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18/04/2021 10:26 CEST

Javier Giner: “Llevo instalado el radar yonqui, porque he sido yonqui”

El guionista relata en 'Yo, adicto' su descenso a los infiernos del alcohol y la droga, y cómo salió de ahí: "La alegría de mi madre es haber visto que me he recuperado".

YAGO PARTAL/PAIDÓS
Javier Giner, autor de 'Yo, adicto'.

El lunes 12 de abril, a las cinco de la tarde, el guionista y director Javier Giner está “bizca”, agotado de dar entrevistas por Zoom desde las nueve de la mañana. Da sorbos de vez en cuando a un refresco y se enciende un cigarrillo al terminar la conversación porque “hija mía, ya no follo, ya no bebo, ya no me drogo… algo me tiene que quedar”, dice.

Giner lleva más de doce años sin consumir alcohol ni cocaína, desde que en 2009 decidió entrar por su propio pie en un centro de desintoxicación. Nadie antes en su entorno había sabido ver que tenía una enfermedad, ni siquiera los psicólogos que lo atendieron. Tampoco él quería darse cuenta, hasta que un fin de semana tuvo que llamar a su madre para que pagara la cuenta del hostal, la cocaína y los prostitutos que él había contratado, y para que lo sacara de aquel callejón sin salida. Ese mismo día, Javier Giner llamó a la clínica.

Ahora, el guionista publica Yo, adicto (Paidós), un libro en el que narra su descenso a los infiernos y su largo proceso de curación. Giner no compra discursos como el de Miguel Bosé; no cree que se pueda dejar atrás una toxicomanía de un día para otro y sin recurrir a nadie. Si por algo ha escrito su libro es para convencer a la gente de que pida ayuda, porque solo no se sale. Ahora que tiene el “radar yonqui” activado, es capaz de ver la cantidad de adicción que hay en nuestra sociedad, aunque pase desapercibida. 

En el libro recalcas que la adicción es una enfermedad, y que nadie elige estar enfermo. Pero, ¿cualquiera puede hacerse adicto?

Sí. Yo lo comparo con una ruleta rusa. Vivimos en una sociedad adicta; todos tenemos rasgos adictivos de lo que podría considerarse una personalidad adictiva. La emocionalidad de los adictos, que se conoce con el término de malestar adictivo, no se diferencia tanto de muchas de las cosas que le ocurren a las personas funcionales que no atraviesan una adicción, como baja autoestima, baja tolerancia a la frustración, gestión emocional deficiente, no saber vincularse, creación de ideales y exigencias no realistas… Cualquier persona puede caer en la adicción.

Yo uso una comparación un poco friki. Es como la película de La invasión de los ultracuerpos; todos en un momento dado podemos ser poseídos por la adicción, incluso de la manera más absurda posible. Evidentemente, cada uno tiene una historia personal, un contexto, una biografía… pero hay muchísimo que nos une a todos los adictos, y todo tiene que ver con un tema emocional del que cualquier persona debe aprender a responsabilizarse en su vida.

Un adicto no es una persona que consume. Es decir, consumir no te convierte en adicto; adicto es alguien que utiliza las sustancias para cambiar un estado de ánimo que es incapaz de soportar por mil razones que pueden ser psicológicas, emocionales o ambientales y, además, es una persona que, incluso comprobando lo nocivo del uso de sustancias adictivas, no puede parar de consumir. Eso es la adicción. Yo no hice cosas muy distintas a las que han podido hacer miles de jóvenes cada fin de semana. No me fui a Colombia ni formé parte del narcotráfico… Yo vivía en Madrid, salía y me drogaba, como lo hacen miles de jóvenes cada fin de semana. Pero a mí me tocó.

Vivía en Madrid, salía y me drogaba, como hacen miles de jóvenes

Por lo que cuentas, a la gente de tu entorno y a ti mismo os costó comprender que lo que tenías era una enfermedad, y no una costumbre social de fin de semana.

Claro, porque vivimos en una sociedad adicta, y la adicción está mucho más normalizada de lo que pensamos. Ahora llevo instalado el radar gay, porque soy gay, y el radar yonqui, porque he sido yonqui. Ahora me doy cuenta de toda la adicción que hay en la sociedad, porque detecto los problemas de consumo a kilómetros de distancia. Porque lo sé, porque lo he atravesado. Pero cuando daba los primeros pasos que me llevarían precipicio abajo, los mensajes que recibía de mi entorno eran que tenía mal beber, o que me sentaba mal el alcohol, o que se me iba la pinza. ‘¡Cómo te pasaste ayer, que fíjate lo que hiciste!’, me decían. No estamos entrenados, no tenemos las herramientas, para detectar que ahí había un problema de adicción, porque no se habla abiertamente de la adicción, no se habla de ella con rigor u honestidad, ni se explica lo que es como una enfermedad más. Igual que te dicen ‘ten cuidado al hacer crossfit, porque te puedes romper un ligamento’, nadie te explica exactamente en qué consiste la adicción. Así que nuestra reacción a eso es mirar hacia otro lado. 

