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06/04/2019 09:35 CEST | Actualizado 06/04/2019 09:35 CEST

De la margarina a la muerte

Mizina via Getty Images

A mi vecina María Dolores de la Piedad y Esperanza no le gusta la margarina ni en fotos. ”¡Nada que ver con la mantequilla de auténtica leche animal, como toca!”, dice. Yo no se lo digo pero pienso: “seamos sinceras, Mari, la leche ya no es lo que era, si no pregúntale a las vacas”. Afortunadamente en el súper venden las dos versiones y cada una cocina y unta las tostadas como le da la gana. Ambas somos de la misma generación, pero lo único que tenemos en común es el barrio en el que habitamos. Ella aún recuerda con nostalgia aquella época en la que reinaba el orden y en la tele solo había dos cadenas. Aún se le saltan las lágrimas recordando el erróneo adiós a los rombos que advertían sobre la moralidad del programa que se estaba emitiendo.

Ahora la parrilla televisiva está plagada de canales privados -a la altura de los gustos más variados- por no hablar de Netflix, HBO y demás plataformas “que llevan al espectador directamente camino al pecado y al infierno”, asegura. Ella, por supuesto, solo sigue viendo TVE1 y La2 que, lamentándose, reconoce: “Ya no son lo que eran”. Por suerte, para los demás, la caja boba, ofrece alternativas para que cada uno elija lo que quiera que le idiotice según su criterio. Todo esto viene a cuento, porque desde que ese señor bajito y con gafas se fue de este mundo, la sociedad española ha evolucionado y ha habido un profundo cambio en la política, la economía y la sociedad, un proceso de transformación y modernización que, según quién gane las elecciones, seguirá su curso o se detendrá.

Vive y deja vivir, y muere (sin molestar a los demás) de la mejor manera posible. Jamás se me ocurriría forzar a mi Mari a comer margarina.

Llegados a este punto me pregunto, por qué si yo puedo comer margarina y Mariángeles su mantequilla, y yo puedo ver Pose mientras ella se deleita con las misas de La2, y ambas estamos tan felices, sin intentar convencernos, adoctrinarnos ni molestarnos recíprocamente, a María José Carrasco se le negó ese derecho. A ella y al resto de las personas que desde una enfermedad irreversible ya no pueden ni podrán vivir sus vidas con un mínimo de placer o dignidad. Porque los que no están de acuerdo pretenden que los que pensamos diferente no podamos vivir y morir según nuestros principios, mientras ellos sí lo hacen. ¿Es que España, al igual que el ultramarinos de la esquina o las cadenas de televisión, no sigue las normas de la oferta y la demanda? Vive y deja vivir, y muere (sin molestar a los demás) de la mejor manera posible. Jamás se me ocurriría forzar a mi Mari a comer margarina.

PD: Mi vecina es imaginaria. Y en este hipermercado de libre elección, también podríamos incluir el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo... Y todas de esas cosas que molestan entre otros, a esa iglesia que quiere “curar” a los homosexuales cuando en su casa los pederastas acechan en cualquier rincón.

 

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