La 'ómicron' y el 'efecto Ayuso'

La ‘libertad de las cañas’ es una falacia. Y su predicación un peligro público de fatales consecuencias.
Imagen de archivo de Isabel Díaz Ayuso
Imagen de archivo de Isabel Díaz Ayuso
Europa Press News via Europa Press via Getty Images

“Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación…” Así empieza la inmortal obra de Charles Dickens Historia de dos Ciudades, escrita en 31 fascículos semanales en 1859.

La última vez que la escuché citar en público fue (muy probablemente) en 2016 en la presentación en Madrid de la memoria sobre la situación de las universidades españolas de la Fundación CYD (Conocimiento y Desarrollo). Así empezó su intervención Ana Botín. El estudio trataba de eso: salir de los peores tiempos para recuperar poco a poco los mejores tiempos.

En el contexto de la pandemia que nos azota, la tragedia sanitaria más grave desde la gripe del 14, y miren que en 105 años (hasta 2019) han pasado calamidades en este mundo, o desde la II Guerra Mundial, ya se tenía que haber asumido que no se puede bajar la guardia frente a la amenaza. Observen la prudencia del PEVOLCA en esperar diez días a que los parámetros de tremor, sismicidad y emisión de dióxido de azufre del volcán de La Palma se mantengan en niveles bajos… hasta firmar el finiquito.

“Las nuevas cepas del virus nunca llaman a la puerta. No tocan el timbre. Llegan sin avisar, y por eso hay que esperar prevenidos las distintas olas”

Las nuevas cepas del virus nunca llaman a la puerta. No tocan el timbre. Llegan sin avisar, y por eso hay que esperar prevenidos las distintas olas. La Covid-19 ha provocado la mayor caída de la esperanza de vida en los países occidentales desde el conflicto que asoló a la humanidad entre 1939 y 1945. Y la ómicron, como las anteriores variantes, alfa, beta, gamma, delta…entraron von virulencia. En lenguaje de la calle, intentan ‘furiosamente’ desbancar a las anteriores, aprovechando cualquier resquicio por el que colarse.

Afortunadamente ‘ómicron’ nos ha pillado vacunados. Éramos los campeones
europeos en vacunación. Teníamos los mejores indicadores. Pero se cometió unnerror garrafal, cuando se habían superado los anteriores. Como al principio, se creyó que lo que le pasaba a los demás no nos iba a pasar a nosotros. Que esto pille desprevenidos a los ciudadanos ‘tiene un pase’, pero es inadmisible
que las autoridades, de todo tipo y condición, no hayan hecho caso a los únicos que saben: los técnicos de Salud Pública. Han jugado a hacer crucigramas o sudokus. Y se ha permitido que en quince días estemos al mismo nivel que el resto de países de la UE, a los que habíamos adelantado y que nos ponían como ejemplo.

“Se ha permitido que en quince días estemos al mismo nivel que el resto de países de la UE, a los que habíamos adelantado y que nos ponían como ejemplo”

No se trata solo de vacunar, se trata de no poner una vela a dios y otra al diablo. Como ha hecho Isabel Díaz Ayuso y le dio un resultado inesperado y grandioso… en la faceta electoral. Su éxito provocó una legión de imitadores que dejaron de lado la importancia excepcional de mantener con rigor y firmeza la alerta y las barreras: mascarillas, distancia entre personas, aforos restringidos… es insólito que se mantenga el cien por cien en los aviones (donde vamos como sardinas en latas), o en los trenes, o las guaguas y autobuses…. El virus también viaja en el transporte público. Tiene bono gratis. O que se permitan botellones, o se recupere la ‘normalidad’ sin atender a razones científicas en los espectáculos deportivos, o que cada ‘lobby’ influya para mantener el ‘todo a 100’ en su sector. Comedores llenos, bares llenos, discotecas a reventar…. El virus entra por ahí… y todos infectados, porque este es un sistema de espiral infinita.