Lo que el mundo identifica con la adicción son sus ejemplos más extremos y devastadores. Alcohólico no es solamente la persona que se levanta por las mañanas y se mete una botella de vodka entre pecho y espalda. Antes de llegar a eso, yo he sido alcohólico y jamás he hecho eso. Es más, era alcohólico y estaba días sin beber. Pero en el momento en el que empezaba, no había fin. Hasta que no me tumbaba, no paraba. Y eso es alcoholismo también.

Reconocemos muy fácilmente los estereotipos, si vemos a una persona tumbada en un cajero con una jeringuilla en el cuello o si de repente nos pilla por la calle un señor sin dientes. Pero antes de todo eso, hay muchísimas más cosas. 

Era alcohólico y estaba días sin beber. Pero cuando empezaba, no había fin. Hasta que no me tumbaba, no paraba

En tu caso, no supieron verlo ni siquiera los primeros profesionales a los que acudiste. Eso ya me parece más grave.

Sí, sí, eso es fuerte. Pero ocurre también en otros ámbitos. Mira los jueces en los casos de violencia de género. Todas las asociaciones feministas están planteando, con toda la razón del mundo, que los jueces necesitan ser instruidos en una perspectiva de género para poder juzgar esto bien. El otro día escuché al fiscal del caso Nevenka decir unas barbaridades… y esa persona era un profesional. 

Incluso para los profesionales, si no están especializados en el terreno de la toxicomanía o de la adicción, es difícil identificarlo. A mí se me diagnosticó con un trastorno de ansiedad generalizado y un trastorno de control de los impulsos. A mí nadie me dijo: ‘Tú tienes un problema de adicción’. Me ingresé por mi propio pie porque veía que cualquier cosa que hacía no era suficiente.

A mí nadie me dijo: ‘Tienes un problema de adicción’

He leído que no te gustó nada el discurso de Miguel Bosé en su entrevista con Jordi Évole este domingo. ¿Por qué?

Me molestó porque me pareció una actitud muy prepotente y muy egoísta. Y, sobre todo, me pareció un relato profundamente falso. En boca de un cuñao de tasca, habría dicho: ‘Bueno, chico, no das pa’ más’. Pero si es verdad que has pasado 20 años consumiendo dos gramos diarios, estamos hablando de una toxicomanía grave, de una enfermedad desarrollada. Eso no desaparece de la noche a la mañana, ni de esa forma tan épica, subiendo a un escenario. Dejar atrás una toxicomanía no es como cambiarse de jersey. Implica muchísimo más esfuerzo, sufrimiento y dolor del que él [Miguel Bosé] estaba dispuesto a admitir en la entrevista. Y, sobre todo, lo que implica es ayuda.

Ahora mismo estamos viviendo unos momentos muy importantes como sociedad. Si hay algo que intento decir en el libro es: ‘No tengas vergüenza en pedir ayuda, no somos superhéroes’. La realidad es que somos vulnerables, y hay muchos momentos en los que nos equivocamos profundamente, y no pasa nada. Yo no soy ejemplo de nada, pero por lo que he vivido, sólo hay dos reglas fundamentales en esto: la abstinencia y pedir ayuda, y esas dos cosas van unidas. Es imposible mantener la abstinencia si no tienes ayuda.  

Lo que dijo Miguel Bosé de que él había salido de todo esto sin ayuda, porque todo es fuerza mental… Para un adicto como yo he sido, y conociendo miles de profesionales y de casos como el mío, me parece una aberración y una irresponsabilidad tremenda que cuente ese cuento chino en televisión en un programa de máxima audiencia. Me parece genial que visibilice este problema, pero, tío, si vas a hablar de eso, hazlo con rigor, con empatía y con generosidad. Ser un superhéroe presuntuoso no ayuda a nadie. 

Lo que dijo Miguel Bosé de que él había salido de todo esto sin ayuda me parece una aberración y una irresponsabilidad tremenda

¿Es más habitual, o más fácil, que la adicción se dé en ciertos entornos modernos, creativos, o incluso LGTBI? 

