BLOGS
15/08/2020 11:58 CEST | Actualizado 15/08/2020 11:58 CEST

Los guardianes de las fronteras intelectuales

Entrevista con el sociólogo Mario Domínguez.

maxcam2008 via Getty Images

Cualquier persona que aspire a comprender el mundo actual debería tener en cuenta la siguiente advertencia: ¡Cuidado con los guardianes de las fronteras intelectuales! Los científicos querrán silenciar a los sociólogos, y estos a los filósofos de la ciencia; los intelectuales desconfiarán de los antropólogos, que no querrán saber nada de los politólogos, y estos últimos no se tomarán en serio a los teóricos de la literatura. Y así sucesivamente en un juego de suma cero. Mario Domínguez, profesor de sociología de la Universidad Complutense de Madrid, me previno en numerosas ocasiones contra esas barreras, límites en ocasiones autoimpuestos. No solo hay muros físicos como los que documenta el historiador David Frye, sino fronteras epistemológicas, morales, políticas y culturales. He hablado con Mario porque él es un enemigo acérrimo de las fronteras intelectuales y sus ideas pueden ayudarnos a escapar de los falsos paladines del conocimiento. Estimados lectores, crucen la frontera:

 

ANDRÉS LOMEÑA: Acabo de terminar la novela Tierra Americana de Jeanine Cummins, una obra que ha sido vapuleada por reproducir estereotipos. Además, la autora estadounidense ha sido acusada de apropiación cultural porque describe la vida de una mujer mexicana perseguida por un narco. Esta lectura me ha hecho pensar en el manifiesto publicado en Harper, apoyado por Vargas Llosa y muchos otros, en contra de la intolerancia, los linchamientos mediáticos y la llamada cultura de la cancelación. ¿De veras es creíble, en nuestro contexto, la imagen de una izquierda totalitaria en contra de la libertad de expresión?

MARIO DOMÍNGUEZ: Manifiestos, intolerancia, linchamientos mediáticos… me temo que lo que aquí está en juego es la transformación acelerada de la figura del intelectual, no obstante siempre incitado por toda su tradición ideológica a pensarse como portador y portavoz de lo universal, como una suerte de “funcionario de la humanidad”. Con el intelectual se tiene además la sensación de que, al disponer de un espacio mediático, no se necesitan más pruebas de los conocimientos y capacidades de una persona para aspirar a imponer su visión moral; basta la fuerza de sus ideas, la espectacularidad de su gesto. 

Para empezar, cabe aceptar, con Pierre Bourdieu, que el intelectual no se conecta de modo directo a la sociedad, ni siquiera a su clase social de origen, sino a través de la estructura de un campo intelectual que funciona como mediador entre el autor y la sociedad. Dicho campo, por otra parte, no es un espacio neutro de relaciones interindividuales sino que está estructurado como un sistema de relaciones en competencia y conflicto entre grupos en posiciones diversas, como un sistema de posiciones sociales a las que están asociadas posiciones intelectuales. Sería arduo explicar aquí que este prestigio no se corresponde con la contabilidad de libros o artículos que los media destacan como un capital intelectual contante y sonante, ni con la utilización de términos o citas de autores que tantas veces se esgrimen en las declaraciones. Ni siquiera el gesto contrito y agonístico que le permite a un interlocutor elegido, por la mera fuerza de su genio, señalar el fin de algo (de los tiempos, de la política, de la novela… táchese lo que proceda) y quedar él mismo como último referente.

Lo cierto es que la figura del intelectual sigue manteniendo una forma de capital especial cual es el capital simbólico o “prestigio”, y comprende bienes simbólicos como la credulidad que los títulos académicos y los premios diversos aportan a su propietario, o la pertenencia a un grupo social que da fama a un individuo, así como honor, buena reputación, respeto y reconocimiento por los otros. Para la adquisición de estos bienes basados en modelos de percepción y criterios comunes se necesitan las otras formas de capital: capital simbólico, que es la credulidad y autoridad que se atribuye a un actor gracias a su capital económico, cultural y social, y gracias a las oportunidades resultantes de imponer sus puntos de vista y sus valores como exclusivamente válidos, es decir, gracias a su poder social. En efecto, estamos hablando de una economía de poder que se superpone a una economía de saber (como hubiera dicho Foucault): lo que está en juego es quién habla y quién está autorizado a hablar legítimamente.

