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03/05/2020 10:32 CEST | Actualizado 03/05/2020 10:32 CEST

¿Artes vivas y confinadas? Sí, es posible

En esa exploración del confinamiento teatral que está haciendo el Teatro de la Abadía aparecen las artes vivas. Esa categoría teatral para definir el teatro contemporáneo que lejos de representar e interpretar textos busca esos textos, esos discursos, en la vida cotidiana. Concepto que generó tanto debate cuando Mateo Feijoo se lo añadió a la denominación de las Naves del Matadero de Madrid tras ser nombrado su director por el anterior equipo de gobierno del ayuntamiento de la capital. Lo hace con tres obras Estación Espacial, Tras los pasos de Augusto Madeira Mendes, y Visita guiada a una sesión de BDSM nº 26. A la que recientemente se ha añadido Instrucciones previas para una utopía.

Ateniéndose a las tres primeras podría decirse que son proyectos más bien discursivos. Charlas conceptuales sobre diferentes temas. Desde el concepto de espacio vital, el lugar en el que se habita, de Estación Espacial, hasta la necesidad de la implosión de los géneros sexuales como forma de liberación, en Visita guiada…, pasando por ver cómo la ficción incide en la realidad, en Tras los pasos….

Pero no, no hay que asustarse por lo anterior. Son discursos performativos. Es decir, hay puesta en escena, representación, imaginación (entendida como la creación de imágenes) que convierten esos discursos, esas reflexiones en voz alta, en una experiencia teatral. En espectáculos que se aprehenden y se comprenden con los sentidos, antes que con el análisis racional de la clase profesoral o académica.

Apelan, sobre todo, a una forma de contar en el que la tecnología juega un papel importante, igual que lo juega y lo lleva jugando en la vida de los artistas que han desarrollado estos espectáculos. Pero no solo la tecnología, también la voz y la presencia en un espacio y ante una cámara. La manera de decir un texto. El aplomo y la confianza desde el que se desgrana a Foucault, tal vez uno de los filósofos más complejos del siglo XX. El mismo con el que se descubre que la bayeta que se puede comprar en Mercadona es la misma que se usa en las estaciones espaciales. Espectáculos que juegan entre los conceptos y la broma ingenua.

Tal vez, de los tres, el que más sorprenda sea Visita guiada a una sesión de BDSM nº 26 de Laboratorio de Acción Escénica de Vladimir Tzekov. Sesión en la que al espectador se le pide dejarse dominar, ser sumise (sí, con el neutro “e”), por un director, dominador, a la vez que unas manos se frotan y acarician un cuerpo que se muestra parcialmente a cámara en primeros planos en un cuarto más bien oscuro.

Experiencia extraña, pues la voz sin afectación que desgrana cómo se deja, acríticamente, que las categorías nos aprisionen, cómo la cuestión de género es una clasificación impuesta para la dominación (incluido el feminismo como defensa de un género), choca con lo material, con lo que son los seres humanos. ¿Qué que son? Son un cuerpo bello, sea el cuerpo que sea, que a los demás gustan y dan placer, el mirarlos y verlos. Como el propio cuerpo de los espectadores son invitados a mostrar a cámara, como se les invitaría a mostrarlo en una sesión de BDSM a petición de la persona que domina, al que en general el público se presta, y hay quien lo hace con intención y alevosía.

La más festiva y divertida, a pesar de algunos chistes o comentarios hechos para el público muy teatrero, es Estación Espacial. Obra creada e interpretada por Alex Peña, Alberto Cortés (y su gen festivo) y Rosa Romero que explora desde el confinamiento la casa en la que cada uno está encerrado como si fuese una estación espacial. La clave sobre la que pivota esta idea es una bayeta azul que cualquiera puede comprar en Mercadona y que ellos encuentran en la Estación Espacial Internacional tras el análisis exhaustivo de las imágenes que se encuentran en YouTube.

Obra que seguramente gustará más a lo más jóvenes. Llena de páginas de Google relacionadas con el espacio y los espacio, pantallas compartidas, música y postureo ante la cámara y mucha música con una versión difícil de olvidar de Space Oddity de David Bowie.

Un juego, como lo son todas las obras de teatro, en la que como si tal cosa van apareciendo y produciéndose imágenes y situaciones que de alguna manera ponen de manifiesto los límites que se ha autoimpuesto el teatro normal, o normalizado. Un teatro que también está vivo, pero que, tal vez, no está abierto a, o ha olvidado, la vida de los supermercados y las calles de los pueblos, los barrios de casas pequeñas y los shelters hacinados en los que vive la mayoría de la población mundial.

Tras los pasos de Augusto Madeira Mendes de Los Bárbaros, con una piel de teatro contemporáneo, es la que más se acerca al espectáculo tradicional, aunque no lo parezca. La clave la da su comienzo, con el que practican el teatro como el espacio vacío en el que solo hacen falta unos actores y palabras para que una representación suceda. Así, la lectura de un recuerdo de Saramago sirve para situar al público en el seco y caluroso Alentejo portugués un verano cualquiera. Lugar donde va a suceder la historia que van a contar. La historia de una compañía, ellos mismos, que se va a un pueblecito de esa olvidada región portuguesa a montar una obra dentro de una residencia artística.

Obra que tratarán de crear con los elementos que se van encontrando en su vagabundeo por el pueblo, del (poco) contacto con sus habitantes y con la abundante información proporcionada por la bibliotecaria del pueblo. Una obra pensada como un paseo interpretativo, como los muchos que se hicieron en la edición pasada del festival Surge madrileño. Un paseo en el que Google Maps tiene un papel primordial para situar y mostrar en esta situación de confinamiento.

Un paseo y una historia donde la sencillez y la simpleza de las cervezas con los colegas, de la fiesta de pueblo y la verbena final con la que suelen acabar sus obras, permite el paso a las sorpresas que da la vida con solo abrirle la puerta. Dejarla pasar. Con el mismo relax que el actor que cuenta esta historia deja que lo que cuenta suceda ante los 20 espectadores que agotan rápidamente entradas cada vez se anuncia.

Algo que consigue con la ayuda de su voz, una voz normal, como la de nuestros colegas (o eso parece), y una serie de fotos o documentos que se muestran torpe e ingenuamente en el ordenador. Simpleza, sencillez, no hace falta más para contar una pequeña historia que cuestiona lo que es real, lo que es ficción y la interacción que hay entre ellas.