Discutí con una desconocida, se bajó la mascarilla y me tosió en la cara

Mi historia tiene dos versiones, como cualquier otra. No tenemos por qué perdonar el mal comportamiento de otras personas, pero tampoco tenemos por qué rebajarnos a su nivel.

En marzo, en el segundo cumpleaños de mi hija, me tosieron en la cara. Era la clase de tos que uno suelta a propósito, con la mascarilla bajada y entre insultos. Una tos que se habría viralizado si la hubiera grabado algún espectador.

Había ido con mi familia a la pastelería local para comprar unos dulces. Para mi hija Ruby, que ya ha pasado más de la mitad de su corta vida atrapada en casa por la pandemia, iba a ser un capricho inusual ir a la pastelería y elegir como una niña mayor lo que quería comer.

La tienda es muy pequeña y tiene un aforo de solo cinco personas (con mascarilla). En esos momentos, ya tenía aforo completo. Decidimos esperar, aunque fuera hacía mucho frío. Ya sabes, cuando haces planes especiales, siempre hace mal tiempo.

Después de casi 10 minutos, nadie había salido todavía de la tienda. Mi marido se dio cuenta de que los de dentro iban todos juntos: una mujer estaba pidiendo mientras otra mujer, un hombre y una adolescente paseaban dentro del pequeño establecimiento. Con la mascarilla en la barbilla, la adolescente se reía mientras se hacía una foto.

“No soy la clase de persona que va vigilando a los demás para ver si acatan las normas o no. Si quieres ser idiota, puedes serlo a dos metros de mí”

Mi hija se estaba impacientando y mi marido asomó la cabeza.

“Perdonen, ¿están en fila para pedir?”, preguntó.

“No”, respondió alguien del grupo.

“¿Les importaría esperar fuera un segundo para que podamos pasar? Hace frío y solo queremos comprarle un dulce a nuestra hija pequeña”, les dijo. Estaba claro que podían verla a través de la puerta de cristal.

Unos minutos después, salió una de las mujeres.

“¿Qué, ya estáis contentos? Podéis pasar, eh. No somos de aquí”, espetó, visiblemente molesta.

“Lo sentimos, no queríamos molestar”, le dije. “El aforo es de 5 personas y, si no están pidiendo, nos gustaría entrar”.

“¡Pues venga!”.

“No podemos, seguiríamos siendo más de cinco”, le respondió mi marido. “Y, con todos los respetos, su hija está sin mascarilla, y nosotros tenemos una niña pequeña, así que vamos a esperar”.

La mujer masculló algo sobre la gente de Nueva Jersey. En circunstancias normales, habría pensado: “Pues vale”, pero no cuando se trata de nuestros protocolos contra el coronavirus, que, te gusten o no, no están ahí para que cada uno los interprete a su gusto según cuánto crea o deje de creer en esta enfermedad.

No soy la clase de persona que va vigilando a los demás para ver si acatan las normas o no. Si quieres ser idiota, puedes serlo a dos metros de mí. Cuando te vea, pensaré que eres idiota y seguiré mi camino sin decir nada. Pero mi marido no es como yo. Le encanta tener la última palabra. Así pues, cuando todos salieron por la puerta, tuvo que soltarla.

“Espero que les haya quedado muy bien el selfi y que lo pasen muy bien en Nueva Jersey”, les dijo en lo que pensaba que sería el punto final de un altercado menor.

Una vez dentro, varios minutos después, mientras nuestra hija leía la etiqueta de cada pastel, la mujer que había pedido anteriormente entró a la pastelería hecha una furia.

“¿Habéis obligado a mi familia a marcharse? ¿¡HABÉIS AMENAZADO A MI FAMILIA!?”. El resto de su familia observaba la escena desde fuera.

Mi marido intentó quitársela de encima: “Que pase un buen día, señora”.

Por supuesto, eso no la calmó y empezó a despotricar más fuerte. Estaba chillando, cada vez más cerca de mi hija, así que me metí en medio y le propuse salir afuera a hablar para que mi marido pudiera terminar de hacer el pedido y no le cayera nada a nuestros dulces.

Qué ingenua fui.

“¡Muy bien, vamos afuera, porque te voy a partir la cara, zorra!”, me amenazó.

Evidentemente, la mujer había malinterpretado mis intenciones. En mi vida me he pegado con nadie, y mucho menos con una señora de cincuenta años a la salida de una pastelería. Sin embargo, en esa ocasión no pude agachar la cabeza y callarme sin más.

Esta vez, empecé a rugir, señalando el cartel del aforo permitido, y le pregunté qué es lo que no entendía. Le dije que era una maleducada, que los empleados de la pastelería también lo pensaban y que, a partir de ahora, me iba a dar miedo salir con mi hija de casa por si se volvía a cruzar con “personas como tú”, le dije.