Pues bien, el mundo intelectual es hoy el lugar de una lucha que apunta a producir y a imponer “nuevos intelectuales”, a proponer, por lo tanto, una nueva definición del intelectual y de su papel político, en adelante comprometidos en los vagos debates de una filosofía política sin tecnicidad, de una ciencia social reducida a una politología de velada electoral y a un comentario sin vigilancia de sondeos comerciales sin método. Platón tenía un término magnífico para toda esta gente, el de doxósofo: ese “técnico-de-opinión-que-se-cree-sabio” proyecta los problemas del conocimiento en los términos en que se los plantean los hombres de negocios, los hombres políticos y los periodistas políticos (uso el masculino aposta ya que es un terreno androcéntrico), es decir, exactamente los que pueden pagarse los sondeos o incluso hacerlos por sí mismos.

Además, el campo establece un carácter terriblemente posicional: o haces prevalecer tu razón y estás vivo o fracasas en esa labor y estás muerto (dentro del campo). Esta suerte de “terrorismo intelectual”, propio de todo interlocutor que comienza con frases del tipo “como todos ustedes saben” cuando en realidad apela al (re)conocimiento de una minoría (casi nadie lo sabe) tiene además, retomando el viejo chiste de Woody Allen, un carácter mafioso: en cierto modo los intelectuales son inofensivos, solo se matan entre ellos.

Lo cierto es que el cuarto poder funciona; hace lo que tiene que hacer, es decir: crear una opinión publicada, más aún, confundirla con una opinión pública.

A.L.: No sé si la idea de Mediocracia de Alain Deneault le parece una buena caracterización del presente, pero desde luego parece que vivimos una cierta mediocridad intelectual, política y cultural. Ha aludido de forma crítica a la socialdemocracia como el sistema que mejor gestiona el capitalismo en crisis, y la noción de hegemonía cultural quizás sirva para entender la conveniente anestesia del conflicto social. ¿Cómo reconstruimos una sociedad tan polarizada y devaluada cuando todo, incluido el cuarto poder, está fallando?

M.D.: No quiero que se me tome por un funcionalista de lo peor, pero lo cierto es que el cuarto poder funciona; hace lo que tiene que hacer, es decir: crear una opinión publicada, más aún, confundirla con una opinión pública. Ya Habermas nos advertía cuál había sido la genealogía de dicha opinión: ese público lector, a la vez instruido y propietario, formado por individuos privados y con autocomprensión de su estatus, al que se atribuye el papel de sujeto moral del Estado burgués de derecho, entiende su esfera como esfera pública y anticipa en sus consideraciones su pertinencia para toda la humanidad. 

De todos modos, la actual y acelerada transformación de los media fomenta la aparición de tipos híbridos que escapan por entero de las definiciones clásicas del intelectual como sujeto activo y productor de la opinión pública y traicionan el legado defendido por los herederos del compromiso y la militancia. Se produce una erosión de las fronteras entre los campos dedicados a la producción especializada (guiados por criterios intelectuales) y los orientados a la producción de masas (guiados por criterios empresariales). En la tierra de nadie que surge por la difuminación de las fronteras tradicionales aparecen agentes bastardos que Bourdieu denomina “periodistas intelectuales” o “intelectuales-periodistas”. Es aquí donde la televisión y los medios vinculados a Internet se han integrado cada vez más en el universo intelectual y diversos sectores académicos y políticos se han insertado sin complejos en el juego mediático, con lo cual se han transformado las reglas del debate. Ante la afluencia de las plataformas audiovisuales y telemáticas, los intelectuales han desplegado diversas estrategias mediáticas en virtud de las cuales han tratado de adaptarse al nuevo panorama.

