BLOGS
18/02/2020 13:11 CET | Actualizado 18/02/2020 13:11 CET

La revolución pendiente: tierra e igualdad (y II)

La sumisión social es la consecuencia de la aceptación del modelo de poder que utiliza como argumento la normalidad.

batuhan toker via Getty Images

“Poner los pies en la tierra” da sentido de realidad, pero “ponerlos en la luna” hace avanzar a la humanidad a grandes pasos, tal y como dijo Neil Armstrong. Ese es el contrasentido de la “distancia necesaria”, una distancia que separa en lugar de incluir en la mirada la imagen de una realidad que nunca puede ser incompleta ni a trozos.

El poder siempre ha jugado al “divide y vencerás”, y para ello ha contado con dos grandes estrategias. La primera de ellas ha sido construir una sociedad jerarquizada a partir de una cultura basada en la desigualdad, que establece que hay elementos y condiciones que tienen más valor que otras, para hacer de la división algo estructural. La segunda es jugar con las circunstancias de cada lugar y momento para potenciar la división sobre determinados factores, y de ese modo mantener el control de la injusticia que supone la desigualdad.

La sumisión social es la consecuencia de la aceptación del modelo de poder que utiliza como argumento la normalidad y pone como testigo al tiempo… Por eso resulta interesante acercarnos, tal y como hacíamos en el artículo anterior, al momento inicial de esta construcción y al modo de entender su significado.

El origen de la cultura patriarcal se sitúa en el Neolítico, cuando los grupos de humanos formados por 25-30 personas cambiaron su forma de vida, y pasaron de ser nómadas y recolectores a convertirse en sedentarios y a cultivar la tierra. A partir de ahí hubo acumulación de los productos que obtenían y no consumían, de manera que quien más acumulaba más poder adquiría dentro del grupo en los momentos de necesidad. Y esa situación llevó a controlar la tierra para poder acumular más riqueza, y a controlar a las mujeres para garantizar que la transmisión de esa riqueza era para sus descendientes.

La sumisión social es la consecuencia de la aceptación del modelo de poder que utiliza como argumento la normalidad.

ntes, ni la tierra ni las mujeres fueron posesión de los hombres, pero a partir de ese momento el poder en mano de los hombres se fue consolidando y ampliando sobre los privilegios aportados por una cultura levantada desde esas ideas y posiciones.

El resultado fue el dominio y el sometimiento a través de la normalidad creada, por eso quienes lo sufren reproducen parte de los argumentos impuestos por la cultura androcéntrica, y no hay una crítica frontal, como sí la ha habido frente a otras situaciones. Veamos cómo se traduce en la práctica a partir de la doble referencia de la tierra y las mujeres.

  • Las protestas por los problemas del cultivo de la tierra que se hacen hoy se deben a las mismas razones de siempre, y cada una de las explicaciones que se escuchan son las que han estado presentes durante años sin que hayan sido abordadas. Todo lo contrario, el mensaje que recibían es que tenían que esperar, y que eran las personas que cultivaban la tierra quienes tenían que cambiar, que había cosas que hacían mal, y que llegaría un día en que todo se resolvería. Mientras llegaba ese día, quienes ocupaban posiciones de poder dentro de estas relaciones se beneficiaban de la situación creada y acumulaban más poder, aunque para ello tuvieran que dar subvenciones que no cambiaban el modelo, sino que lo mantenían.
  • La situación de las mujeres en cualquier lugar del planeta y las manifestaciones que se producen contra el modelo machista que las discrimina y oprime, también se hacen por los motivos de siempre: desigualdad, discriminación, acoso, abusos, violaciones, maltrato, femicidios… Sin embargo, las voces que llenan los días cuando ellas callan hablan de “denuncias falsas”, de su perversidad y maldad, de sus manipulaciones… al tiempo que les prometen que habrá un mañana en el que todo habrá acabado. Pero mientras tanto son los hombres quienes se benefician y ellas quienes deben continuar bajo esa dominación que impone el silencio y la culpa.

Es el mismo marco general para definir la realidad desde la perspectiva androcéntrica y conseguir privilegios: uso, dominio, abuso, explotación y abandono o destrucción.

La razón del patriarcado para dominar la tierra y a las mujeres, al margen de ser la fórmula inicial para obtener poder y acumularlo, es la de “naturalizar su construcción” y presentarla como consecuencia de un “orden natural” que hay que respetar.

Es la estrategia de una cultura responsable que edulcora la realidad con palabras que camuflan la injusticia de su normalidad machista. Y del mismo modo que dicen que nada hay más maravilloso que ser mujer por el privilegio de la maternidad, o que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, también dicen que la tierra es lo más importante para la continuidad de la humanidad, y que el futuro del planeta pasa por el presente de la agricultura. Pero en la práctica, tanto las mujeres como la tierra son piezas necesarias en la opresión impuesta por una cultura de poder levantada por los hombres bajo la estrategia de acumular más poder, no de cederlo.

La revolución pendiente es la revolución feminista, la única que puede poner la Igualdad donde el machismo lo ha impedido.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.