Ceremonia de coronación en el PP

Ceremonia de coronación en el PP

Cambiar todo para que nada cambie.

Alberto Núñez Feijóo, durante su proclamación como nuevo presidente del PP, en Sevilla.Joaquín Corchero/Europa Press via Getty Images

Estamos acostumbrados a la alternancia en el gobierno propio de la democracia representativa y en paralelo a la sustitución de las direcciones de los partidos cuando éstos fracasan en sus objetivos, bien de mantener o de conseguir el gobierno o, en el caso de los grupos minoritarios, en la pretensión de mejorar sus resultados.

Sin embargo, algo que resulta sorprendente es que en el caso del relevo de la dirección de Casado en el PP, no se haya producido como resultado de ningún fracaso electoral, si acaso con una rebaja de las expectativas iniciales en Castilla y León unida al fiasco del error en el voto de un miembro de su dirección que dio al traste con la operación de transfuguismo parlamentario para derrotar la convalidación de la reforma laboral. Una cadena de errores que no es nueva y que a pesar de todo mantenían las expectativas electorales del PP como alternativa de gobierno.

En apariencia, las causas desencadenantes de la crisis de dirección y del relevo fulminante del equipo y del derrocamiento del propio presidente del PP, serían solamente de orden interno y estarían relacionadas con el enfrentamiento con la presidenta de la Comunidad de Madrid por una discrepancia sobre las fechas del congreso del partido en Madrid, aunque en última instancia se debieran a las aspiraciones de Díaz Ayuso a presentarse como candidata y a las suspicacias de Génova por su protagonismo público, en cuanto a si el alcance de sus ambiciones se quedaría solo en Madrid o incluiría a la propia presidencia del partido en España.

Un enfrentamiento que habría culminado con el juego sucio del espionaje, esta vez fallido, de un supuesto caso de corrupción con el negocio de las mascarillas en lo más duro de la pandemia, protagonizado por el hermano de Díaz Ayuso y su relación como conseguidor con una empresa concesionaria de la Comunidad de Madrid. Todo muy típico y tópico en el PP de Madrid y a todas luces insuficiente para ir más allá de la exigencia de responsabilidades a los directamente implicados en uno y otro bando por el bien del partido. Sin embargo, en ningún caso tan relevante como para provocar la caída de la dirección y el derrocamiento del presidente Casado elegido, este sí, en el Congreso de Madrid de 2018 del PP.

Un congreso en el que por primera vez el PP se saltó la línea sucesoria y al candidato previamente designado, para como consecuencia de la división de la mayoría de Rajoy y del sistema mixto de voto en primarias por parte de los afiliados con la votación final en el Congreso, elegir la renovación que representa Casado, eso sí impulsado por la sombra alargada de los rencores del expresidente Aznar. Ya entonces, condicionado por la duda hamletiana de Núñez Feijóo, sobre si era o no el momento para saltar a la política madrileña, que sobrevoló hasta el final el mencionado cónclave del PP.

Las portadas elogiosas, casi eufóricas, de ahora sobre Feijóo son intercambiables con las de hace cuatro años de Casado

Es por eso que resulta sorprendente, casi escandaloso, que la historia de un relevo tan oscuro como drástico y excepcional en la dirección del principal partido de la oposición en una democracia europea, no haya merecido un análisis serio y una valoración profunda sobre las causas que lo provocaron, más allá de la hipocresía habitual sobre la deslealtad y las traiciones de la política por parte de los más críticos, como si no formase parte de la lógica del poder, de cualquier poder, y los aplausos entusiastas de siempre de los medios conservadores más adictos e inasequible al desaliento. Las portadas elogiosas, casi eufóricas, de ahora sobre Feijóo son intercambiables con las de hace cuatro años de Casado.

Casi nada se ha hablado sobre unos procedimientos de derrocamiento merced a una conjura y un golpe palaciego, como tampoco de la posterior entronización al objeto de retomar la línea sucesoria interrumpida en el congreso anterior, no solo con Mariano Rajoy sino con el presidente fundador Manuel Fraga, y para eso nadie mejor que Feijóo, su hijo político predilecto en Galicia. Todo ello mediante una deslealtad de sus colaboradores más cercanos y la imposición de la nobleza, hoy representada por los barones regionales del partido, algo que de tan alejado de los procedimientos democráticos y de tan anacrónico nos retrotrae a la resolución de los conflictos dinásticos en las monarquías medievales.

Cabe deducir que el Congreso anterior del PP en Madrid fue un congreso fallido con la mayoría y con sus barones divididos como consecuencia del traumático final del gobierno y de la era Rajoy

Es por eso que cabe deducir que el Congreso anterior del PP en Madrid fue un congreso fallido con la mayoría y con sus barones divididos como consecuencia del traumático final del gobierno y de la era Rajoy y con un candidato tapado a la expectativa. Un congreso de transición con una dirección interina y en precario a la espera de las condiciones políticas más favorables o menos desfavorables. Tras los nuevos acontecimientos entre los que la nueva mayoría absoluta sin competencia alguna de la ultraderecha en Galicia, la difícil gestión de la larga pandemia y el desgaste consiguiente del gobierno de coalición, con un adecuado reparto de papeles en la crítica con el gobierno de la Comunidad de Madrid, para, en el momento interno adecuado del fiasco de la reforma laboral, del fallido adelantamiento electoral en Castilla y León y de la crisis con Díaz Ayuso, hacer estallar como inevitable la cuestión de confianza. Y, en definitiva, acabar con la precaria lealtad con la dirección interina de Casado y llamar a rebato a la mayoría natural en torno a un presidente poco menos que natural.

Continuará pues el mismo modelo de oposición de polarización y confrontación de la dirección anterior, si acaso con algún guiño para empoderarse como partido institucional

En conclusión, que la estrategia de la nueva dirección frente al gobierno de coalición y con respecto a los hermanos separados de la ultraderecha no ha sido el problema en el pasado para explicar la mencionada crisis de dirección, como tampoco lo será para la no tan nueva dirección de Núñez Feijóo. Continuará pues el mismo modelo de oposición de polarización y confrontación de la dirección anterior, si acaso con algún guiño para empoderarse como partido institucional, como también continuará el juego de competencia en la retórica y de colaboración en la práctica con la ultraderecha, asumiendo que están condenados a competir tanto como a entenderse. Al final, quedará para más adelante la cuestión de la primogenitura con la derecha nostálgica y autoritaria.

Lo cierto es que los protagonistas y los argumentos desencadenantes de la crisis ya han quedado prácticamente en nada. Casado ha abandonado todos sus cargos incluido el de diputado, y el papel de Ayuso en el congreso y en la dirección del PP ha quedado poco menos que diluido. Con ello se cumple también el dicho de que quién desnuda la espada no ciñe la corona. Ya a nadie del PP le interesa el caso de espionaje y mucho menos un caso más de corrupción, que por otra parte se daba por descontado. Como en El Gatopardo: cambiar todo para que no cambie nada. Como símbolo Génova seguirá siendo a buen seguro la sede de la dirección del PP de Núñez Feijóo.

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Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.