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07/01/2020 07:36 CET | Actualizado 07/01/2020 07:36 CET

Entretiempo

Eloi_Omella via Getty Images

El día 1 de enero amaneció temprano, como de costumbre, pero la coincidencia del inicio del día con el comienzo del año envuelto por la tranquila soledad de tanto amanecer, me hizo sentir que aquello que empezaba tenía que hacerlo de manera especial. Y por primera vez en todos mis años decidí que comenzara bajo la lectura de un poema que, por eso del 2020, estuviera recogido en la página 20 de un poemario.

Elegir el libro fue fácil, quería que fuera de mi admirado y querido Luis García Montero, y su A puerta cerrada estaba cerca, justo a mi lado, por esa necesidad de volver a las palabras con eco cuando el día abre sus momentos y los llena de silencios propios.

De manera que tomé el poemario y lo abrí por la página 20, pero al hacerlo comprobé que no había poema en ella, que los versos venían del que comenzaba en la página 19, lo cual hizo detenerme brevemente ante lo que parecía ser un deseo frustrado. Sin embargo, supuso la mejor metáfora para el momento, y además en sentido doble.

El poema que empezaba en la página 19 y continúa en la 20 refleja el tránsito entre el año 2019 y el 2020, pero, además, el azar ha querido que su título sea Entretiempo, como si sus versos quisieran subrayar ese instante que trasciende del día y los años, y se sitúa en la esencia de una transformación profunda capaz de separar la historia y la vida, como los mares separaron un día los continentes o los silencios alejan los sueños.

Todo lo que habla Luis en su poema parece haber estado escrito para que un día alguien comenzara el año elevando a plegaria sus versos; que dicen así:

 

En contra de mi cuerpo, 

de su pasado y sus razones, 

la historia me devuelve 

al reto de vivir 

como en una segunda adolescencia.

 

Vuelvo a temer aquello que deseo, 

otro lujo encantado en esta parte 

de mis horas tardías. No necesito el mundo 

que discute y se ama y se desborda 

con sus reglas ajenas 

en el piso de abajo.

 

Quiero mi habitación, aunque la casa 

sea un árbol enfermo. Aquí están la memoria 

de haber sido, los años de ilusiones, 

la lluvia del sendero en cada libro 

que guardo todavía y la ventana 

sobre aquella ciudad que sólo existe 

doblada con mi ropa.

 

En la ciudad de hoy 

reconozco los pasos 

de la ambición, el éxito, la angustia, 

la lealtad, las traiciones 

y los amaneceres conjurados, 

pero ya no se anotan 

en mi suma de pérdidas o aciertos.

 

Es un saldo difícil, bien lo sé. 

Después de haber cerrado la contabilidad, 

no me siento conforme en la renuncia.

 

Por eso voy al mundo, 

hablo, niego, maldigo, bebo más de la cuenta, 

asumo la impaciente brevedad 

de los que están quemándose las manos 

con este nuevo sol y con esta luna más joven…

 

y huyo del espejo de los bares, 

porque si llego a verme por descuido 

al entrar o salir, 

me reconozco 

más descreído de lo conveniente 

para unas camisas de colores 

que no conjuntan con la sombra.

 

El Gótico no acaba de morir, 

ni despunta la luz en el Renacimiento. 

Una vez más cabalgo por un otoño idiota.

 

Todo tiene que ver, 

aunque las velas de los cumpleaños, 

la música que suena 

y los nuevos actores 

insistan en decirme 

que no estamos hablando de política.

 

Nada tiene que ver. 

Da igual viajar o estarse quieto. 

Se trata de sentirse conmovido, 

de vivir fatigado.

 

El futuro nos necesita con todo nuestro pasado, de eso se trata el presente, y todo es uno en cada persona. Quienes juegan a romper el tiempo no quieren que cambie, sólo que pase; lo mismo que quienes dividen la política entre los diferentes escenarios para que no sea en ninguno, y de ese modo utilizar los elementos informales disponibles sólo para aquellos que se mueven entre posiciones de poder, y así negar la realidad en lugar de afirmar el compromiso para transformarla.

Este año ha comenzado de una manera diferente, la metáfora del azar y el sueño de la poesía han querido que el compromiso sea “entretiempo” y “entre todas las personas” que creen que los días no son el destino inevitable de la frustración.

El próximo año comenzará con un poema escrito en la página 21 de uno de los eternos poemarios de Joan Margarit, que seguro también estará cerca de mi.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.