En ese momento, se bajó la mascarilla y me tosió en la cara.

Yo salí corriendo.

“Ahora desearía haber calmado las aguas. Evidentemente, es mucho más fácil pensar así en frío”

El cumpleaños de mi hija se había ido al garete. Una vez en el coche, lloré, completamente conmocionada. Mi marido y yo hablamos de lo que había sucedido y por qué había sucedido. Él pensaba que yo había echado más leña al fuego al final. Yo pensaba que él había lanzado la chispa que había prendido la gasolina. La pobre Ruby solo quería su pastelito.

Durante semanas, no pude dejar de pensar en este encuentro. Varios adultos que hablan el mismo idioma y no se entendieron. Nuestro sistema de creencias había sido secuestrado por los políticos y convertido en un arma arrojadiza con motivo de la crisis sanitaria. Nunca he sido tan ingenua como para creer que las tensiones políticas no iban a llegar adonde vivo. Mi barrio a las afueras de Nueva York no es inmune a los conflictos del mundo.

Ahora mismo, todos nuestros conflictos se encuentran en un punto de inflexión: el político, el cultural, el racial, el generacional, el medioambiental y, en definitiva, todo de lo que se pueda debatir. No habría hecho falta que me tosieran encima para darme cuenta. Entonces, ¿por qué yo, después de incontables horas contrastando las noticias de diversos canales, leyendo artículos y debatiendo con personas de ambos bandos, no fui capaz de comportarme mejor en una situación de tensión real?

Creo que ya estaba harta.

Mi reacción fue una explosión emocional, puro instinto. Llevaba más de un año esforzándome para proteger a mi familia. Desde mi último viaje a un supermercado en marzo de 2020, con la crisis de histeria colectiva del inicio de la pandemia que ocasionó filas caóticas y escasez de productos, no había dejado de construir y reforzar un escudo en torno a mi familia.

Antes de dejar que mis familiares se acercaran a mis hijos, les preguntaba dónde y con quién habían estado. Había logrado convencer a mi madre para que llevara mascarilla cuando quedara con sus amigas para jugar a las cartas y había rechazado muchos más planes de los que había aceptado. Había abrazado a mi hija mayor cada vez que estaba triste por no poder hacer planes. Había sido una aguafiestas con mis amigos. Una y otra vez, había sido la mala, pero dormía muy bien sabiendo que todo lo hacía para protegernos.

En la pastelería, en cambio, no fui racional.

Hacer lo correcto no siempre te garantiza la paz mental. Bajo mis múltiples capas de armadura, me siento resentida e indignada. Estoy más enfadada de lo que creía. No solo con una mujer que fue capaz de chillarle a una niña y de toserle en la cara a una desconocida, sino también por las grandes decisiones de los líderes mundiales y las pequeñas acciones de las personas que conozco. Muchos de nosotros nos encontramos en un estado en el que podríamos estallar en cualquier momento, y reconocerlo es un paso. No debería ser excluyente con la gratitud. Puedes estar muy agradecido por tener salud y, al mismo tiempo, estar al borde de perder los estribos.

Mi historia tiene dos versiones, como cualquier otra. Como abogada, estoy entrenada para anticiparme a las respuestas de mis adversarios. Al principio, estaba obsesionada con lo que me había hecho esa mujer. Pensándolo en frío, he de decir que no estoy orgullosa de mi conducta. No quiero volver a chillarle así a ninguna otra persona en mi vida. Aunque me lo pidan mi instintos más primitivos.

Una parte de mí quiso borrar este incidente de mi memoria y agradece que nadie utilizara su móvil para grabar lo que sucedió y subirlo a internet. Sin embargo, ahora prefiero compartir esta experiencia, porque son muchas las personas que se han visto envueltas en conflictos similares. Este año ha sido muy duro para todos, y también para la mujer que me tosió en la cara.

Ahora desearía haber calmado las aguas. Ojalá hubiera mirado a esa mujer a los ojos cuando se enfadó para decirle que había sido todo un malentendido. No tenemos por qué perdonar el mal comportamiento de otras personas, pero tampoco tenemos por qué rebajarnos a su nivel.

Evidentemente, es mucho más fácil pensar así en frío. Siempre habrá cumpleaños, funerales, presentaciones de trabajo y decisiones difíciles en la vida que pueden llevar a una situación tensa. Podemos esforzarnos para hacerlo lo mejor posible, pero no simpre podremos controlar lo que sucede. Eso también lo hemos aprendido con esta pandemia.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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