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22/02/2020 08:23 CET | Actualizado 22/02/2020 08:23 CET

El triunfo es siempre sobre uno mismo

Rebecca Nelson via Getty Images
Un padre juega a baloncesto con su hijo.

Por lo que veo a mi alrededor, existe últimamente una cierta tendencia a trasladar a los niños y niñas que practican deporte que competir no es ni necesario ni bueno (incluso que es negativo o insano) y que ganar supone una humillación para el adversario. Cuando en un partido de baloncesto de minibasket un equipo va ganando al otro por mucha diferencia, se decide dejar de anotar los puntos del que va ganando y reflejar en el acta final el resultado castrado que no incomode a los que han perdido. Por lo que me dijeron, se trata de no humillar a los niños derrotados. 

Además, a veces ocurre que incluso animar está mal visto, no vaya a ser que el equipo contrario se lo tome a la tremenda y se lleve un disgusto. O se decide no decir a los niños el resultado final, no vaya a ser que piensen que lo importante de todo sea ganar, se olviden de disfrutar… o incluso no sean capaces de percibir cuáles son los limites que deben respetarse para alcanzar la ansiada victoria. Como si una cosa implicara indefectiblemente la otra. 

En el ámbito educativo (el deporte es, desde luego, parte de la educación) parece que está ocurriendo algo parecido. No hay notas ni exámenes y se debate sobre la necesidad de que los escolares tengan deberes; y, exagerando, pronto quizás no haya ni aulas ni profesores (sino locales donde se reúnen amigos para intercambiar opiniones todas igualmente valiosas). O se decide hacer la vista gorda y evitar por todos los medios que alguien repita curso o suspenda demasiadas asignaturas. Como si aprender y después medir aquello que supuestamente has aprendido e incluso llegar a suspender sea una afrenta a tu forma de ser que te convertirá, con el pasar de los años, en un adulto frustrado. Como si ya no aprendiéramos de las derrotas personales y colectivas. Hemos pasado de un extremo a otro.

Competir es bueno y la mejor competición de todas es superarse a sí mismo, ya que el triunfo es siempre sobre uno mismo

Quizás nos estemos pasando de castaño oscuro. Competir es bueno y la mejor competición de todas es superarse a sí mismo, ya que el triunfo es siempre sobre uno mismo. En cuanto el niño salta al campo de juego del deporte que sea, se trata de hacer las cosas lo mejor posible y tratar de ganar el partido al adversario. Es, sobre todo, una actividad de superación personal y colectiva. En un partido de baloncesto, tratar de que a uno no le metan canasta y, cuando ataca, que el balón entre por el aro. Cosas sencillas que se entienden fácilmente. Otra cosa terminaría siendo algo soporífero.

La típica pachanga que todos hemos sufrido antes de las cervezas. Si no se gana, no pasa nada, sobre todo si se esfuerza cuanto puede y pone toda la carne en el asador. No hay humillación en la derrota propia… y tampoco en la derrota del adversario. Uno gana y otro pierde. Y está muy bien que los espectadores animosos insuflemos ánimos y fuerza a nuestros jabatos (obviamente, guardando las formas y la educación, lo que no siempre ocurre), de modo que estos vean que nos involucramos también en sus quehaceres deportivos. 

Obviamente, se trata de ganar cumpliendo las normas, sin trampas ni malas artes y, en todo caso, respetando al adversario. Cualquier tipo de mala arte, burla u ofensa al contrario debe ser drásticamente penalizada. Y censurando cualquier conato incendiario, irrespetuoso o chulesco y, no digamos ya insultos racistas o machistas. Hay que saber perder pero sobre todo saber ganar, lo cual suele ser más difícil. Y, más que ganar, superarse a uno mismo, es decir, que la evolución del tiempo y de los acontecimientos evidencie una mejoría paulatina, como en la vida misma. Ese es el mayor éxito posible. Y, a la finalización del partido, se gane o se pierda, saludar educadamente a los contrincantes.

Gracias a nuestros contrincantes, nosotros somos mejores. Más aún, sin ellos ni siquiera habría partido y no sabríamos, por tanto, cuánto somos capaces de dar

Gracias a ellos, nosotros somos mejores. Más aún, sin ellos ni siquiera habría partido y no sabríamos, por tanto, cuánto somos capaces de dar. Pero no hay humillación alguna en que uno gane y otro pierda, ni veo que haya que prohibir ver el resultado cuantitativo al final del partido, ni que haya que bajar los brazos para que la victoria sea por menos margen, ni que haya que maquillar el resultado final para que ningún niño se lleve un berrinche (que, además, no debería, si hizo todo lo que pudo). 

A los niños y a los mayores debemos enseñarles (deben enseñarnos) espíritu deportivo, capacidad de superación y saber estar. Ya lo dijo Montaigne: “El verdadero vencer tiene como misión el combate, no la salvación; y el honor del valor consiste en combatir, no en batir”. Es decir, que hay que darlo todo… y que gane el mejor.