BLOGS
17/01/2020 21:14 CET | Actualizado 17/01/2020 21:14 CET

El tamaño de la máquina

Confieso que el futuro de mi niñez se me ha quedado pequeño ante este presente en el que cada botón que se pulsa inicia una función inimaginada.

Imagen de la película 'Odisea en el espacio'. 

Soñábamos con coches voladores y aviones que nos subirían a la luna mientras dormíamos la siesta (algún día dejaré de pensar en Kubrik, pero ese día, espero, tardará en llegar), o con expendedores de comida que nos servirían una gelatina de chuletón sin más esfuerzo que el de apretar el botón correspondiente.

Lo de la comida hecha gelatina, espuma o aire, ya lo hemos sufrido. Por fortuna, y como tantos futuros desabridos como nos han vaticinado, semejantes ocurrencias van incorporándose, a marchas forzadas, al pasado olvidable.

Por nuestra imaginación también se paseaban las conversaciones con extraterrestres, los fines de semana en Saturno, los robots mayordomos y los rayos desintegradores de bolsillo.

Supongo que a todos los que imaginábamos, impacientes y excitados, cómo sería el futuro, nos ha ocurrido lo mismo: nos ha atropellado el presente, aún más increíble que nuestros desaforados sueños.

Internet, realidad aumentada, impresión 3D, redes sociales, cirugía a distancia, automóviles autónomos… no hay día en que los de mi quinta no nos sintamos un poco más desvalidos ante el tifón de tecnología que no amaina (con lo que nos costó comprender los cinco botones del vídeo Beta).

La última noticia que nos ha servido este mundo tecnológico, y que ElHuff ha presentado con la premura y el punto exacto de cocción que le caracteriza, nos cuenta que eminentes científicos estadounidenses han logrado crear máquinas vivas. 

Para ser exactos, lo que han pergeñado los sesudos investigadores son células programadas para cumplir una determinada misión tras ser inyectadas en un organismo vivo, ya sea atacar una infección o limpiar un tejido tocado, morir a los pocos días, disolverse y desaparecer sin dejar rastro. 

Confieso que el futuro de mi niñez se me ha quedado pequeño ante este presente en el que cada botón que se pulsa inicia una función inimaginada.

Y tales células las han obtenido de embriones de rana africana, como tan exactamente cuenta la crónica.

Mucho ha mejorado la posición de las ranas en el mundo científico desde los años en que solo servían para ser pescadas por el protagonista de Novecento, rajadas por estudiantes de instituto, con tanto sadismo como falta de interés en la materia, o desovar sin concierto si la orina inyectada anunciaba un bebé.

Por ahora, los esforzados investigadores han conseguido programar una célula, pero no han de pasar muchos años antes de que logren instruir a organismos más complejos para que lleven a cabo trabajos que hasta el más inconsciente jornalero rechazaría.

Por si acaso, algún avezado empresario ha hecho ya las tres preguntas pertinentes: ¿se constipará? ¿pedirá baja por maternidad? ¿jornada de descanso?, mientras piensa que trabajadores biodegradables suponen un ahorro en papeleos y finiquitos.

En los años sesenta tuvimos que aguantar una película, El viaje alucinante, en la que se miniaturizaba un submarino para que viajara por el torrente sanguíneo de un moribundo hasta llegar al trombo que iba a quitarlo de la lista de fumadores. Nadie se acuerda ni del sumergible ni de la trama de aquella memez. Inolvidable, sin embargo, la anatomía de Raquel Welch, uno de los tripulantes reducidos, y el buen gusto de los anticuerpos, que se limitaban a quitarle la ropa cuando la atacaban.

Nos dejó algo bueno, que fue la novela que encomendaron a Isaac Asimov (de cuya sabiduría celebramos ahora el centenario) con el fin de estirar el éxito de la película; encargo que el escritor aprovechó para poner un poco de orden en los miles de desmanes científicos que se les cayeron de los bolsillos a los guionistas.

Nadie piense que soy reacio a los avances científicos; no me inspiran ni la desconfianza que ha movido a tantos inquisidores ni el miedo que sienten quienes todo lo fían a la oración y al amuleto. 

Disfruto de cuanto los microprocesadores me pueden facilitar, especialmente de las carreras de caballos que a diario se celebran (nunca un verbo fue tan justamente empleado) en Francia, y que puedo contemplar, gracias a los satélites, sin dejar de espumar el caldo o de aliñar el estofado.

Sus máquinas vivas llegan a un mundo por el que todavía deambulan demasiados hombres muertos.

Y reconozco que debo mi poca salud a la bioquímica. No solo a la medicina, sino a lo mucho que ha mejorado la calidad del vino desde que se hace caso a los enólogos.

Pero confieso que el futuro de mi niñez se me ha quedado pequeño ante este presente en el que cada botón que se pulsa inicia una función inimaginada. Me ocurre un poco lo que al tipo que quiso presentarse en su boda vistiendo el traje de su primera comunión, guardado en el arcón con tanto mimo como naftalina.

Aunque, a diferencia de él, yo me entusiasmo ante la aventura que vivo a pesar de no poder comprenderla.

Tan solo les pido (será por pedir…) a los poseedores de tan excelente materia gris que caigan en la cuenta de que sus máquinas vivas llegan a un mundo por el que todavía deambulan demasiados hombres muertos. Ellos no son los responsables, bien lo sé, y su pretensión no es sino que avancemos como especie. 

Pero no estará de más que demos el paso atrás que, si hay tiempo, nos permitirá avanzar más clara y vigorosamente.

Ese paso que dará, definitivamente, la razón a Stephen Hawking: puede que Dios exista, pero, aunque así sea, no tiene nada que ver con nuestra vida.

 

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs