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07/06/2019 07:43 CEST | Actualizado 07/06/2019 07:43 CEST

La musa intrusa de Gonzalo Suárez

Si viviéramos en otro lugar tendría varias calles, premios y condecoraciones...

EFE
El cineasta y escritor español Gonzalo Suárez. 

“Cuando voy y vuelvo, ¿dónde queda el camino?”, me pregunto mientras salgo de la librería Rafael Alberti de Madrid. Es una frase que acabo de leer, hambrienta de letras, en el nuevo libro de Gonzalo Suárez. Regreso de acudir a la presentación de su nuevo libro La musa intrusa, una recopilación de emociones, sentimientos, realidades y ficciones de su autor, una autobiografía todo menos biográfica, o una ficción del todo real. Puro Gonzalo Suárez. Voy a buscar el coche al minúsculo reducto donde lo he aparcado; hace muchísimo calor. Mientras pienso en que tendré que volver a cursar un doctorado para extraer el coche del cubículo donde lo he encajado, me repito para mis adentros la misma frase: “Cuando voy y vuelvo, ¿dónde queda el camino?”. Quién sabe.

Hace años que conozco y admiro a Gonzalo Suárez, muchísimos; de su obra me gusta todo, es especial, su infinita capacidad para atrapar y sorprender. Si viviéramos en otro lugar, siempre se lo digo, Gonzalo tendría varias calles, más premios y centenares de condecoraciones; en este país nos cuesta reconocer el valor de quien lo tiene. Es así.

Dos horas antes de regresar al aparcamiento de Moncloa, de volver a ver a Gonzalo y de sentirme arropada por su prosa y por su arte, pienso fugazmente en un ingenio familiar que, desde hace décadas, me pone en un brete metafísico. Mi abuelo, ovetense como Gonzalo y coetáneo, a más señas, solía tentarme durante mi infancia con una enunciación divertida sin lógica alguna, que rezaba así: “Si vas y no vas, y vienes y te detienes”. Jamás hallé explicación alguna a ese enigma. Aquello que acontece cuando vas y no vas; y al tiempo vienes y te detienes, es algo que todavía no ha encontrado en mí respuesta. El calor y la fiebre del pensamiento, que a veces se unen, desaparecen en cuanto piso la librería y me reencuentro con compañeros tan queridos.

Si viviéramos en otro lugar Gonzalo Suárez tendría varias calles, más premios y condecoraciones... en este país nos cuesta reconocer el valor de quien lo tiene.

Gonzalo nos saluda a todos, cortés como lo es siempre, hospitalario y muy atento. Nos atiende, nos abraza y nos agradece la deferencia de ir. Yo solo puedo agradecerle la deferencia de invitarme. 

Acompañado por familiares y amigos, y escudado por la actriz Ana Álvarez y por el periodista Guillermo Altares, da comienzo una presentación en la que las anécdotas de una vida dedicada al arte se abren paso entre agudezas, aforismos, recuerdos y reflexiones. Álvarez lee varios fragmentos de Trece veces trece y un relámpago de deleite artístico atraviesa mi cuerpo al escuchar (u observar en mi mente, no estoy segura), cómo Suárez configura espacios y realidades con las palabras. No se puede tener más talento. Le preguntan y Gonzalo contesta, habla de su amistad con Sam Peckinpah, de la afición de este al alcohol o de cómo era capaz de envejecer y reducirse cuando se veía privado de bebida. Habla de sus ataques de violencia extrema, de su ira, pero también de su capacidad de ternura y de su buen corazón. 

Y habla del cine, cómo no, de ese cine con el que Gonzalo Suárez nos ha alimentado y que intercala con sus otras muchas creatividades. Y se refiere al cine en términos luminosos, extraordinarios, como si fuera esa otra vida en la que todos participamos y que sublima los anhelos y carencias de esta otra, la simulada. Gonzalo habla del cine y ríe. Ha llevado a la práctica la frase “si la alegría es posible, la alegría es un deber” que repite y cumple. Y señala que el cine confunde y también hace crecer; y entrega esa posibilidad imposible de constituir plano a plano la realidad. Y reflexiona sobre la actualidad, de cómo el director se ha diluido, de cómo las nuevas series no disponen de director fijo en cada capítulo y, sin embargo, funcionan; y cómo eso implica un cambio en el paradigma de la creación. Sugiere que ha nacido una etapa en la que solo se reconoce el valor técnico de la dirección, a pesar de que, para él: “el cine es la expresión mayor de felicidad, mejor incluso que jugar al fútbol en una playa con los pies descalzos, cuando no haces lo que no quieres hacer”.

Ha llevado a la práctica la frase 'si la alegría es posible, la alegría es un deber' que repite y cumple.

Recuerdo sus palabras mientras compruebo, efectivamente, que la motivación me hizo aparcar en una caja de zapatos, nada nuevo en una ciudad masificada. Saco el coche, sigo pensando. “Una cosa es lo que soy, lo que hago y lo que quiero ser de mayor”, retumba su voz nasal en mi memoria.  

De pronto, la musa intrusa se cuela en el coche y entiendo que no importa dónde queda el camino cuando voy y vuelvo. Porque la respuesta a qué sucede cuando vas y no vas, y vienes y te detienes, está en la obra de Gonzalo Suárez.

 

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