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24/05/2020 10:19 CEST | Actualizado 24/05/2020 10:19 CEST

COVID-19: ¿cisne negro o cisne blanco?

¿Podríamos haber vaticinado la pandemia? ¿Teníamos algún tipo de indicio de que pudiera aparecer?

ilbusca via Getty Images

Nassim Nicholas Talib, un profesor de la Universidad de Massachussetts de origen libanés, publicó hace unos años un ensayo titulado El cisne negro. Tal y como narra en uno de sus capítulos, antes de que se descubriera Australia se pensaba que todos los cisnes eran de color blanco, puesto que nadie había descrito uno solo de color negro. Sin embargo, la observación del primer cisne azabache dio al traste con esta generalización.

Este pensador utiliza esta metáfora para referirse a un suceso que es altamente improbable, muy difícil de predecir, pero que cuando sucede tiene un enorme impacto. 

A lo largo de la historia de la humanidad hemos tenido muchos cisnes negros, por ejemplo el crack de 1929, la Primera Guerra Mundial o el ascenso de Hitler al poder. En esta nómina también tendríamos que incluir algunas pandemias, por ejemplo, la peste negra del siglo catorce o la gripe española.

Centrémonos en la peste negra. Sabemos que diezmó hasta el 60% de la población europea, lo cual provocó que la escasez de mano de obra incrementase de forma sostenida los salarios, lo cual debilitó, a la larga, el sistema feudal del Viejo Continente. 

Desde hace más de una década reputados virólogos nos advertían de la posibilidad de que a corto plazo sufriéramos una pandemia.

La sociedad europea se volvió, a la postre, más sofisticada, y surgieron invenciones tecnológicas, entre ellas la imprenta de Guttenberg. Asimismo, la oferta laboral de las ciudades atrajo a personas que vivían en las zonas rurales, favoreciendo la aparición de una nueva clase media. 

Tampoco fue casual que ciudades con un enorme dinamismo comercial –Londres, Ámsterdam o Venecia– fueran las urbes que sufrieron las peores consecuencias de la peste bubónica.

El filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994) llevó el cisne negro a su terreno, nos hizo ver por qué no es posible obtener verdaderas teorías científicas a través de la inducción, fundamentando su conocido principio de la falsabilidad. 

En otras palabras, si a lo largo de tu vida sólo contemplas cisnes blancos, no significa que no haya ninguno de color negro, por eso estamos obligados a movernos en escenarios gobernados por las probabilidades y la incertidumbre. Popper nos insta a buscar datos que refuten las teorías y no a escrutar hallazgos que las confirmen; es más, el descubrimiento de estos últimos no mejora nuestra teoría. 

Ahora vayamos al presente, ¿la pandemia de coronavirus es un cisne negro? Nadie duda que estamos ante una emergencia sanitaria, que tenía una baja probabilidad de que se produjera, pero que en caso de que sucediese el impacto sería enorme en nuestra sociedad. Ahora bien, la tercera condición está sujeta a matices. ¿Podríamos haberla vaticinado? ¿Teníamos algún tipo de indicio de que pudiera aparecer? 

En un mundo tan hiperconectado como el nuestro, era factible que epidemias como las que ya hemos sufrido en lo que llevamos de siglo XXI se repitieran.

Los riesgos se mueven en dos ejes cartesianos, uno es el impacto y el otro es la probabilidad. Desde hace más de una década reputados virólogos nos advertían de la posibilidad de que a corto plazo sufriéramos una pandemia. 

Por otra parte, en un mundo tan hiperconectado como el nuestro, era factible que epidemias como las que ya hemos sufrido en lo que llevamos de siglo veintiuno –SARS, gripe A, MERS, zika– se repitieran. Todo ello nos hace pensar que la COVID-19 es un cisne blanco.

Quizás ha llegado el momento de desempolvar a Popper, sacarlo del rincón de pensar, y analizar desde una perspectiva más amplia los errores que hemos cometido como sociedad, como aldea globalizada. De esta forma, podremos minimizar el impacto de futuras pandemias y estar preparados ante nuevos “cisnes negros”. Ha llegado el momento de ahondar en eso que se ha denominado “gestión del riesgo”.