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25/07/2019 07:18 CEST | Actualizado 25/07/2019 07:18 CEST

Boris Johnson y la política en el 2019

En los países que me tocan, que son Reino Unido y España, ha habido un declive en el discurso político.

POOL New / Reuters
Boris Johnson a su llegada a Downing Street. 

Cualquier tiempo pasado es mejor, dicen.

En la política de 2019 hemos llegado a una situación que nadie predecía en los lejanos años noventa.

El nivel del discurso ha bajado y han hecho aparición en la primera línea del argumentario de la política actual contenidos y formas que parecían enterradas, no solo por ser sonrojantes, sino por entrar en el terreno de lo peligroso.

En los países que me tocan, que son Reino Unido y España, ha habido un declive y pérdida de nivel en el discurso político, y ha ido de la mano con el crecimiento de movimientos populistas de claro talante xenófobo y racista.

Cuando das voz a millonarios egocéntricos, alejados de la realidad británica, como Nigel Farage, y les pones a su alcance columnas en periódicos o programas de radio, su bilis logra hacer mella y esparcirse, con los efectos que ahora estamos pagando. Su partido (UKIP) es el culpable del cisma que ha estancado la política en Reino Unido los últimos 3 años. 

El Reino Unido de los 90, el del BritPop y crecimiento económico constante, contribuyó de manera positiva a que un país que sufrió durante los 80 la mano dura, los cierres de empresas, la policía a caballo aporreando a mineros en Orgreave, o lanzarse a una guerra con Argentina para tapar sus problemas reales con la Dama de Hierro al mando, se volviera más optimista. Esta década abrió mentes, contribuyendo a que se dejara de lado temporalmente su insularidad y su aislamiento voluntario, sumándose al proyecto de la Unión Europea.

En 2005 pude ver de primera mano, durante la Presidencia de la Unión Europea por parte de Reino Unido, el interés por parte del Gobierno británico de agradar y de ayudar en el progreso del trabajo conjunto de esta unión de países. Tuve la posibilidad de aportar mi granito de arena como funcionario del Ministerio de Sanidad británico, trabajando con la delegación ministerial española dirigida por la ministra Elena Salgado, y ver cómo la colaboración entre países era clave para mejorar los sistemas sanitarios, copiando o aprendiendo de experiencias de otros países miembros… Por ejemplo, en el germen de los NHS Foundation Trusts (hospitales fundación) se miraba con admiración al Hospital Fundación de Alcorcón.

Todo en aquel entonces era positividad, y en el rincón de los antieuropeístas, estaban Nigel Farage, y poco más. 

El British National Party, partido nazi, que idealizaban a Oswald Mosley (fascista de los años 30, afín a Mussolini y Hitller), estaba en números rojos, con un Nick Griffin que no era relevante, y que allí donde se atrevían a presentarse no llegaban al 5% de los votos.

Hasta entonces no había un ambiente hostil hacia los europeos, que éramos percibidos como algo positivo.

La crisis de 2008, sirve de punto de partida de ese UKIP 2.0, que ahora con la excusa de los problemas económicos, encuentra una rendija a través de la cual puede empezar a emponzoñar la política, y la sociedad británica.

Hasta entonces no había un ambiente hostil hacia los europeos, que éramos percibidos como algo positivo. A partir de la extensión de la UE a países de Europa del este, sí que comienza un cierto resquemor ante la entrada de grandes números de trabajadores, principalmente de Polonia.

Crisis económica y financiera, más entrada de emigrantes, más la falta de autocrítica y tendencia a buscar culpables fuera de sus fronteras en un país en el que cada vez que hay mundial de fútbol algunos medios deciden sacar a relucir batallas, guerras mundiales, gripe española o alguna situación histórica para ridiculizar a sus rivales deportivos, llevan al resultado del referéndum de junio de 2016.  

Cuando los extremos ganan (curiosamente se aplica más a la derecha) los partidos mayoritarios copian posturas y se radicalizan para reducir esa riada de votos a los nuevos partidos. 

Pasa en Reino Unido con un partido conservador que va a ser liderado por un Boris Johnson desatado. Ese personaje que compara a mujeres vistiendo burkas con buzones de correos, que habla de la sonrisa de ciudadanos africanos como “sonrisa de sandía”, o usa el término ultraofensivo y racista “piccaninnies”, dejan claro que su pensamiento está en línea con sus antecesores en el lejano, aunque siempre presente, Imperio Británico. El mismo que se preguntó en 2002 acerca del matrimonio homosexual en unos de sus artículos, comentando que “¿por qué no entre un hombre y un perro?”. En 2013, ante una visita del primer ministro de Malasia, Johnson, sugirió que el incremento de mujeres en la universidad en el  país asiático se debería a su interés por encontrar marido…increíble pero cierto.

Y este es el nivel de la política actual...políticos, o mejor dicho señores que cobran sueldo de políticos, que no son sino unos opinadores con el argumentario de un adolescente que acaba de darse cuenta que bajo su incipiente bigote puede abrir esa boca para decir cosas sin sentido, y que lo malsonante crea más risa y jolgorio entre sus amigotes…  y así, el portavoz de Vox en el Parlamento andaluz, Alejandro Hernández, soltó la semana pasada la siguiente perla, comparando la muerte del autor de un asesinato por violencia de genero con su víctima: “La muerte es igual de grave en uno y en otro caso. Lo que tenemos que ver es qué lleva a que se produzcan ese tipo de situaciones. Y eso no se va a poder hacer desde una perspectiva ideológica”.

Frase para incluir, junto a las de Boris Johnson en el libro de Ética y tradiciones que dentro de poco, y si sigue así la cosa, estudiarán los jóvenes en los institutos de Andalucía. 

2019 es así, ya hemos encontrado la máquina del tiempo. De momento al pasado hemos viajado de golpe, a la época de la dictadura (o mas allá) en muchos ámbitos, ahora habrá que esperar que encuentren el botón para viajar al futuro, y que la sociedad progrese... y que sea rápido.

 

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