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06/10/2019 13:51 CEST | Actualizado 06/10/2019 13:51 CEST

'La jaula de las locas', un ferrero rocher que es un kinder sorpresa

Esta obra sea un éxito de público, independientemente de lo que diga la crítica.

Jorge Ochagavía

La frase que encabeza este post la dice Alvin “Zaza”, el personaje que interpreta el popular y televisivo Àngel Llàcer en la comedia musical La jaula de las locas que se acaba de estrenar en el Teatro Rialto. Frase que define muy bien el espectáculo. Pues siendo un espectáculo que se vende con la pompa y condición de un musical, esconde la sorpresa de tener una excelente factura teatral. La factura que necesita toda comedia musical. Sus ritmos, sus tiempos para que se construyan las situaciones que den paso a las canciones y a los gags. Por eso engancha con el público que se va animando a reír y a aplaudir en muchos de los números musicales siguiendo a la orquesta.

No, no se trata de teatro de vanguardia. Tampoco es teatro necesario o urgente (si es que alguno lo es). Es puro entretenimiento y diversión. Tiene la vocación de ser teatro popular y el objetivo fundamental de hacérselo pasar bien al personal. Un teatro popular adulto, pues no faltan sus insinuaciones sexuales, siempre hechas desde la simpatía y con el suficiente buen gusto para que nadie se sienta violentado o molesto. Excepto a aquellas personas que a estas alturas de la película sigan teniendo reparos en ver personajes homosexuales y transexuales en escena. Para todos los demás, que son la inmensa mayoría, esta obra les hará pasar un buen rato alejándoles de su día a día y poniendo algo de música, risa y glamour en sus vidas.

Hay varios motivos para que la obra triunfe. El primero, su historia. Una anécdota que permite el equívoco y el juego, y las entradas y salidas que necesita un vodevil como este. La historia de una pareja gay que regenta uno de los cabarets más famosos de Saint Tropez tiene que volver a meterse en el armario. La razón es el hijo de uno de ellos, que ambos han criado. Este hijo se ha enamorado de una mujer, para disgusto de su padre biológico, que resulta ser la hija de un diputado ultraconservador, defensor de un solo tipo de familia y de una sola religión, empeñado en conocer a la familia del novio antes de dar su bendición al enlace.

El segundo su elenco. Porque, aunque todo el mundo va a ver a Àngel Llàcer, que está que se sale, el resto no le desmerecen, y el que menos el que hace de su pareja, Iván Labanda. Hay química escénica entre ellos, por lo que los amaneramientos de sus personajes (esos que a veces molestan al colectivo LGTBI por el estereotipo que transmiten de su diversidad), pasan a segundo plano. Uno los ve y ve una pareja, con sus conflictos, sus necesidades del otro. Al menos los que tiene toda pareja en una comedia de ficción, en las comedias clásicas de blanco y negro que en este caso está llena de color. 

Esto se debe, fundamentalmente, a que los momentos de lucimiento de Ángel Llácer, que los tiene, no los marca el actor. Ni siquiera se aprovecha de ser el director del espectáculo, al menos es lo que parece desde la butaca. Esos momentos los marca la necesidad de contar y de que funcione la obra. Y en esa necesidad, la inteligencia teatral de Ángel Llácer y del codirector Manu Guix se acomoda para que todos hagan su trabajo, creen y desarrollen sus personajes, y lo hagan bien, juntos, no cada uno por su lado. Les dan su espacio dentro del conjunto, creando la apariencia de una pequeña sociedad en la que se incluye el espectador, consiguiendo que la obra respire y pueda suceder la música, el chiste y los momentos emotivos.

Esta obra sea un éxito de público, independientemente de lo que diga la crítica.

Lo anterior sería suficiente, pero aún hay más. Por ejemplo, la música está al volumen adecuado para que se oiga y se disfruten los matices de las canciones, algo raro y extraordinario en los musicales producidos recientemente. O que se entiende lo que cantan perfectamente, por fin alguien que sabe que son parte importante de la obra y arrastran trama y tema. O que los números esperados (y en concreto el de “Soy lo que soy”) están hechos sin sorpresas, es cierto, pero con una inteligencia escénica que permite verlos frescos y lozanos. O esa sutil referencia a la actualidad política, en la que el padre ultraconservador de la novia, que va a limpiar Saint Tropez de esa gente, se parece muy mucho a Santiago Abascal, el presidente de Vox. Personaje con el que no hay ni ensañamiento ni escarnio, sino que le dejan ser lo que es.

Todos estos factores, y muchos otros, harán que esta obra sea un éxito de público, independientemente de lo que diga la crítica. Provocando que los espectadores salgan con ganas de contarles a familiares, amigos y compañeros que anoche salieron, fueron al teatro y se lo pasaron muy bien. Ya fueran con amigos, como antes se iba a ver las revistas y los cabarets, con la pareja, pues esta obra es un canto al amor, o con la familia, incluso solo o sola. Todos ellos sacarán del armario y en hombros a esta jaula de locas que ha llegado a la Gran Vía para quedarse. Y lo harán tan orgullosos porque son lo que son, público.

 

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