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05/01/2020 07:19 CET | Actualizado 05/01/2020 07:19 CET

'La señora y la criada' y 'Adiós Arturo', dos formas de hacer reír y pasarlo bien

Dos comedias que hacen del día que se va al teatro un día festivo, un día de fiesta.

Elenco de La señora y la criada, de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. 

Coinciden en la cartelera madrileña dos montajes que buscan hacerlo pasar bien, divertir y hacer reír. Por un lado, La señora y la criada de Calderón (sí, una comedia calderoniana) en el Teatro de la Comedia por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Por otro, Adiós Arturode La Cubana, en el Teatro Calderón. El primero hecho y pensado en Madrid. El segundo, hecho y pensado en Barcelona. Ambos son buenos espectáculos, bien hechos, que tienen la intención de que el público, gracias a la risa, ventile y se oxigene, que se relaje, que falta hace. 

La primera, La señora y la criada, es un vodevil elegante y sólido como solo podría hacer Miguel del Arco y se puede permitir la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. El director, ya se sabe, es una mente prodigiosamente teatral que además tiene un fino oído musical (¿para cuándo Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, le encargará montar una ópera?) Un profesional que con un hatajo de buenos actores, como los de esta compañía, y un texto como este es capaz de hacer cualquier cosa y hacerla bien. 

En este caso contar la historia de un matrimonio concertado entre hijos de nobles por motivos políticos frente al que se rebelan los forzados contrayentes para seguir su amor, su pasión y su deseo. Historia en la que se entromete, por azar, una criada que suplanta a la señora que van a casar. Suplantación que permite descubrir a toda una cómica, la actriz Alba Recondo, que tiene la madera de las cómicas clásicas, como Florinda Chico, pero actualizada a hoy en día. Y que está de antología, vamos, para que le salga un protagónico en una serie televisiva.

La segunda es una compañía que viene haciendo “humor charnego” desde hace mucho tiempo. Ese humor que ha crecido en Cataluña alrededor de la emigración que ha llegado de otros lugares del país y que los catalanes han adoptado como propio. Humor más bien basto, algo soez, deudor de la comedia sicalíptica, de la revista, de Manolita Chen y de La Maña de El Molino y el Paral·lel. Acervo que han sabido recoger, y recoger bien, además de actualizarlo. Darle un toque que de tan “vintage” parece hasta moderno (¿para cuándo Daniel Bianco, el director del Teatro de la Zarzuela, les va a encargar el montaje de una zarzuela?).

Compañía que, siempre ha estado a la vanguardia, pues desde hace mucho tiempo hace teatro inmersivo, ya que convierten a sus espectadores en parte de la obra. Como en este caso, en que se supone que el público es y forma parte de los asistentes al funeral del notable e insigne Don Arturo. Por lo que se les dan pastas a la entrada y se les disfraza de ilustres asistentes. Embajadores emiratíes, obispos, monjas, sultanas del desierto y de este tipo. Ilustre representación que se sacará al escenario y que en algunos momentos se les sentará en sitio principal.

Un teatro inmersivo que permite ridiculizar temas tan en boga como el ser de un lugar. ¿De dónde es una china casada con un chulapo madrileño? ¿Y el hijo que esperan? ¿De dónde es el propio Arturo vinculado por nacimiento y familia a Barcelona, por sentimiento a un Madrid en el que pasó la infancia y por fortuna, la lotería que le tocó a su padre, a un París en el que se formó como bon vivant y formó ese gusto por las mujeres que le mantuvo donjuanesca y picaflorestamente soltero (siempre que se olvide ese asuntillo de los chóferes y fieles escuderos)?

Dos comedias que hacen del día que se va al teatro un día festivo, un día de fiesta.

Dos formas de hacer humor y de hacer reír que vistas parecen muy diferentes. Por el barniz que le han dado a cada comedia. Ese toque elegante y sofisticado, amenizado con música “melancólicamente” italiana, de la primera. Frente al que se sitúa ese humor más bizarro y más a la pata la llana amenizado por música bien ejecutada de revista, pachanga y popular de La Cubana.

Dos tipos de humor que sin embargo, apelan al lugar común de lo ridículamente humano. Sin olvidar justo eso, la humanidad de sus personajes, que sus motivaciones (sus porqués) y sus objetivos (sus paraqués) son perfectamente reconocibles entre sus espectadores. 

Es esa humanidad, a veces cargante de algunas personas y, por tanto, de algunos personajes y situaciones, lo que se gana el beneplácito del espectador que sentado en la butaca se puede reír de sí mismo sin complejos. Y, claro está, también se puede reír del vecino de butaca, también sin complejos, porque sabe que las risas son recíprocas. Que no hay mala fe, ni ensañamiento, ni burla. Solo ganas de pasarlo bien con los equívocos, las vicisitudes y la idiosincrasia de cada uno. De relajar las tensiones del día a día. De mirarlas con un cristal de otro color. Ya sea el del cristal de una botella de un cava (en el caso de La señora y la criada) o el de una botella de sidra (en el caso de Adiós Arturo). Al final, dos bebidas burbujeantes, espumosas y frescas en boca, ambas con su acidez, pero que se beben bien. Dos comedias que hacen del día que se va al teatro un día festivo, un día de fiesta.

 

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