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09/12/2019 09:07 CET | Actualizado 09/12/2019 09:07 CET

Cuando la sociedad es el juez de un crimen sin rostro

Las tragedias que soportan las mujeres en el mundo suelen ser silenciosas.

AlexLinch via Getty Images

Una de mis amigas suele decir que si algo le ocurre –“me golpean me violan o no regreso”– las “sobrevivientes” hagamos ruido. Lo dice con seriedad, mientras las demás escuchamos con cierto aire de alarma. Lo repite en cada oportunidad en que nos despedimos, que debe tomar un taxi, atravesar la ciudad para llegar al lugar en el que vive. “Hagan ruido”, dice, y tengo la escalofriante sensación que se trata de una sentencia, más de una petición. Una singular y durísima forma de señalar una de las mayores formas de violencia que sufre una mujer en la actualidad: No existir.

Se escucha exagerado ¿verdad? Seguramente el lector casual de estas líneas podría pensar ahora mismo que disfruto el melodrama, que quiero añadir a este artículo un sacudón emocional innecesario con semejante párrafo introductorio.  Pero, debo decir –y lo digo, con una tristeza absoluta, abrumada y casi resignada– que tres cada diez mujeres en el continente en el que vivo, no regresan a casa. Que en algunos países el número es aún mayor. Que en Europa cada día hay al menos diez asesinatos de mujeres, los incómodos “feminicidios” que tanto debate suscitan entre medios de comunicación y organizaciones feministas. Que, el número de violaciones en grupo aumentaron de manera exponencial durante el último año, así como las estadísticas de maltrato doméstico y violencia intrafamiliar. Que, cada día, una mujer debe mirarse al espejo y preguntarse cómo escapar del único lugar que conoce como hogar, del padre de sus hijos, de la vida que conoce. Que, a diario, más de una docena de mujeres deben admitir frente a un hombre que la mira con cierto cinismo que fue violada y abusada. Que debe llevar a cuestas las dudas sobre “qué pudo provocar” una agresión semejante. Que a diario más de cien mujeres alrededor del mundo morirán al abortar en la clandestinidad, en condiciones médicas deplorables. Que miles de mujeres son esclavas sexuales y, mientras usted lee este pequeño párrafo, estarán siendo golpeadas, vendidas, utilizadas como objeto de compra y venta en el mercado más retorcido de todos. 

De modo que, cuando mi amiga dice “hagan ruido”, invoca un instinto más viejo de supervivencia del que puedo explicar ahora mismo. Uno que recuerda el silencio en que están sumidas las víctimas de todo el mundo, el que sostiene una cultura que asume el hecho de la violencia contra la mujer como algo normalizado a niveles inquietantes. Una y otra vez, todas las mujeres del mundo –desde las más jóvenes e incluso las ancianas– corremos el riesgo de simplemente desaparecer, de sólo hacernos una estadística, de ser aplastadas por la culpa, el terror, la posibilidad de formar parte de esa larga lista de nombres que narran una historia que nadie quiere escuchar. “Hagan ruido”, dice mi amiga, porque las tragedias que soportan las mujeres en el mundo suelen ser silenciosas, pasan desapercibidas, son justificadas en cientos de maneras dolorosas. 

Lo pienso mientras ordeno las notas con las que escribiré este artículo. Qué inquietante esta sensación frágil de ser una víctima, aunque nunca haya sufrido ningún acto de violencia. Lo soy porque se me juzga por el mero hecho de ser mujer, joven, por mi comportamiento, incluso por mi aspecto físico. ¿Parece exagerado? Ojalá lo fuera. Hace un par de semanas, un diario de circulación nacional publicó una nota acerca de la muerte de una mujer, cuyo cadáver fue encontrado en la habitación de un hotel. No obstante antes de dar cualquier detalle sobre el caso, el redactor de la noticia decidió que había que dejar claro un detalle que al parecer era mucho más importante que cualquier otra cosa en el hecho criminal: la víctima era infiel a su esposo. De hecho, la nota periodística comienza dejando bien claro que su “infidelidad la había conducido a la muerte”. 

La cultura machista no sólo profundiza la violencia, sino que además menosprecia a la víctima.

No hay duda que para el periodista lo realmente preocupante no era que una mujer muriera asesinada en circunstancias lamentables, sino el comportamiento que se le achaca y las consecuencias que pudo tener. El artículo entero insiste en cada oportunidad posible, que “la conducta” de la víctima la llevó a la muerte, como si la violencia pudiera merecerse. Una muestra de machismo agresivo y peligroso que deja claro que nuestro país aún necesita madurar en la percepción de lo femenino.

