonitos del mundo. Merece la pena echar un vistazo a las tiendas que se encuentran alrededor de los jardines, también al café situado dentro, para comprar todo tipo de marroquinería, velas o jabones especiales. Del mismo modo que hay que visitar la Menara, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad y muy frecuentado también por locales. Esta elegante edificación, inconfundible por su cubierta de tejas verdes, su estanque y su inmenso jardín repleto de olivos son el legado del califa Abd al-Mumin, que se apoderó de Marrakech durante el reinado de los almohades. 

Pero de vuelta a nuestro siglo y de nuevo en la ciudad roja, es el momento de mimar nuestro paladar reservando mesa en Dar Yacout, el restaurante más famoso de Marrakech. Ubicado en plena Medina, aunque sabiamente escondido del bullicio, y diseñado por el legendario Bill Willis, es un lugar donde comer muy bien —su tajin es exquisito—, rodeado de velas, azulejos, mosaicos, pétalos de rosa, estanques y hasta chimeneas. Un exceso de belleza para ilustrar este icónico local donde enamorarse perdidamente, si es que aún no lo habíamos hecho ya, de la ciudad de Marrakech en general y de su cocina en particular. 

En jardines de Majorelle reposan las cenizas de Yves Saint Laurent. Este es un lugar plagado de encanto donde merece la pena pasear entre sus cactus, palmeras, bambús, plantas acuáticas… y disfrutar de los colores más bonitos del mundo.

Embriagados de opulencia y aroma de jazmín, la noche es joven, elegante y muy sexy en la ciudad y locales como Bo Zin son una prueba de ello. Gente guapa bailando alrededor de un exótico jardín y numerosas fuentes en un local donde también se puede comer, aunque Bo Zin es mejor opción para salir de copas.

Y tal y como advirtió Truman Capote, “antes de ir a Marrakech, asegúrate de decir adiós a todos tus amigos y de retirar tus ahorros del banco”. Así que haciendo honor al escrito estadounidense, ponemos rumbo ahora a la parte moderna de la ciudad conocida como Gueliz, el lugar donde viven la mayoría de los residentes extranjeros en la ciudad, donde abundan las tiendas de lujo salpicadas por la famosa avenida de Mohamed V y los restaurantes más cool y, sí, aunque a veces pueda no parecerlo, esto también es Marrakech. Palabra de Capote.

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