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05/05/2019 11:38 CEST | Actualizado 05/05/2019 11:38 CEST

'El último rinoceronte blanco', sabor en la mirada, imágenes en la boca

Vuelve Carlota Ferrer a los Teatros del Canal con José Manuel Mora , su autor de cabecera con el que forma el tándem de Draft Inn. Lo hacen con una obra llamada El último rinoceronte blanco, versión libre de El pequeño Eyolf de Henrik Ibsen. Y con ellos llega, de nuevo, una banal polémica teatral. Entre los que denostan la propuesta, en esta opción predominan los chicos, y las que la adoran, en esta opción predominan las chicas. Quizás porque el teatro de esta directora se confunde con teatro de temática femenina, para chicas. ¿Es así?

Veamos primero la historia. Un escritor vuelve a casa ante la imposibilidad de escribir su gran proyecto, un libro sobre la responsabilidad. Su esposa, la que con su economía mantiene la casa y el proyecto de su esposo, le espera con ansia (sexual). Su hijo parapléjico, que se sintió abandonado cuando se fue su padre, se ha acostumbrado a vivir sin él y se ha hecho ecologista asumiendo como propia la defensa de la supervivencia del último rinoceronte blanco. Su hermana, que también vive con ellos, quiere ser madre y ante la imposibilidad de encontrar al hombre con el que tener hijos congela sus óvulos.  Como convidado de piedra hay un inversor, un capitalista, que trata de desarrollar el turismo en la zona y que ve a la hermana como posible compañera vital. También hay una bruja que se lleva a los niños, encarnada por Verónica Forqué, papel en el que está de antología, tanto que solo por verla merecería la pena ir al teatro.

Seguramente que la obra hable de la maternidad, el deseo de ser madre, el deseo sexual de una mujer que también es madre, cómo la mujer vive la relación amorosa con un hombre, el no encontrar el hombre con el que procrear,  y otros temas candentes que se tratan en la obra, son las que le dan a la mirada a la crítica, los profesionales y el público en general ese sesgo femenino y/o feminista que a algunos espectadores tanto les chirría.

Pero también se tratan temas como la paternidad, su responsabilidad, el amor de un hombre por una mujer, el deseo masculino, la pesada carga de la sexualidad masculina (con automutilación de pene incluida), el refugio de los hombres en el trabajo (ya sea escribir un novelón o montar una empresa), o cómo y para qué ejercen los hombres el cuidado de los otros. Temas en el que es el hombre el centro de interés, pero que al ser tratados en igualdad de condiciones desde la perspectiva de una directora, seguramente ahonden más en esa sensación de teatro femenino/feminista.

Si a eso se añade la intensidad con la que algunos personajes hablan sobre lo que les pasa y las palabras grandilocuentes que usan o la grandilocuencia con la que las dicen, se podría entender a los que han rechazado el montaje. En este caso Julia de Castro, en el papel de Magda, la madre, se lleva la palma al decir y hacer como si fuera un personaje de una película melodramática. Que si bien es cierto sirven para hacer unas imágenes impactantes, pamela incluida, produce una sensación de impostura en el tono radicalmente contemporáneo de la obra y en el contexto en el que se desenvuelven sus personajes. Una casa de posibles en un frío fiordo noruego.

Un escritor vuelve a casa ante la imposibilidad de escribir su gran proyecto, un libro sobre la responsabilidad. Su esposa, la que con su economía mantiene la casa y el proyecto de su esposo, le espera con ansia (sexual)...

Quizás todo lo anterior haga pensar al lector que la obra no le merece la pena. Sin embargo, falta por nombrar un componente muy importante. Ese componente es la dirección de Carlota Ferrer, de su (a)puesta en escena. Fiel a una poética que va creando poco a poco en cada uno de sus espectáculos en los que la poesía, la belleza, la música, la danza y el arte se funden para crear una experiencia sensorial antes que racional. Atrapar al espectador por el sentimiento que la pieza le produce. Ya sea una nota musical, una imagen como la María Magdalena de Francesco Hayez, un dibujo, un color, un plástico volado al viento en semioscuridad que se convierte en un río revuelto, un rinoceronte hinchable que es una hermosa recreación de la poética del escultor Paul McCarthy.

Serán los espectadores y espectadoras que sepan apreciar esta forma de contar los que disfrutarán de la obra. Una obra no tan bien cosida como otras de esta pareja, pero llena de imaginación, es decir, de imágenes, para hablar de cómo nos amamos y para qué nos amamos los unos a los otros. Las necesidades reales y ficticias que nos (con)mueven a hacer, a decir, a vivir de una determinada manera con los otros, incluso con la ausencia de los otros. Dejando un sabor melancólico en la mirada y una imagen de amargura y sal en la boca. Ese tipo de sensaciones que calan en el público abierto a la propuesta, como la lluvia, y les hace pensar que el teatro, el que les gusta porque les habla, es ese refugio donde poder disfrutar de una ficción, una mentira, en este caso muy marcada como construcción artificial y artificiosa, que les muestra una verdad poética.

 

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