¿Lo peor? El artículo lo escribió una mujer. Una mujer que está convencida que la conducta moral puede justificar la violencia. Que hay víctimas “culpables” de la agresión que padecen, que no sólo “provocan” a quien les ataca sino que además, forman parte de una dudosa  estadística que cuestiona al hecho violento basado en la moralidad. Para la periodista, el hecho que resalta en lo ocurrido, no es que una mujer haya muerto, sino que su forma de comportarse provocó su muerte. 

No es una idea sencilla de digerir. Porque se trata de enfrentar y reconocer, que la para la cultura del país donde naciste, el cómo te comportes o que tanto respetes la imagen tradicional que se impone, es un factor decisivo sobre la posibilidad de padecer alguna agresión física o sexual. Una percepción que coloca a la mujer en la posición de no sólo enfrentar a una sociedad machista que la señala y la estigmatiza por como luce o la forma como se comporta, sino la percepción distorsionada que la mujer misma suele tener sobre la violencia que se infringe o que sufre. La insistencia de la periodista en asumir que la conducta sexual de la víctima la llevó a la muerte, es toda una declaración de intenciones sobre cómo se percibe los crímenes contra la mujer en nuestro país y quizás, en el mundo entero. La violencia que se transforma en censura moral y ética, la agresión que entra en el terreno de la especulación, como si la violencia en contra de la mujer mereciera mucho menos consideración, análisis y sobre todo, condena que la que puede sufrir un hombre. 

Unos meses atrás reflexionaba en mi perfil de Facebook sobre el hecho que cada vez que una mujer resulta agredida sexualmente, alguien pregunta cómo estaba vestida y dónde se encontraba. Si estaba sola, si iba en compañía de un desconocido. Si llevaba maquillaje, si su vida privada era lo suficientemente escandalosa como para analizarse como parte de la agresión. Se trata de una especie de reflejo inmediato, de los primeros cuestionamientos que se hacen en voz alta,  el debate que surge sin que por el momento, la condición física y mental de la mujer que fue violada importe demasiado. Una y otra vez, se insiste en comprobar si la víctima de la agresión luce como se supone debe verse una mujer inocente y no como alguien que podría provocar la agresión. En asegurarse que la mujer no “provocó” la violencia que sufrió o que de alguna manera, pudo evitar lo ocurrido. Porque cada una de las preguntas que se hacen es una insinuación concreta de la responsabilidad de la víctima sobre el ataque que sufrió. Una manera de excusar la violencia o aún peor, transformarla en algo parecido a un vehículo de censura social.

Se normaliza un punto de vista que supone que la agresión física, la manipulación emocional y sexual son admisibles.

La discusión en mi muro alcanzó unos cien comentarios entre quienes les preocupaba el matiz que puede interpretarse del cuestionamiento y los que pensaban que una violación puede ser la consecuencia de un determinado comportamiento. Uno de los participantes hizo el siguiente comentario:

Si un hombre fue asesinado a puñaladas, la primera pregunta que se haría no es si el pantalón y la camiseta que llevaba pudo provocar al asesino, sino que fue una víctima de un hecho de violencia. ¿Por qué con respecto a una mujer es distinto?”.

La comparación causó revuelo. Alguien llegó a sugerir que una violencia no es un hecho de violencia “tan grave” como para compararlo con un asesinato y hubo quien ponderó sobre el hecho que un hombre no se interpreta a sí mismo bajo los mismos cánones de conducta. Al final, la discusión quedó en suspenso, aunque lo que si quedó muy claro  — y sin duda, fue un elemento preocupante al momento de analizar las ideas que se debatieron —  es que para un considerable porcentaje de quienes participaron en la discusión, una violación puede ser interpretada e incluso justificada. Incluso, alguien sugirió que “una violación siempre debe ser analizada” para “cuestionarse” qué tanto pudo hacer la mujer “para evitarla”.

Es un tipo de interpretación sobre la violencia que convierte cualquier agresión contra la mujer en una noción moral. ¿Qué tan culpable eres de provocar que te golpeen, te violen, te asesinen? ¿Cuál ley, dogma o incluso sentencia ética rompiste para provocar lo que ocurrió? Tal parece que ninguna víctima de violencia machista es por completo inocente: se trata de un ligero matiz que coloca a la mujer al borde de algo más turbio y preocupante. Preguntarse a sí misma qué error cometió para provocar a su agresor.

