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16/10/2020 11:32 CEST | Actualizado 16/10/2020 11:32 CEST

'La noche de plata'

Si algo me ha enseñado la escritura de esta novela es, precisamente, a andar por el mundo con los ojos abiertos a lo que sucede con las criaturas.

Cada novela surge de un modo. Las hay que explotan de golpe como una palmera de fuegos artificiales y te deslumbran con su intensidad. Otras empiezan a crecer poco a poco, muy despacio, en la oscuridad, cuando te acuestas por las noches y, antes de dormir, las notas rebullendo en tu interior, nebulosamente, sin que puedas decir de momento ni siquiera de qué trata la historia naciente. Algunas tienen su origen en algo que te ha impresionado sin que sepas por qué -una frase, una imagen, una persona, un libro, un cuadro, una joya- y durante mucho tiempo no pasa nada. Sabes que ahí hay una historia, pero no sabes cuál es ni en qué época sucede ni a quien afecta, hasta que un buen día otro de esos deslumbramientos hace que de pronto tengas dos ideas que no parecen estar relacionadas, pero que de alguna manera lo están. Y en el momento en que se te ocurre añadirles una tercera idea, que tampoco tiene ninguna relación con lo anterior, de repente te das cuenta de que con tres cuerdas se puede hacer una trenza. Y empiezas a trenzar, a ver qué pasa.

Primero fabulas en tu mente, cuando haces las faenas de la casa, o cuando sales a andar -sola, para que la conversación con tu pareja o tu mejor amiga no te distraiga-, o cuando nadas y, sobre todo, por las noches en la cama, antes de dormir o justo al abrir los ojos, cuando la mente aún está fresca y hace conexiones raras. Yo, a ese proceso, lo llamo “hilar” porque me recuerda mucho a lo que tradicionalmente han hecho las mujeres para fabricar las telas que luego se convertirían en ropas para toda la familia: tienes un canasto de lana y, poco a poco, estirándola y torciéndola, vas fabricando el hilo que luego tejerás para hacer la tela. Fabular es un proceso muy similar, en mi opinión, y, además, resulta particularmente gracioso porque en alemán -que es la lengua en la que yo me desenvuelvo en mi día a día- “hilar” se dice “spinnen”, que es el mismo verbo que se utiliza para decir que una está un poco loca, que “se le ha ido la olla”. Es lo que me pregunta mi marido cuando me ve con la mirada perdida en alguna parte, calculando posibilidades, inventando escenas o diálogos. “¿Estás fabulando?” sería en español; pero en alemán la pregunta es si se me está yendo la olla, cosa que siempre me arranca una sonrisa, porque siempre es, hasta cierto punto, verdad.

Esta novela tuvo un proceso lento. Yo llevaba muchos años queriendo escribir una historia que tuviera relación con las desapariciones de niños pequeños, un tema que me preocupa y me angustia particularmente, pero no sabía cómo enfocarlo porque no me gusta escribir escenas innecesariamente crueles o escandalosas.

'La noche de plata', de Elia Barceló (Roca Editorial). 

 

Sé que, en cierta medida, la literatura tiene un algo de voyeurismo y que a todos los lectores nos gusta asistir a momentos privados en los que los personajes se creen solos, sin que nadie los observe o escuche lo que están diciendo; pero no me cuento entre los escritores que describen minuciosamente actos de brutalidad, de violencia o de tortura. Sinceramente, no lo creo necesario. Siempre he escrito para lectores inteligentes y con unos cuantos años de experiencia del mundo. No hace falta dárselo todo con todos los detalles. Si algo amplifica realmente lo que el autor o la autora quiere comunicar, es la imaginación y la experiencia de quien lee sus palabras. A veces, unas gotas de sangre en un lugar donde no deberían estar dicen más que la descripción gráfica de un horror sucedido.

La noche de plata es una historia oscura en parte, pero también misteriosa, y cotidiana, a veces incluso divertida. Sucede en Viena, una ciudad que me encanta, pero no desde la óptica del turista. Es otra la Viena que yo muestro: la de los barrios ricos con sus bellísimas casas, tras de cuyas fachadas pueden suceder cosas que nadie adivina. Es la historia de unos crímenes, de desapariciones y asesinatos, de una mujer policía -Carola Rey Rojo- que ha sufrido mucho y ahora tiene la ocasión de descansar un poco deshaciendo la biblioteca de un marchante de arte recién fallecido; de un comisario austriaco a punto de jubilarse -Wolf Altmann, un personaje con el que ya he trabajado en otras tres novelas-, y de un escritor de éxito con una enorme sombra en su pasado. Y, además, es la historia de una casa maravillosa, llena de sorpresas. Esa fue la tercera idea -aparentemente sin conexión con las otras- que me permitió empezar a trenzar y contar la historia.

Entre unas cosas y otras, desde que la idea se aclara en la mente hasta que sabes dónde empieza la historia, y encuentras a los personajes y decides cuál va a ser la primera frase y te lanzas a escribir y escribes y corriges y escribes y terminas y la dejas dormir y repasas, etc, etc, al final son unos dos años de vivir con esos personajes con sus historias y traumas, en esa ciudad, en esa casa, con la conciencia de que mucho de lo que estás contando (o cosas parecidas) ha sucedido o está sucediendo en este mismo instante en algún lugar del mundo sin que nadie se entere, más que los repugnantes protagonistas del crimen y sus víctimas.

Roca Editorial
Elia Barceló. 

Si algo me ha enseñado la escritura de esta novela es, precisamente, a andar por el mundo con los ojos abiertos a lo que sucede con las criaturas. Nos hemos acostumbrado a no entrometernos cuando vemos a un niño llorando y pataleando con un adulto que lo lleva a rastras. O cuando una niña nos mira fijamente con mirada implorante junto a un hombre o una mujer que le aprieta el hombro o la lleva de la mano. Suponemos que se trata de su padre o madre o tutor legal y no se nos ocurre intervenir.

Aún recuerdo lo mal que me sentí cuando, al descubrirse los horrores por los que había pasado Natascha Kampusch, la niña austriaca que estuvo diez años secuestrada, ella contó en una entrevista en televisión que en los últimos años su secuestrador y torturador la había sacado a la calle, que había ido con ella a esquiar, que habían estado largos ratos en las colas de los remontes y ella había tratado -con la mirada- de que alguien se diera cuenta de que el hombre con quien estaba la tenía retenida contra su voluntad. Nunca lo consiguió. Todas las veces volvió a su encierro porque nadie quiso hacer caso a su mudo grito de auxilio.

Cada novela sale de una ilusión, de un enamoramiento, de una necesidad. Yo necesitaba escribir una historia como la de La noche de plata y estoy contenta de haberlo hecho y de que, como una pompa de jabón, se haya separado de mí y vaya empezar a flotar libre por el mundo de la literatura. Como una pompa de jabón, es también frágil, e irisada de varios colores, pero ya no es mía. Ahora ya es de las lectoras y lectores. 

Es vuestra.