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11/02/2021 07:21 CET | Actualizado 11/02/2021 10:26 CET

Ismael, el cantante que alzó la voz

La casa de Ismael Peña Poza alberga un impresionante conjunto de más de un millar de instrumentos de música, 2.000 juguetes, 600 trajes o 500 bordados.

Ha pasado la mañana pendiente de una gotera en el tejado porque vive rodeado de objetos centenarios, piezas históricas que desde hace medio siglo ha ido encontrando aquí y allá. La casa de Ismael Peña Poza, Ismael, el fundador de la inolvidable La Banda del Mirlitón, alberga un impresionante conjunto de más de un millar de instrumentos de música, 2.000 juguetes, 600 trajes o 500 bordados además de centenares de utensilios procedentes del mundo rural. Sin olvidar un singular grupo de botijos pintados por artistas como Dalí, Sempere, Viola o Barjola.

El músico inició esta impresionante labor etnográfica, de la que se han nacido ya dos museos, uno de marionetas en Cádiz y otro de alfarería en Navalcarnero, en los setenta, cuando, tras vivir casi una década en París, canciones como ¿Dónde vas, carpintero? o Alondra le habían hecho popular en España.

Para llegar a Francia en 1960 se valió de la Tuna de Veterinaria de Madrid que le pidió que los acompañara a unos recitales en Niza. Los tunos regresaron pero Ismael se quedó cantando en los cafés de la ciudad hasta que reunió el dinero suficiente para viajar a París. Allí se instaló con el pintor Eduardo Arroyo. Pocas semanas después, conseguía sus primeros contratos para cantar. Sin dejar de estar atento a la lluvia, se zambulle en sus recuerdos:

“Hubo momentos buenos y otros malosAprendí muchísimo folklore de América Latina pero también descubrí el trabajo de los vihuelistas del siglo XVI. Encontré las partituras y me las aprendí. Fui a una discográfica especializada en música culta. En 1963 publicaron el disco Canciones de España/Canciones del rey, con el que obtuve el premio de la Académie Charles Cros, el mayor galardón al que podía aspirar una grabación. Gracias a ese reconocimiento, empecé a trabajar en Juventudes Musicales, una empresa que luego se extendió por varios países. Estuve cuatro años con ellos de gira por Francia y Suiza. Interpretaba un repertorio popular español de los siglos XV y XVI con un éxito enorme. Hubo meses que hice hasta 34 recitales, todo muy bien organizado. Cuando llegabas a un sitio tenías tu hotel, tu restaurante y una persona que te acompañaba. También conseguí un contrato con el Club Méditerranée, que tenía instalaciones en todo el mundo. Pasaba el invierno con las Juventudes y los veranos en Grecia o cualquier sitio gracias al Club”.

A finales de la década, sin embargo, comienza a sentir el peso de la nostalgia. Sus padres han envejecido. Las cosas en España habían experimentado una cierta mejoría. Quizás era el momento de volver. 

“Me había vivir en Francia los momentos finales del existencialismo con Sartre, con Juliette Greco o Aznavour. Mayo del 68, sin embargo, supuso un corte con todo lo anterior. Francia perdió influencia cultural en beneficio de Estados Unidos, Italia o Inglaterra. Volví a Madrid, al principio sólo para una temporada. Me contrataron para hacer un disco en Penélope, un sello que había montado Manuel Alejandro, Ismael en España, en el que ponía música a poetas como Gerardo Diego, Pablo Neruda o Manuel Alcántara. Se presentó en el Teatro Lara con Vicente Aleixandre, García Nieto o Celaya entre el público.

Las excelentes críticas que reciben el disco y sus conciertos anima a la compañía EMI a contratarlo con la idea de publicar varios discos con canciones propias pero mientras algunos creían que la dictadura empezaba a debilitarse, la censura seguía haciendo de las suyas. 

Los censores no querían dejar pasar Cuestión de piel porque les parecía que describía una ruptura entre homosexuales, algo que a mí ni me había pasado por la cabeza. Tuvimos que incorporarle unos llantos al final para que se viera que se trataba de una pareja heterosexual. Tampoco les gustaba una canción que era de Juan de la Encina y la prohibieron, era increíble. Mientras lo arreglábamos, se me ocurrió proponer a la discográfica que sacara ¿Dónde vas, carpintero? Fue un gran éxito”.

Gloria Fuertes había escrito la letra de esa canción. Se habían conocido antes de que él se marchara a Francia y siguieron colaborando juntos. Fueron amigos toda la vida, tanto que, a su muerte, la escritora legó sus objetos personales al músico.

Para su segundo disco con EMI, Ismael quiso trabajar con la obra de Miguel Hernández. El director de la compañía no acababa de ver claro el proyecto pero acabó dando el visto bueno de mala gana por la insistencia del artista.

“Cuando aceptaron, me llamaron para anunciarme que ponían a mi disposición dos billetes de avión para ir a grabar, uno para mí y ‘otro para  don Miguel Hernández’. Aquello me pareció lo último. Corté con ellos y firmé con CBS, que acababa de establecerse en España. Me llevaba muy bien con Tomás Muñoz, el director, pero siempre surgen problemas con la promoción. Grabé dos discos, Alzo la voz y Como un olivo. Guardo buenos recuerdos de esa etapa. Evidentemente, no hacía una música como la de Las Grecas, que también pertenecían al sello y que esos años eran número uno, mi trabajo era más minoritario. Lo normal era que la casa se volcara con ellas”.

Por aquella época, Ismael se asomaba cada fin de semana a la pequeña pantalla acompañado de La Banda del Mirlitón para animar a los niños a conocer la tradición musical española. Nada más terminar de grabar el programa, Ismael se echaba a la carretera para localizar bandas e intérpretes a los que llevar a Televisión Española.

Recorrí España varias veces buscando la tradición pura, la que entroncaba con los años anteriores a la guerra civil, antes de que los grupos de la Sección Femenina los incorporaran a sus repertorios. Lo terrible es que todas aquellas grabaciones se perdieron, al parecer en TVE reutilizaron esas cintas después y las borraron. Era un material de un valor histórico inmenso y ya no existe”. 

En esos viajes nació su afán por conservar vestigios de nuestro pasado. Todo lo ha comprado de su bolsillo, sin ningún tipo de ayuda oficial. Tampoco ha sentido el  aprecio de la administración. En la actualidad, negocia con Francia la posibilidad de que acoja un legado que, de alguna manera, devuelve a Ismael a los años de su infancia, en un pequeño pueblo en el que ni siquiera había luz eléctrica. Su madre era la maestra. Allí aprendió por su cuenta, sin recibir ninguna enseñanza, a tocar la guitarra y el laúd.

“Sigo componiendo, pero poco. Me ha interesado más la tradición popular, los orígenes de la cultura en España pero no renuncio a la música. Una de las sensaciones que puedo seguir teniendo es escuchar una página de Bach o la voz de un tenor. Me acompaña siempre, en cualquier momento. Sin ninguna exigencia. Yo alcé la voz en una época. Ahora es otra,  son otros los que deben alzarla”. 

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