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06/11/2020 11:14 CET | Actualizado 06/11/2020 11:14 CET

'Iewduh': Una joya del Asian Film Festival Barcelona

Existen películas que reconcilian con el mundo; películas que, en tiempos de incertidumbre, parecen más reales que la vida misma.

Existen películas que reconcilian con el mundo; películas que, en tiempos de incertidumbre, parecen más reales que la vida misma; películas sin las que el día a día tendría menos color, menos sabor y peor argumento. Iewduh (Market, 2019), de Pradip Kurbah, es de esa clase de cintas. Presentada en la sección ‘Discoveries’ (Descubrimientos) del Asian Film Festival de Barcelona, Iewduh (Market) es un canto a la humanidad en tono documental, grabado por un director autodidacta como Kurbah.

No es su primera película, por supuesto, antes rodó otros dos dramas como RI: Homeland of Uncertainty (2013) y Onaatah: Of the Earth (2016); sin embargo, su formación cinematográfica se basó sencillamente en observar y aprender, la misma estrategia pedagógica que parece aplicar a la concepción fílmica de toda su obra.

Ambientada en Shillong, la capital de Megalaya, en su interior se erige uno de los mayores mercados de la zona, el Iewduh, un laberinto poliédrico de dramas cotidianos donde cada comerciante lucha por sobrevivir con la dignidad que todo ser humano merece.

El protagonista, amén del propio Iewduh, es Mike (Albert Mawrie), el encargado de los urinarios públicos del mercado, el único que, pase lo que pase, tiene su comercio siempre abierto. Tanto si llueve como si fulgura un sol de justicia, Mike siempre está a la puerta de los aseos, dispuesto a entregarse en cuerpo y alma a su quehacer.

A pesar de la humildad de su labor, y también de su origen (apareció en el mercado cuando todavía era un niño, desconociéndose su procedencia y también su familia), Mike es feliz. Y lo es porque su vida está consagrada al reducido mundo que le rodea. Ha acogido a un joven llamado Hep (Denver Pariat), a quien desea alejar de su pasado de drogadicción, ofreciéndole un futuro y, sobre todo, un presente; también está a cargo de Lamare (Richard Kharpuri), un anciano con demencia que un día fue abandonado en las calles del mercado. Finalmente, Mike es el único hombro en el que se sostiene la malaventurada Priya (Baia Marbaniang), cuyo marido alcohólico hace de su vida un infierno de maltratos y dolor.

Mientras la apocada vida de estas almas intenta labrarse un camino, Mike sueña con Corrina, una imagen vívida que aparece en sus sueños de forma recurrente. En ellos, Mike observa a una mujer que baila en el interior de Iewduh mientras un niño pequeño da palmas. Después de años con el mismo sueño, es consciente de que el día que ve a Corrina, gana la apuesta de diez rupias que juega a la lotería.

Y si de noche Mike sueña con una desconocida, durante el día fabula con conseguir el amor de Edwina (Lapynhun Sun), una vendedora ambulante de té a quien no se atreve a confesar su amor. Porque, si algo destaca en el guion de Paulami Duttagupta, Lionel Fernandes y el propio Kurbah es que Mike, a pesar de su rol protagónico, se mantiene en un perfil de absoluta observación. En ocasiones cómplice y responsable, otras simplemente testimonial.

Cada noche Mike abre la ventana de su vivienda y el aire de Shillong llega cargado de aromas del mercado y de los gritos de Priya, su maltraída amiga; a pesar de que todos los personajes tienen su redención, Priya, como mujer, es consciente de ser el sur de todos los nortes. Su resistencia, confundida con fortaleza, hace de ella un personaje trágico que Pradip Kurbah retrata con toda gravedad.

Sus planos generales con la cámara inmóvil, asumiendo la perspectiva del propio mercado, y los recurrentes planos medios que nos adentran en el embrollado mundo de Iewduh nos dan la pauta de una película sin ninguna intencionalidad documental, pero mucho más profunda que una ficción sin resonancias ni memoria. Cada personaje, cada circunstancia y cada realidad expuesta han sido conformados con jirones de seres humanos reales del propio mercado de Iewduh.

El propio director tuvo al equipo trabajando en sus recodos durante dos meses, para que los veintiún días de rodaje extrajeran toda la frescura y la espontaneidad de un mercado acostumbrado ya a las cámaras y a los actores.

Todo un lujo de acercamiento a un mundo ajeno a los circuitos comerciales (leitmotiv del propio Asian Film Festival Barcelona) y que nos adentra en aquellos lugares ignotos que, sin embargo, hablan mejor de nosotros que nosotros mismos. Una joya.