Y encima surgen enterados desde debajo de las piedras. Gente que no tiene ni idea y muchas veces ni sentido común ni capacidad comparativa se convierten en nobeles que dictan sabiduría en las barras de bar o en las redes sociales o en tertulias cocinadas con subproductos de radio y televisión que parecen sacadas de una película de Berlanga. Cualquiera se convierte por arte de magia potagia en epidemiólogo, virólogo, vacunólogo, inmunólogo, neumólogo… Desde los taxistas, esto es inevitable, todos pueden ser presidente del gobierno, especialmente los que escuchan las voces radiofónicas de la derecha más cerril, a los jueces y fiscales, que a veces se enredan en excentricidades y ditirambos jurídicos a ver quien es más epatante y le dan un ascenso político. Y desde las asociaciones patronales a los sindicatos. Y claro, pasa lo que pasa, que es lo que está pasando. Los gobiernos regionales son capaces de publicar en su Boletín Oficial un día una cosa, y al siguiente otra que fácticamente la anula.

“El efecto Ayuso ha sido terrorífico”, me dice un técnico de salud pública de alta
cualificación. “Muchas de las medidas de contención adoptadas son pura
simulación. Un simulacro para parecer que se hace algo, pero no se puede
contentar a todo el mundo todo el tiempo. Nadie quiere restringir porque eso quita votos. Pero hay una secuela inevitable: se producen muertes perfectamente evitables”.

La ‘libertad de las cañas’ es una falacia. Y su predicación un peligro público de
fatales consecuencias. La libertad de las cañas implica libertad para contagiarse… y para contagiar al que no quiere estar contagiado. Una libertad, la de viva la vida, el vino y la alegría ‘y a vivir que son dos días’, se opone al derecho de los demás a no enfermar, a no entrar en una UCI, y a no morir porque unos desaprensivos, o idiotas con disfraz, han encontrado un buen caladero electoral. El populismo siempre crece en la ciénaga de la irresponsabilidad y en esa fe ciega contraria y enemiga del método científico.

En solo un mes hemos pasado en España de 50 a más de 500 casos de covid por 100.000 habitantes. Riesgo muy alto. Una barbaridad. Elegir la caña a las medidas restrictivas estaría muy bien si la cerveza matara al coronavirus. Pero no es así. Ni la cerveza, ni el ron, ni el mejor wisky de marca.

El aumento de contagios produce un bucle de efectos secundarios: aparte de las muertes de más, la saturación de camas hospitalarias, que a su vez desbordan las urgencias, con imágenes tercermundistas, y rebosan las UCI, se producen infecciones hospitalarias de covid, que convierten a los hospitales en puntos de altísimo riesgo, y tratamientos y cirugías que separan la vida de la muerte mantienen demoras de más de dos años…

Casi todos los políticos, de todos los partidos, son ayusistas en mayor o menor
grado en su fuero interno. Están cerebralmente infectados y no lo saben. Creen que así van a ganar las elecciones. Pero eso es un espejismo porque cada oleada es un mortífero baño de la cruda verdad: por ese camino recorreremos todo el alfabeto griego hasta la omega.

La economía española depende de la economía europea. Muchos países ya han decretado o anunciado severos confinamientos. El turismo está volviendo a caer en picado. Pero ni por esas la derecha patria cierra filas con la ciencia y se fija en Europa.

Vista la actualidad política nacional en su conjunto, en su contexto y en los
pretextos absurdos de los que juegan al ping pong con la salud de los ciudadanos, solo cabe el pesimismo. Desde el primer día Pablo Casado no ha hecho sino sembrar sospechas y dificultar el manejo al modo europeo de esta peste del siglo XXI. Primero porque el ‘estado de Alarma’ y sus prórrogas imprescindibles era un tic autoritario y centralista y después porque la descentralización era una manera de que el presidente se descargara de responsabilidades en las comunidades autónomas. Como en la famosa copla: “Ni contigo ni sin ti/tienen mis males remedio/ Contigo porque me matas/ sin ti porque yo me muero”.

Para mañana miércoles 22 de diciembre por la tarde el presidente del Gobierno de España ha convocado una conferencia telemática desde el Senado – la cámara territorial- de presidentes autonómicos para hacer frente a la ómicron “con medidas compartidas. Que a su vez deberían estar conectadas con las europeas, porque, ya se ha dicho, el virus no conoce fronteras ni etnias ni zarandajas ombliguistas. El único resultado responsable y sensato en las actuales circunstancias de esta ’cumbre es la unanimidad en un acuerdo basado únicamente en las evidencias científicas, en el ámbito español y en el europeo e internacional.

Insistir en las cañas sería una coña. Me imagino que con la crisis que tiene en
Madrid, Pablo Casado no se habrá trastornado y convertido al ayusismo.

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