Curiosos impenitentes

Ni la curiosidad mató al gato, ni la curiosidad es un reino exclusivo de artistas y científicos.
Una niña de lo más curiosa.
Carrastock via Getty Images
Una niña de lo más curiosa.

La curiosidad es el motor del cambio, el motor del conocimiento, es la forma básica de un movimiento exploratorio que ha permitido al mundo avanzar y que se caracteriza como el “deseo de saber” más acerca de algo o de alguien. Los curiosos, como ahora veremos, han sido los verdaderos artífices de la civilización.

Rastrear en busca del primer curioso no es tarea fácil. En un sencillo algoritmo, sesgado sin duda, nos acercaríamos al reino habitado por científicos y artistas. ¡Qué duda cabe que en él vivieron personajes de la talla de Picasso, Dalí, Newton o Leonardo da Vinci! Ahora bien, ¿quién fue el primer curioso?

La curiosidad mató al gato

Uno de los curiosos más antiguos de los que tenemos noticia es el naturalista Gaius Plinius Secundus, más conocido como Plinio el Viejo, que vivió en el primer siglo de nuestra Era. Las crónicas nos cuentan que falleció en el año 79 cuando se produjo la erupción del Vesubio. Al parecer fue el comandante de la flota romana del Miseno que acudió al rescate de la población afectada por el volcán. Plinio un curioso insaciable sintió la necesidad de saber qué sucedía, por qué la tierra escupía aquellos ríos de lava. La curiosidad le llevó a aproximarse más y más... Al parecer falleció en la playa de Stabiae, en la bahía de Nápoles, a consecuencia de la intoxicación causada por los gases que emanaban de las entrañas del volcán.

Como solemos decir la curiosidad mató al gato. Una expresión que, por cierto, es incorrecta. El creador de la misma fue un escritor contemporáneo de Shakespeare, Ben Johnson, que escribió “care killed the cat” –la prudencia mató al gato-. Con el paso del tiempo el “care” inicial acabaría convirtiéndose en “curiosity”.

Buscando en el jardín de la prehistoria

Plinio el Viejo no es el primer curioso de la Historia, tenemos que remontarnos mucho más. El inventor de la escritura, en un principio dentro de una esfera administrativa, seguramente era un curioso compulsivo, como también lo era el que desarrolló la primera rueda. Aun así hay echar la vista todavía más atrás para encontrar al primer curioso.

Nuestro protagonista debió vivir en la noche de los tiempos, en la Prehistoria. Cierto día debió tropezarse, en sus paseos por el campo, con una pirita, juguetear con este mineral y por qué no, frotarlo con otras piedras, entre ellas con una piedra de sílex, que tanto abundaban. El azar quiso que de esa fricción saltase una chispa.

Aquella primera chispa hizo crecer aún más su curiosidad y no paró hasta que consiguió repetir el efecto y depurar la técnica. La pirita y el sílex le llevaron al primer fuego que, a falta de combustible, no tardó en extinguirse. Necesitaba encontrar algo que mantuviese viva la llama, es fácil suponer que recurriría a todo tipo de hojas, retamas o troncos que le proporcionaba la naturaleza, pero aquello no ardía como había pensado.

Cierto día, gracias nuevamente al azar, utilizó un yesquero, un hongo que crece en los troncos de los árboles, y que arde con mucha facilidad. Ahora sí, aquel curioso pudo mantener la chispa y transformarlo en una fogata. Nuestros antepasados usaron aquel fuego para protegerse de los depredadores, para cocinar y, por qué no, para reunirse en torno a él con la llegada de la noche. Se convirtió en un punto de encuentro en donde empatizar.

Los hombres de las cavernas se reunían en torno al fuego para contar lo que había sucedido a lo largo del día, para transmitir sus anhelos al resto de la comunidad, sus miedos… en definitiva, sus historias. Y es que los primeros contadores de historias nacieron allí, en torno al fuego. El cansancio poco a poco se iría adueñando de su alma y de su energía, obligándolos a retirarse a las cuevas a dormir, dejando que el fuego se extinguiera.

Grafiteando las paredes de las cuevas

A la mañana siguiente no encontrarían más que los restos del fuego de la noche anterior, se desperezarían y comenzarían su labor de caza y recolección. Otro curioso que por allí estuviera se fijaría en los restos de la pirita quemada, en el yesquero consumido por la energía calórica y muy probablemente los tocara. Evidentemente no se quemaría, pero sí se tiznaría las manos.

Cuando la fogata se extingue la pirita tiñe de ocre las manos y, en algún momento, con las manos sucias saltó la “chispa” de la creatividad: ¿qué pasaría si uso la pirita para decorar la cueva? Aquella pirita le permitió realizar dibujos muy sencillos, de tonalidades ocres, en las paredes de la cueva. Aquel curioso acababa de abrir la ventana al arte rupestre. Y es que aquellos dos curiosos prehistóricos fueron los motores de eso que hemos dado en llamar “civilización”.

Parafraseando La vida de Brian, ¿qué ha hecho los curiosos por nosotros? Sin duda, todo, han sido ellos los que nos han permitido que podamos disfrutar del mundo que nos rodea.