La primera estrategia es el retiro al ámbito universitario o especializado y la renuncia a todo contacto con los medios de comunicación, con la convicción de que la lógica del espectáculo que impulsan es incompatible con las pautas más elementales de la discusión racional. La segunda es la participación selectiva en determinados debates impulsados por los medios, utilizando los conocimientos y competencias adquiridos en favor de la difusión de una determinada causa o idea en el espacio público. Esta alternativa ha supuesto un gran esfuerzo para traducir el lenguaje esotérico de la especialidad a un lenguaje sencillo y comprensible para la mayoría. La tercera estrategia ha sido la integración complaciente en los medios, adaptándose a las formas de notoriedad y celebridad que estos otorgan. De este modo, el intelectual se transforma en una estrella del espectáculo que tendrá que competir con el resto de las celebridades para ganarse la atención del público. Una cuarta estrategia, más conectada con el universo de las redes sociales vía Internet, ha acarreado una inversión, por parte del grupo de intelectuales, en la configuración de las mismas redes a su medida, acompasando los tiempos con el aprendizaje y la incorporación de las audiencias e invirtiendo el desgaste del proselitismo en una minoría activa, al menos en comparación con los medios audiovisuales tradicionales.

El éxito de la tercera opción por la que en un primer momento se ha decantado el populismo de izquierdas se debe a su capacidad para traspasar la barrera de los especialistas y atraer el interés de un público más amplio, mezclando los contenidos culturales con el espectáculo y la polémica. Por eso su relación con los media, en especial la televisión, no es un hecho casual, sino intencionado y estratégico. Al lograr programas con tensión dramática en los que no sobraban, sino más bien todo lo contrario, las contiendas verbales, el conflicto político se convierte en una forma de entretenimiento para las masas. A diferencia de otras apuestas que buscaban un proselitismo más refinado a través de las redes sociales y un lenguaje esotérico, el intelectual populista de izquierda se permite acudir a los medios tradicionales, sin desestimar los otros, anticipando su efecto político y logrando aquilatar una presencia masiva en lo que importa para su paso al realismo de la política: el mercado electoral.

El intelectual se transforma en una estrella del espectáculo que tendrá que competir con el resto de las celebridades para ganarse la atención del público.

A.L.: Por más que me empeño, sigo sin comprender la deriva política de algunos intelectuales y el auge de la extrema derecha. Sánchez-Cuenca critica a algunos autores nacionales por su desfachatez intelectual y para mí pertenecen a lo que llamaría la escuela de la vergüenza, pensadores y políticos que se sienten obligados a reinventarse por lo que una vez fueron, sustituyendo un viejo dogma por otro nuevo. Me cuesta creer que el éxito de este nuevo integrismo político-cultural se deba principalmente a que estén financiados o asesorados por oportunistas como Steve Bannon.

M.D.: Sánchez-Cuenca habla de lo que sabe puesto que él mismo ha constituido, y de hecho sigue haciéndolo, esa categoría de intelectual orgánico (tómese esta expresión como un oxímoron) solo que ahora, mirando hacia atrás con ira, reconoce esa reinvención. Pero me temo que sostiene la misma preocupación egoísta de hacerse valer (frecuentemente a costa de los rivales), lo cual explica que las “declaraciones efectistas” se hayan vuelto una práctica tan común en este tipo de denuncias a la totalidad. De todas formas, lo importante no es tanto ese aparente cambio de dogma, sino el mantenimiento de la subjetividad hipostasiada que han configurado tales élites autoelegidas. Ante el fenómeno según el cual gran parte de la “gauche divine” se ha transformado con el tiempo en una derecha conservadora, para mí lo interesante no está en el sujeto de la oración y su mutación izquierda-derecha, sino en el adjetivo que es el sujeto de la acción: “divina”. Se trata de personajes presumidos, atentos antes que nada a hacerse ver y valer, en contradicción total con los valores de devoción humilde por el interés colectivo que defendían el funcionario o el militante. Nunca han perdido su condición de divos, ni han renunciado al beneficio del portavoz, según esa formulación del misterio del ministerio que defendía Bourdieu. Lo que tienen en común a lo largo de su trayectoria es ese milagro de la transustanciación que reviste a la palabra del portavoz de una fuerza superior que le otorga el grupo en el que la ejerce.

Así pues, no veo tanto un integrismo como una mutación de la figura del intelectual, la reconversión del intelectual tradicional, que por cierto tiende a situarse en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Estos intelectuales politizados, conversos a la vez que populistas, son herederos del radicalismo político y las movilizaciones sociales de las décadas de 1960-1970, así como de ciertas corrientes vanguardistas. Todas estas movilizaciones y corrientes fueron en gran medida asimiladas y filtradas por algunos departamentos académicos y redacciones de revistas, impregnaron las metodologías científicas de diversas áreas de las ciencias sociales y llevaron a sus representantes a la destrucción de ciertos prejuicios y creencias. En algunos casos se convierten en especialistas de la manipulación de conceptos teóricos, en gestores del escándalo y la provocación, en auténticos relaciones públicas de la disidencia, siguiendo el legado de la sociología crítica de Wright Mills, quien aseguraba que la responsabilidad de los intelectuales era “decir la verdad y exponer las mentiras del gobierno”, pero prevaleciendo ese beneficio del portavoz.

