Colombia, la complicada esperanza de un pueblo agotado

Figuras como Francia Márquez van a tener mucho que hacer y mucho que templar para que dé tiempo a construir el nuevo Colombia.
El presidente electo Gustavo Petro y la vicepresidenta electa Francia Márquez celebran durante el acto en el que reciben hoy las credenciales que los acreditan como presidente y vicepresidenta de Colombia, en la sede de la Registraduría Nacional, en Bogotá (Colombia)
Mauricio Duenas Castaneda / EFE
El presidente electo Gustavo Petro y la vicepresidenta electa Francia Márquez celebran durante el acto en el que reciben hoy las credenciales que los acreditan como presidente y vicepresidenta de Colombia, en la sede de la Registraduría Nacional, en Bogotá (Colombia)

Un artículo de Marta Cecilia Londoño y Rosa M. Tristán (Alianza por la solidaridad)

El avión cruza el Atlántico mientras en Colombia ha comenzado un recuento que va a cambiar una historia de décadas de poder en manos de una élite. A bordo, algunos de los y las colombianas que viajan esa noche del domingo 19 de junio son un manojo de nervios que explota en alegría cuando conocen los resultados. Gustavo Petro y Francia Márquez serán los nuevos presidente y vicepresidenta de un país acogotado por una tremenda crisis económica, una desigualdad social galopante, pueblos indígenas olvidados y un proceso de paz que hace aguas porque el gobierno de Iván Duque tenía más ganas de que fracasara que de lo contrario.

Ahora se abre una puerta en Colombia y por ella entran los que confían que la coalición Pacto Histórico -la primera de izquierdas en la historia del país, es decir, desde que se descolonizó en 1810- transforme las esperanzas en realidades, algo que no va a ser nada fácil a tenor de lo dividido que ha estado el voto. Y es que, lo primero que llama la atención es la escasa diferencia de sufragios entre el economista de prestigio que es Petro, exalcalde de Bogotá y exguerrillero en su juventud, y la vacuidad de su oponente, Rodolfo Hernández, al margen de posturas ideológicas. Apenas poco más de un 3% entre una y otra candidatura que habla de una campaña electoral construida sobre el miedo, la rabia y el odio y que no augura un futuro de tranquilidad.

Colombia no es un país fácil, en realidad son múltiples, uno del interior de ganaderos y agricultores de grandes extensiones y de una ciudadanía que ve el conflicto armado a través del televisor y las redes sociales, y otro, el del Pacífico y el Caribe, donde el abandono del Estado acabó convirtiendo esos ricos territorios en recursos naturales en áreas inaccesibles en manos de grupos armados y de un narcotráfico que, conectado con el poder, hincó sus tentáculos en territorio habitados por pueblos indígenas y afrocolombianos. Es en esta segunda Colombia, habitada mayoritariamente por víctimas, donde han ganado Petro y Márquez, en los lugares donde más se vivió, y se vive, la violencia cada día, donde los líderes y lideresas comunitarias son aún asesinadas impunemente, casi 90 en lo que va de año.

La figura que más ha crecido en estos lugares no es, sin embargo, la del carismático Petro. Es la de la lideresa Francia Márquez, nacida en Suárez Cauca, al norte del Cauca, una mujer negra, feminista, defensora ambiental nacida en una familia campesina y pobre, víctima de un atentado en 2019, madre a los 16 anos. Ella es la que, con su empatía, se ha ganado a esa población excluida que ya no votaba porque no veía salida. Y se lo pusieron duro en la campaña, señalándola por su origen, por su raza, hasta por sus cambios en la forma de vestir. Pero, acostumbrada al acoso, Francia Márquez siguió adelante, con fortaleza, como portavoz de esos “Nadie” de los que nos hablaba el escritor Eduardo Galeano, que han tenido papel protagonista.

Las esperanzas son muchas en un país que, según un informe del Banco Mundial, el pasado año era el más desigual de toda la OCDE y el segundo de Latinoamérica, tan solo superado por Brasil, donde las mujeres tienen escasas posibilidades de obtener un empleo (casi dos veces menos que un hombre) y el extractivismo de los recursos naturales como motor de desarrollo ha dejado desprotegidos a millones de personas, mientras seguía vigente un sistema fiscal cada vez más sesgado hacia la clase dominante. Nunca fue prioridad responder vía impuestos a las necesidades básicas de ese 70% de la población que vive en la pobreza

A ello se suman los incumplimiento de un Acuerdo de Paz que lleva ya seis años vigente y que no se ha respetado tal como se aprobó. Por un lado, está la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), una justicia transicional que para algunos es entendida como impunidad y que para otros es el camino para cerrar heridas, tras un conflicto que duró medio siglo y tuvo 10 millones de víctimas.

Por otro, Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No repetición, que presenta el 28 de junio su informe final tras recoger miles de testimonios de víctimas y que busca el reconocimiento de lo sucedido, la convivencia en los territorios y contribuir a sentar las bases para construir una paz duradera. La posibilidad de que el informe relacione a las élites del país con grupos armados, sobre lo que hay pocas dudas, levanta ampollas. Y, además, conviene recordar que las reparaciones a las víctimas del conflicto no se han producido con la diligencia que era de esperar, sobre todo en lo relacionado con la sustitución de cultivos ilegales por otras formas de vida. Este hecho y la continua presencia de grupos armados en grandes áreas de la costa del Pacífico, en la que trabaja Alianza por la Solidaridad-ActionAid desde hace décadas, genera un clima de violencia que no será fácil exterminar en pocos años.

Ya vimos en el pasado que las fuerzas a las que se enfrentan Petro, Márquez y su equipo para poner en marcha su proyecto de cambio de modelo social, utilizan estrategias de todo tipo cuando entran en acción. Durante los años en los que el futuro presidente colombiano fue alcalde de la capital, los abogados de la oposición y adláteres entorpecieron con continuas interpelaciones judiciales el funcionamiento de la institución, dado que por ley se está obligado a responder en pocos días. Y no es que se trate de un Gobierno anti-sistema dirigido por un ex guerrillero, en contraposición con el ingeniero Hernández, como han querido ‘vender’ desde el bando uribista y desde medios de comunicación afines a Duque. Desde su primer discurso, Petro ha dejado claro que no va a acaba con el capitalismo, no va a ser una nueva Venezuela, pero si quiere poner coto a su voracidad y acabar con esa desigualdad que lleva toda su historia instalada, mejorando la educación, la sanidad, proyectos agrarios que si se han puesto en marcha es más gracias a la cooperación internacional y la sociedad civil que al empeño de Duque para que salieran adelante.

Al riesgo de entorpecimiento se suma, ojalá sea remota amenaza, el de un golpe de Estado, porque el ejército sigue siendo afín a Alvaro Uribe, y al no menor riesgo de que las exigencias de transformación por parte de los apoyos al nuevo gobierno sean demasiado apremiantes, exigentes de transformaciones que van a requerir de mucho tiempo.

Figuras como Francia Márquez van a tener mucho que hacer y mucho que templar para que dé tiempo a construir el nuevo Colombia en el que hay demasiados que han sido tratados durante demasiadas décadas como “los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada/ Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la / Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:/ Que no son, aunque sean. / Que no hablan idiomas, sino dialectos. / Que no hacen arte, sino artesanía. / Que no practican cultura, sino folklore. / Que no son seres humanos, sino recursos humanos. / Que no tienen cara, sino brazos…”.

En este avanzado el siglo XXI, ya es hora de que se les devuelva la dignidad de la que nos hablaba Galeano, tan vivo su mensaje en estos días de esperanza.