‘Los días ajenos de Bob’ o hago Bob Pop y aparezco a tu lado

"La broma de alguien que se toma las cosas en serio".
Escena de 'Los días ajenos de Bob Pop'.
Muricio Rétiz/Teatro La Latina
Escena de 'Los días ajenos de Bob Pop'.

¿Un teatro de los grandes como La Latina casi lleno un jueves para el restreno del monólogo Los días ajenos de Bob? Pues sí. Así de popular y mainstream es Bob Pop. Para quien no lo conozca, uno de los entertainers de Late Motiv, el anterior programa del tándem Andreu Buenafuente-Berto Romero. Un artista que para contar sus diarios en escena se ha asociado a la productora de estos dos, El Terrat, y al director de teatro Andrés Lima.

El resultado es un espectáculo con apenas atrezzo, tampoco mucho movimiento. Bob Pop tiene esclerosis múltiple, lo que le limita de forma importante la movilidad. Por eso permanece sentado en escena durante toda la función y le cuesta abrir los libros que usa y buscar en ellos las páginas que quiere leer. Una limitación sobre la que bromea diciendo que hace magia, aunque no es el Mago Pop, no se equivoquen.

Porque esta es una de las señas de identidad de la propuesta. La broma de alguien que se toma las cosas en serio. De alguien que por edad seguramente fue educado con que la letra con sangre entra, y que él trastoca, como un auténtico mago nigromante, en que la letra con risa entra.

Así se da y da el lujazo, para él y para quien se le ha sentado delante pagando una entrada, de leer en voz alta los diarios de Alejandra Pizarnick, Andy Warhol, Cesare Pavese, Fran Kafka o Leo Tolstoi. O citar a dramaturgos como Joe Orton o naturalistas como W. N. P. Barbellion. Todo sin que la gente salga huyendo, como sucede en la vida real cuando se les habla de libros y más de estos autores. Bob Pop podría leer hasta el diario de Dios, la Biblia, si hubiese querido. El público escucha más que interesado y mantiene los móviles a buen recaudo, porque lo que les interesa es lo que ocurre en escena.

Y lo que sucede en escena es un tipo que habla sin tapujos de su homosexualidad. De los miedos y riesgos de ser un gordito aplumado en el cole, en el insti y hasta en la universidad. De saber que lo era en un mundo en el que a los maricas, que todavía no se habían convertido en la comunidad LGTBI+, eran echados de las casas familiares después de ser molidos a palos. Donde no tenían referentes de cómo poder ser en el mundo uno más, uno de tantos.

Escena de 'Los días ajenos', de Bob Pop.
Muricio Rétiz/Teatro La Latina
Escena de 'Los días ajenos', de Bob Pop.

Pues bien, ese marica discapacitado, como él mismo se describe en la obra, cuenta el resultado de un juego. Uno que ha creado escribiendo un diario en el que mezcla sus reflexiones del día con la que otros escritores, como él, hicieron ese mismo día en otro año. Tratando de crear un dibujo en el que resignificar su vida. Lo bueno, lo malo, lo nimio o lo fantástico que le hubiese ocurrido. Dotarla de sentido.

De tal forma que por el escenario discurren sus negocios, sus jefes, sus sosias como Inmaculada Sanz, su familia, sus vecinos, sus autores favoritos, sus parejas y sus amigos. Esos que siempre supieron ponerlo en su sitio cuando estaba perdido o desorientado.

Y aunque habla de la violación que sufrió, del acoso escolar, de ser una víctima, de la enfermedad, de ser engañado (en el amor y en los negocios), del trabajo, no siempre placentero, no siempre de gusto, de explotación laboral a izquierdas y derechas, de la reciente historia oficial y de la historia cocainonimamente rosa de España, y de cómo estas se tocan, se sale con el corazón contento, lleno de alegría.

Hay varios motivos. La rapidez para encontrar el chiste, lo gracioso en las diferentes circunstancias, y lanzarlo de forma amable a la platea, es uno de ellos. Así como el saber apostillarlo, darle base y fundamentos, y no hacer un espectáculo de reír por reír. Como muestran las referencias musicales que usa. Aunque tampoco parece que le haría ascos a hacerlo.

Escena de 'Los días ajenos' de Bob Pop.
Muricio Rétiz/Teatro La Latina
Escena de 'Los días ajenos' de Bob Pop.

Sin embargo, lo más importante es que sabe crear ese grado de intimidad en que el espectador siente dos cosas. La primera que Bob Pop se lo cuenta a solo a él, ella o elle, como si no hubiera nadie más en el teatro. Como si hiciese realidad la canción de Hago ¡chas! (o Bob Pop) y aparezco a tu lado. La segunda que ese grado de intimidad se produce en un ambiente de disfrute colectivo, con otros. La sensación de comunidad.

Puede que en este monólogo sobre la forma en que termina el homenaje que le hace a su marido. O esa necesidad de remarcar que es de verdad, auténtico. Solo hay que escuchar todo lo que cuenta y, sobre todo, cómo lo cuenta, para percatarse de que ambas cosas son ciertas sin que lo diga tan expresamente.

Como quizás sobre el chiste de que nunca hay bastantes drogas para pasarlo bien, porque como saben los adictos, sus familias, sus amigos y sus terapeutas siempre son demasiadas. Broma que se matiza en parte con las tristes historias que cuenta de celebrities cocainómanas mandando a sus también famosas hijas a comprarles drogas a las Barranquillas.

Se podría pensar que con lo anterior, un escritor, que se describe antes que nada como lector, un buen lector sobre todo de sí mismo, trata de buscarle sentido a todo lo que le ha pasado. Y le está pasando. Una búsqueda en la que encuentra el sentido justo en lo contrario, en el sinsentido de vivir y de la vida. Un sinsentido que Bob Pop invita a abrazar, como ha hecho él y como antes hicieron otros. Gentes que también lo dejaron por escrito.

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