Por último, cabe avanzar un supuesto metodológico: para acceder duraderamente al campo intelectual en alguna de sus arenas, ocupando posiciones de dominación, se requiere estar en posesión de un capital en alguna de sus especies pertinentes en este espacio, así como de una cierta competencia que aquel prefigura. Pierre Bourdieu abordó esta conjunción de capital y competencia mediante un programa de investigación que distinguía entre especies de capital, el habitus de los agentes y las propiedades del campo, pudiendo variar históricamente estas últimas. Esto quiere decir que el capital intelectual, mezcla en gran medida de capital político y cultural, es tan solo una de las especies posibles que habilitan a los agentes para acceder al campo, lo que a su vez redunda en distintas formas de habitar el mundo, de actuar en él, de percibir lo que allí ocurre y por tanto de profesionalizarse en dicho espacio; esto es, un conjunto de maneras prácticas de permanecer en el campo unificadas por el habitus. En tal sentido, el habitus se presenta como una matriz de comportamiento, es decir, como un principio cognitivo socialmente constituido que opera en dos direcciones de la práctica, en este caso del intelectual profesional: por una parte, el habitus es un principio estructurado, es decir, un conjunto de aprendizajes que fueron internalizados por el agente y ordenados en la forma de un esquema organizador de sus prácticas, lo que le confiere coherencia a la actividad perceptiva del sujeto; y por otra un principio estructurante que se manifiesta en modalidades también coherentes de apropiación del mundo político y sus objetos.

Estos intelectuales politizados, conversos a la vez que populistas, son herederos del radicalismo político y las movilizaciones sociales de las décadas de 1960-1970, así como de ciertas corrientes vanguardistas.

A.L.: No querría despedirme sin preguntarle por las próximas novedades de Dado Ediciones, editorial que ayudó a fundar y en la que participa activamente.

M.D.: ¡Gracias por estos momentos de publicidad tras analizar la perversión de los medios! Lo cierto es que apostar por una editorial en estos tiempos es una mezcla de sinsentido económico, autoexplotación laboral e ingenuidad cultural. Como indica su presentación, no nos erigimos en portavoz del antagonismo, de la rebeldía, de la oposición, del contrapoder o de la docencia progresista, sino que sólo nos apasiona la ambición de la crítica y su difusión a través de un medio tan convencional como poderoso que es el libro. Dicho de otro modo, no se trataba de partir de la militancia para llegar a la crítica, sino más bien al revés.

Tras el parón por la pandemia, tenemos demasiados proyectos entre manos. Acabamos de publicar Individualidades, común y utopía. Crítica libertaria del populismo de izquierda de Philippe Corcuff, cuyo subtítulo lo dice todo. Vamos a reeditar Miserables y locos de Fernando Álvarez-Uría, a mi juicio uno de los ejemplos más logrados de análisis foucaultianos aplicados al siglo XIX español mediante la historia paralela de instituciones como la cárcel y el manicomio, a su vez inseparables del orden público y la práctica médica. También hemos traducido un libro de Béatrice Hibou, La burocratización del mundo en la era neoliberal, que analiza magistralmente la proliferación actual de la burocracia como un vector de disciplina y control, pero también un productor de indiferencia política y social. Rafael Fraguas de Pablo se atreve con Papel envuelve roca. Semblanza en claroscuro de Juan Luis Cebrián, lo que le permite realizar una crítica sagaz de las transformaciones del periodismo actual a través de una antibiografía. Y por último, pero no menos importante, una compilación titulada Estado y Capital. El debate alemán sobre la derivación del Estado muestra la condición específicamente capitalista del Estado actual, señalando con ello los límites estructurales de su funcionamiento bajo el actual modo de producción: el Estado capitalista es el gestor de las crisis del capital, no su superación.

NUEVOS TIEMPOS