‘La casa de los espíritus’, la fuerza teatral de un best-seller que fue un blockbuster

Un obra hecha por y para el público, que llega ahora al Teatro Español.
Una escena de 'La casa de los espíritus' en el Teatro Español.
Una escena de 'La casa de los espíritus' en el Teatro Español.

Existe una tendencia actual, al menos en el panorama del teatro español, de adaptar novelas a los escenarios. Siguiendo esa tendencia, llega ahora al Teatro Español la versión teatral de un best-seller escrito por Isabel Allende. Se trata de su libro La casa de los espíritus. La historia del nacimiento, crecimiento y muerte de una peculiar familia chilena con un patriarca conservador y de derechas, el patrón con derecho de pernada, que aloja y cría en su seno a liberales, izquierdistas, artistas y espiritistas. Incluso a un tapado fascista. Un novelón.

Montaje que gustará, y mucho, a aquellos espectadores, que son la mayoría, que busquen una buena historia. Una historia de amores cruzados, a escondidas, e imposibles. Hijos bastardos e hijos legítimos que salen díscolos. Seres peculiares, despreciables y entrañables. Historias de esas que en el cine se llaman bigger than life.

Melodramas, donde la tragedia amenaza siempre y se concreta muchas veces. Aunque al final, el espectador se libera de la tensión que va acumulando debido a las desgracias que acechan o acaecen en la vida de los personajes principales, pues suelen acabar agridulcemente felices. Unos personajes que, gracias a la explotación de la tierra y de los indígenas, viven libres en una Latinoamérica, que estos mismos indígenas hacen rica y mágica, todo a un tiempo.

Una historia que protagoniza Esteban Trueba, un hombre hecho a sí mismo. Al que el amor por una mujer perteneciente a una familia más rica que la suya, le echa al mundo buscando el dinero y la riqueza que le permita desposarla. Mujer que, por esas cosas del azar y la política, acabará muriendo y dejando paso a Clara, su hermana vidente y demasiado díscola para la sociedad conservadora en la que viven. Una sociedad que nada tiene que ver con su excéntrica familia que la permite ser como es.

Por tanto, estamos ante un hombre que se ha tenido que batir el cobre por cada peso que tiene. Que conoce el valor del dinero, la propiedad y lo que le ha costado cada centavo y que, consciente de todo esto, desarrolla un espíritu conservador para conservar lo que es suyo, lo que le pertenece, ya que considera que se lo ha ganado.

Un hombre que ha sabido aprovechar las oportunidades ventajistas que le ha ofrecido la vida de progresar en la escala social. Que no está dispuesto a que lleguen los comunistas y los marxistas y se lo quiten para repartirlo. No, la tierra no es para quien la trabaja, sino para quien tiene la libertad para explotarla y esquilmarla.

Una defensa que le lleva a crear una familia real disfuncional, y, con ese espíritu de aprovecharse de todo lo que se le ofrece por su posición social, también de las mujeres que trabajan en su hacienda, ha creado otra bastarda. La primera, glamurosa, una gauche divina. La segunda, rencorosa y revanchista, por haber sido mantenida en la pobreza, el desprecio y el silencio, a la sombra.

Ambas confluyen en el Chile en un momento histórico del siglo XX en el que la Guerra Fría había convertido ese país, y toda Latinoamérica, en campo de batalla. Donde las ideas de igualdad y redistribución de la riqueza se propagaban entre las clases más desfavorecidas y los jóvenes y pudientes universitarios, amenazando los privilegios de unos pocos y el capitalismo norteamericano.

Donde la ideología liberal y de derechas se lanzó en una carrera desesperada por controlar no solo los Estados, como manera de conservar la riqueza de unos cuantos, sino las vidas de sus ciudadanos, independientemente de su orientación ideológica.

Pero, como siempre sucede, la vida es inasible a los deseos de los hombres y las mujeres. A sus ideas. Campa a sus anchas. Sucede. No hay poder humano ni de izquierdas ni de derechas que pueda doblegarla, controlarla. El azar de las relaciones y las posibilidades amorosas no entiende, ni quiere entender, de las contingentes disputas humanas.

