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28/04/2019 08:08 CEST | Actualizado 28/04/2019 08:08 CEST

'Las cosas extraordinarias', de Paquita Salas a Brays Efe

Lucía Romero (Teatro Lara)

Es seguro que muchas de las personas que se acerquen a ver la comedia melancólica Las cosas extraordinarias de Duncan Macmillan que se acaba de estrenar en el Teatro Lara lo hagan por Brays Efe, su actor protagonista. Más bien por el personaje que le ha dado fama, Paquita Salas, creado por los Javis. Esos espectadores se sorprenderán, porque no encontrarán a esa Paquita Salas que van buscando sino a un actor que conoce su oficio y que sabe usarlo para implicar al público en un espectáculo en el que es clave para que la obra funcione y los espectadores se lo pasen bien.

La historia es, como toda buena idea, simple. Un niño, cuya madre ha sido ingresada por un intento de suicidio, se pone a hacer una lista de las cosas con las que pretende convencerla de que merece la pena vivir. Idea que, tal y como está contada e interpretada, baja cualquier barrera con la que se pudiera llegar al teatro. Esta lista vertebrará de forma consciente, inconsciente y azarosa la vida de este chico y de su familia. Una historia que se nota, se siente, que pertenece a otra cultura por los muchos y buenísimos referentes musicales de soul, blues, jazz, funky que tiene. Por eso se entiende mal que se haga el esfuerzo por localizarla en España, al menos como se ha visto en los preestrenos, cuando no hace falta.

Es una obra que tiene un aire indie, de esas películas que se hacían en los noventa de personajes que se acercaban a los treinta y tantos y habían crecido en los ochenta con las pelis de Star Wars (de las tres primeras que se hicieron, no se equivoquen). Es decir, hecha con la temperatura emocional de los primeros films de Kevin Smith o Wes Anderson o del largometraje Patterson, una de las últimas películas de Jim Jarsmuch. La vida de un chico de suburbio, chalet adosado o con jardín que ha crecido entre su casa, el centro comercial y el insti. También, por la sencillez de los materiales y lo cercanas que son las cosas que conforman la lista. Trabajados como en las novelas minimalistas norteamericanas que tanto triunfaron en España, con Raymond Carver a la cabeza. Novelas que han conformado gran parte de la cultura literaria y emocional española gracias a la editorial Anagrama.

Con ese espíritu y esta historia en la cabeza, Brays Efe no solo tiene que crear el personaje (y hacer olvidar a Paquita Salas). También tiene que saber involucrar al personal, es decir, al público asistente. Sin ellos no se podrá completar la lista. Sin ellos faltarán personajes claves para contar esta historia en la que también hay un padre, una psicóloga y, por supuesto, una pareja, con la que descubrir y vivir el amor. Dar indicaciones a los espectadores y que estos sigan el juego de buena gana no es nada fácil de conseguir. Lo hacen porque saben que el disfrute, el pasarlo bien, les va en ello, pero, también porque el actor sabe obtener la complicidad de ese público a base de crear cariño y empatía con su personaje.

¿Cómo se convierte esta historia corriente y moliente de un chico de barrio en algo extraordinario? Bueno, esto es lo que se suele llamar la magia del teatro. Un buen actor con un buen texto al que el director Pau Roca (que la ha interpretado en Barcelona) le ha sabido guiar por el proceloso mundo de ocupar el espacio, tener presencia en escena, y convertirlo en aquella persona que el espectador quiere seguir, quiere creer, con el que quiere estar allí y en ese momento. Ese colega que por fin se abre y te cuenta su vida. El érase una vez que tiene cada individuo con sus luces y sus sombras, también sus risas y sus melancolías. Un espíritu al que contribuye el que se haga en una sala lo suficientemente pequeña, como es la Lola Membrives, para crear la intimidad de esas confesiones inconfesables que te hacen los colegas.

Si bien es cierto que la mayoría de la gente no ha tenido que convivir con una madre depresiva y con intentos autolíticos, resulta difícil no identificarse con el personaje, con su anhelo por vivir, con las frustraciones, casi siempre ridículas y pequeñas, que cada uno de nosotros, como él, sabemos hacer grandes (cuanto más grandes y dolorosas mejor). Hay un momento que este personaje, como hacía Bibiana Monje cuando contaba la aparentemente terrible infancia con su abuela en LACURA, no se recuerda como un niño en circunstancias tristes. Sino en una infancia feliz como lo hacen casi todos los niños por terribles que sean sus condiciones. Es esa búsqueda en lo verdaderamente común, en lo que de verdadero tiene la vida corriente, lo que reúne a los espectadores alrededor de Brays Efe. Lo que les emocionará les reconfortará y les divertirá por igual en una especie de comunión laica de la que tan necesitada está la sociedad. Tanto que es seguro que habrá gente que repita e incorpore esa obra a su lista de cosas extraordinarias y bonitas por las que merece la pena vivir, esa que todos los que van pasando por allí ya han comenzado a hacer. Uno, helados. Dos…

 

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