Más allá de eso, nuestra cultura parece obsesionada con el comportamiento femenino. Con enorme frecuencia, el potencial, talento y valor de una mujer se analiza a través de su capacidad para encajar con cierto estereotipo que se perpetúa como la imagen de la mujer ideal. Una mujer “debe” ser buena, amable, sexualmente recatada. Lo contrario resulta inadmisible. Es un conjunto de interpretaciones sobre el comportamiento femenino que hace que la percepción sobre la violencia contra la mujer sea la mayoría de las veces por completo hipócrita y, además, se limite a censurar y estigmatizar cómo una mujer se ve, se comporta o incluso, cómo piensa. Se normaliza un punto de vista que supone que la agresión física, la manipulación emocional y sexual son admisibles si la mujer transgredió los límites éticos y morales que se le inculcan y se consideran obligatorios de cumplir. Por tanto, que una mujer tenga una conducta sexual “escandalosa” puede ser un motivo para que sea agredida, abusada e incluso asesinada. Un razonamiento que se perpetua, se asimila como corriente y que, finalmente, convierte el hecho de la violencia contra la mujer en un reflejo de la discriminación cultural y social que lo femenino debe soportar como una inmediata herencia histórica.

Resulta preocupante lo que sugiere todo anterior. El prejuicio contra el comportamiento de la mujer puede convertirse en una sentencia tácita que considera a la mujer culpable de origen, por el mero hecho que cualquier conducta  “cuestionable” provoca el estigma, el señalamiento y la crítica. Una excusa suficiente como para asumir que la violencia contra la mujer en todas sus formas puede justificarse. La cultura machista no sólo profundiza la violencia, sino que además menosprecia a la víctima y la convierte en parte de esa noción que insiste en que la moral puede atenuar la gravedad de un crimen. Una idea que persiste a pesar de la evidencia y lo que es aún peor,  se perpetúa y se profundiza a través del tiempo.

Todos somos un poco cómplices de la situación. Piense en todas las veces en que ha escuchado a un hombre llamar “puta” a una mujer por la ropa que lleva y cómo de inmediato la frase y sus implicaciones tienen apoyo. O en todas las ocasiones en que le han insistido que la violencia intrafamiliar y marital es “cosa de parejas”, como si fuera evidente que el maltrato forma parte de cualquier relación emocional. Hay una serie de percepciones y conclusiones sobre la violencia que una mujer puede sufrir — física, emocional y sexual — que están sujetas a esa opinión tradicional sobre lo que la mujer puede o no debería hacer. Un punto de vista que resulta preocupante por razones obvias y además, peligroso por sus implicaciones.

Una y otra vez, la mujer debe aceptar un humillante juicio de valor sobre su comportamiento.

La cultura machista deja víctimas a diario y nadie lo duda. Es esa mirada patriarcal y tradicional la que perpetúa un tipo de prejuicio que tiene su peor exponente en la manera como se analiza cualquier delito en contra de la integridad física y mental de la mujer venezolana. Una y otra vez, la mujer debe aceptar un humillante juicio de valor sobre su comportamiento sino también que esa valoración menoscaba su identidad, individualidad e incluso la forma como la ley percibe –e interpreta– su defensa. Como la periodista que dejó bien claro que la “infidelidad” de una víctima la había llevado a la muerte, la cultura de nuestro país asume que una mujer puede ser agredida, violada o asesinada por el simple hecho de ser algo más de lo que la sociedad espera de ella. Una percepción sobre la violencia tan peligrosa como retrógrada pero sobre todo, tan lamentable como real. Un país de mujeres como víctimas potenciales y lo que es peor aún: cómplices de la violencia que se infringe contra cualquiera de ellas. 

“Hagan ruido”, dice mi amiga, y mientras escribo esto los ojos se me llenan de lágrimas. Qué duro es el silencio de no existir, de ser parte de un panorama invisibilizado, de tener que batallar para que la noción sobre la mujer como algo más que un estereotipo logre vencer ese anonimato de la generalización. “Las mujeres”, “las feministas”, “las víctimas”. Sin nombre, sin identidad, en medio de la oscuridad del miedo. 

Hagan ruido, pienso de nuevo. Creo que no tenemos otra opción. 

 

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