Sí, todo eso se ve, se oye, y se sigue con fluidez en esta obra de teatro. Ocurre por muchos motivos. Primero, por lo bien que está pautado el texto. Segundo, por la inteligencia escénica con la que Carme Portaceli, la directora de la obra ha resuelto el montaje.

Es consciente de que esto no va de dramaturgia contemporánea, sino de contar una historia y dejar que la cuenten sus atractivos personajes. De que se suban a escena y atrapen la imaginación del público, como antes lo hicieron de sus lectores y de los que fueron a ver la versión cinematográfica. Otras formas artísticas con las que ni la autora ni la directora intentan competir o traer a la escena.

Francesc Garrido en una escena de 'La casa de los espíritus', en el Teatro Español.
Francesc Garrido en una escena de 'La casa de los espíritus', en el Teatro Español.

Y, por supuesto, se debe a su elenco. En el que destaca Francesc Garrido, capaz de con un simple bastón y un cambio de postura, moverse de un Esteban Trueba viejo a uno joven, de un tiempo a otro, de un lugar a otro, como si fuera la cosa más sencilla del mundo, y así hacer viajar con él al espectador. Un actor que tiene una forma de decir en la que suele costar entrar, pero que si se supera hace que todo fluya y que una palabra y una acción suyas creen espacios y lugares. Y, por supuesto, emociones incluida la comprensión de un personaje con el que, tal vez, sea difícil identificarse.

“Francesc Garrido es capaz con un simple bastón de moverse de viejo a joven, de un tiempo a otro, de un lugar a otro, como si fuera la cosa más sencilla del mundo”

Un elenco que, a pesar de ser extenso para los tiempos que corren, tiene que representar múltiples personajes para dar cabida a toda la diversidad humana que pasa por este tipo de novelones. Y, que al igual que el actor citado, tienen que mantener una actitud abierta para ser quien tienen que ser en cada momento, mantener la credibilidad y la verosimilitud.

Es cierto, que, al menos en una de las representaciones previas al estreno oficial, se veía cierta irregularidad, cierta incomodidad en los actores en algunas escenas. Como en una de las últimas de la tortura, resuelta a modo de paso de ballet.

Aspecto que llama la atención en el caso de Inma Cuevas, porque suele estar siempre bien o incluso mejor que bien. Y así lo hace como la divertida bisabuela sufragista de la saga, su primer personaje en esta obra. En la escena del accidente está que se sale. Sin embargo, va perdiendo fuelle en sus siguientes personajes a lo largo de la representación. Algo que es de suponer que tanto ella como el resto irán ajustando a medida que acumulen representaciones.

Inma Cuevas en una escena de 'La casa de los espíritus', en el Teatro Español.
Inma Cuevas en una escena de 'La casa de los espíritus', en el Teatro Español.

Una obra que, sin duda, dejará para la memoria gráfica de los medios y los espectadores, la Clara de Carmen Conesa. La forma en la que se mueve y en la que se la ha puesto en escena. La manera en la que anota la vida de cuento que se muestra en el escenario. El realismo mágico con el que se presenta en el escenario y pasea el sencillo, pero espectacular, traje que lleva su personaje. Algo que no es fácil de hacer, a pesar de que no haya muchos elementos escénicos. A penas unas sillas, una mesa y un teclado.

Es, por tanto, una obra, que como el best-seller en el que se basa, y el blockbuster que la precedió, hecha por y para el público. Un público que responde en silencio y atento a lo que pasa en el escenario. Que ríe las gracias, las humoradas, porque las tiene, y se emociona con las vicisitudes y peripecias de los personajes.

Un público que gracias a esta obra entenderá mejor lo que pasa, lo que se discursea en las elecciones madrileñas, los riesgos políticos que corre y cuál puede ser la influencia en sus vidas, gracias a que no hay discurso, sino anécdota, historia. Y que, por todo ello, al menos el día al que pertenece esta crítica, estalló en un fuerte aplauso y una gran ovación cuando se hizo el oscuro en el escenario y se le veía salir contento de la representación, reconfortado.

Teatros sorprendentes