La adicción es una enfermedad absolutamente transversal, no conoce de razas, ni de clases, ni de orientación sexual. En la clínica, yo era el único abiertamente homosexual. Estuve ahí tres meses, pasaron ciento y pico personas, y el único homosexual era yo. Había gente de clase muy alta y gente de clase muy baja. Tampoco es de listos ni de tontos. 

El primero que creía a pies juntillas ese prejuicio era yo. Cuando entré en la clínica, también pensaba que la adicción era patrimonio del mundo del espectáculo, que me iba a encontrar a Lou Reed, a Patti Smith, a Lindsay Lohan, a Amy Winehouse y a Philip Seymour Hoffman, y que eso iba a ser un campamento psicótico de artistas. Pero la realidad me da un sopapo en la cara. Allí no había una sola persona del mundo creativo urbanita, o hipster. Había personas de todos los ambientes, desde pediatras hasta mecánicos, hasta gente que regenta una tienda de ultramarinos en un pueblo de 300 personas. Lo que pasa es que estas historias son menos llamativas para los medios de comunicación, y nadie habla de ellas. 

Cuando entré en la clínica pensé que eso iba a ser un campamento psicótico de artistas

Tú mismo cuentas que al principio fuiste a una reunión de Alcohólicos Anónimos y saliste espantado porque te pareció que no tenías nada que ver con esas personas.  

Los toxicómanos somos expertos en la mentira, somos grandísimos manipuladores, no porque deseemos serlo, sino porque la enfermedad nos convierte en ello. Y, además, tenemos una capacidad de autoengaño infinita.

Yo asistí a Alcohólicos Anónimos y dije: ‘Uy, no, no, no, yo no soy como ellos, esta gente tiene mogollón de problemas’. Es la negación. Porque te da vergüenza pedir ayuda, porque te han enseñado que hay que ser superpoderoso, que no hay espacio para la vulnerabilidad, para decir: ‘Tengo un problema’. Mejor que no se sepa, que no se note. Dar ese paso toma o mucha valentía o, como fue mi caso, mucha desesperación. Llegas a un punto en el que tocas fondo de tal manera que sabes que, o sales de ahí, o te hundes ya para siempre.

En el libro narras ese episodio, ese punto de inflexión en el que interviene tu madre, cuando le toca pagar los 800 euros que has gastado en cocaína y prostitutos. ¿Cómo se repara esa relación y esa confianza con una madre?

He sido incapaz de verbalizar ese episodio durante muchísimo tiempo. Hasta la publicación del libro, ese episodio sólo se lo había contado a mis terapeutas, ni siquiera a las parejas que he tenido en estos últimos 12 años. Para mí fue un momento desolador a niveles traumáticos. 

Evidentemente, lo primero que hice para reparar eso fue pedir disculpas una, mil y tres mil veces. Mi madre no necesitaba que se las pidiera, lo más importante para ella era que yo consiguiera superar lo que ella había tenido que presenciar, y que ninguna madre debería vivir. Y luego todo fue muy poco a poco, igual que el proceso de desintoxicación. Es un proceso muy largo de hablar mucho, de acercarse, de mostrarse, de apoyarse mucho, de vincularse desde un lugar mucho más sano. Gracias a mucho trabajo y a mucho esfuerzo, mi madre y yo ahora tenemos una relación extraordinaria. Yo sé, porque ella me lo ha dicho, que la alegría de su vida es haber podido ver que me he recuperado. 

La alegría de mi madre es haber podido ver que me he recuperado

Imagino que no ha sido fácil ‘desnudarse’ de esta manera en un libro que iban a leer miles de personas. 

La primera vez que fui consciente de que miles de personas iban a leer mi historia personal fue cuando terminé la primera versión y me puse a corregir. De repente pensé: ‘¿Qué cojones has escrito, tío?’. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. 

Tenía muy claro a quién iba dirigido este libro: a una persona como yo, o que estuviese atravesando algo como yo, o que fuese un familiar. Por eso quise hacerlo con total libertad, a tumba abierta, sin censura. No podía escribir un libro diciendo a la gente ‘no tengas vergüenza, pide ayuda’ siendo yo el primero que tenía vergüenza. De alguna manera, consideraba muy necesario mostrarles también hasta dónde había llegado yo para que se sintiesen en un lugar seguro, para que sintieran que la persona que les hablaba era uno como ellos. Esa fuerza de grupo, de comunidad terapéutica y de poder reconocerse en el otro, elimina el hecho de sentirte tan solo, tan monstruoso, de preguntarte qué te pasa a ti, por qué eres defectuoso. No podía escribir un libro sobre mi proceso de desintoxicación para quedar bien, porque no sería real.