'Los hijos del herrero'

'Los hijos del herrero'

Relatos a la sombra: los cuentos de Abraham García.

'Los hijos del herrero'.Mario Elias Munoz Valencia via Getty Images

Tiempo ha, en Madrid, más de un concejal, preñado de vanidad, se teñía la cara para hacerse pasar por Baltasar en la carroza regia. Así, hasta que surgieron justificadas voces discordantes que se preguntaban si no había suficientes negros en la ciudad para tener que recurrir a un edil embetunado.

Cuando un amigo recabó mi opinión sobre tan oscuro asunto, malicié que era peor en Harlem, donde cada cinco de enero pintaban de blanco a Melchor y a Gaspar.

En la mísera y añorada aldea de mi infancia (uno es de donde se hace la primera paja), en la que no existían los Reyes porque no había zapatos, cualquiera de los ilustres hijos del herrero (Anastasio, Cirilo, Resti, Juan), y tras horas, y siglos, respirando escoria, accionando un fuelle aún más fatigado que su resuello y comiendo pan de hollín (el pan era negro y el queso se ponía), habría hecho, sin necesidad de maquillaje, el Baltasar perfecto.

Hace unos días Resti y su santa pasaron por Viridiana. Hacía sesenta y un años que no nos veíamos. Y como no traía la tez negra, me costó reconocerlo. Le saqué por la pinta, Vulcano con canas, pero con la misma lucidez e igual sonrisa.

En estas seis décadas se había forjado un pasado convirtiéndose en un prodigioso metalúrgico.

-Curré unos cuantos años en Bagdad, montando puertas y ventanas metálicas. Y ya ves, para que algún tiempo después las reventaran los americanos.

Aunque pagaban bien, los europeos éramos pocos, pero había miles de chinos. Tailandeses —precisó—.

Bastaba con que éstos te vieran dos veces hacer el montaje, y ya lo hacían ellos. Aún sigo preguntándome cómo pueden ser tan listos y comer perro.

Vivíamos en barracones parejos y, desde el nuestro, podía ver a diario como los desollaban. Me apenaban los animalitos. Y más de una vez me invitaron a comer, pero… me pareció un poco tarde para ladrar.

Dudo mucho que la inteligencia de los ojos rasgados pueda compararse con la de los hijos del tío Casimiro que, en su asfixiante rincón, hacían prodigios (Milagros, su mujer, era insuperable entre pucheros y bordaba el aliño de las aceitunas).

Bajo la morera eterna, y en apenas doce metros cuadrados, se fabricaban todas las herramientas que requería la aldea, desde la reja que preña la tierra hasta la hoz que abraza las espigas.

En otro entorno, en otras circunstancias, bien lo sabía Ortega, cualquiera de los cuatro habría llegado a ser ingeniero aeronáutico cuando menos.

A Cirilo, noventa y muchos tacos, me lo encuentro a menudo en el Mercado de Maravillas. Hoy, caminando despacio, nos hemos acercado a un bar latino que me tentaba con su arcoíris de zumos exóticos. Precisaré que eran las nueve y media de la mañana.

Y me ha apenado ver el esfuerzo que le requería domar el taburete. Antes de cabalgarlo, lo ha mirado como si se tratara del toro mecánico. Él, que trepaba como una gineta a la cimbreante punta de los chopos si el nido valía la pena.

-¿De qué te apetece el zumo, Cirilo? —le he dicho señalando papayas, maracuyá, mangos…—.

Girándose, me ha mirado perplejo antes de preguntarme.

-¿Es que ya no hay cerveza?

Con Juan compartí rebaño e intemperie. Ambos pastoreábamos nuestra soledad por esas sierras de Dios, y jamás nos hicimos preguntas trascendentes; pero los dos, sin saberlo, estábamos más cerca de Miguel Hernández (“En cuclillas ordeño una cabrita y un sueño”) que de David González (“Si Dios es mi pastor, ¿quién es mi perro?”)

A mi tío Anastasio, que ya es yerba, le llevé en más de una ocasión una herradura perdida y abrillantada por la lluvia. Horas después, podía pasar a recoger la mejor navaja con sus cachas de fresno.

Estaba hurgando el corazón de un arce, cuya generosa savia primaveral nos permitía beber en la cumbre, cuando de repente ladraron los perros. Acojonado por si era el guarda o los civiles, tiré bruscamente de la navaja y se quebró la hoja.

-Esta salió floja, tío —dije mostrándole el plateado muñón—.

Anastasio, martillo en mano, me miró fijamente para espetarme:

-Lo más probable, chaval, es que la herradura que me trajiste fuese de burra o buey; la próxima tráemela de caballo.

Y el relámpago de su risotada iluminó la fragua. Dio un tiento al morapio y, abriéndose de brazos, me dijo:

-No te preocupes, la próxima te la haré de acero para que presumas.

Para congraciarme, acerté a decirle que errar es de humanos.

-¡Y de herreros! —sentenció mi tío arreándole al yunque—.

Aún recuerdo cuando se compró una Lube, que parecía una cabra metálica. Naturalmente a plazos.

En mi pueblo todo se adquiría a plazos. Se miente de un vecino afortunado que se mercó un jamón y dio el codillo de entrada.

En Robledillo, la flamante moto fue un acontecimiento; hasta entonces, lo más sofisticado que había surcado el empedrado de mi pueblo había sido la carretilla del tío Ineso, el peón caminero.

Con aquel cacharro, y por senderos de tierra, viajaba hasta Talavera a buscar la gasolina para los candiles (ni se imaginan el luminoso salto que supuso jubilar los de aceite).

Transcurrían los años cincuenta, en los que el estraperlo era la norma, y algún listo de Cuatro Vientos (en los Parques Móviles, ese mamoneo, lo hacían hasta ayer) se forraba trapicheando con el carburante. En vez de gasolina, Anastasio nos trajo queroseno, y todos los candiles explotaron al llegar la noche.

Mi tío Anastasio, compungido, fue disculpándose casa por casa:

-¿Os ha pasao algo? ¡Me la han jugao estos cabrones!

-Nada —dijo mi madre—. Bueno, sí; al gato se le chamuscó la jeta.

-¡Bah! Necesitaba un afaitao —zanjó mi padre descolgando la bota—.

Y yo no me churrusqué, de milagro, gracias a que a esa tardía hora estaba dándoles algarrobas a las cabras. Pero la llamarada ahumó para siempre el poyo de piedra en el que se aletargaba “mi adolorida infancia”.

Nítida, como un disparo en la sien, me viene al pelo una historia vivida en aquellas tierras de maquis muchos años después. Cazábamos a la espera y (hoy nos follaría el SEPRONA) recurríamos al charco de petróleo: infalible cebo que el jabalí busca para desparasitarse y en el que se revuelca con lujuria.

Iluminado por la luna, entró al charco un guarro inmenso, jurásico, como de Altamira. Y mi pariente, precipitándose, marró el tiro a menos de veinte metros. Ruborizado, aunque la compasiva noche lo camuflaba, maldijo:

-Su puta madre. Ha sido bañarse y salir escopetao. Oye, tíos ¿no habréis puesto queroseno en vez de petróleo?

La Lube era fea de cojones. Con aceptada resignación, Anastasio, encogiéndose de hombros, se sinceró.

-De fuera —y apuntó al horizonte— las había guapísimas, pero a mí sólo me alcanzaba para el “ganao” nacional. Y a plazos, claro —matizó—.

La que me quita el sueño es una “Arley”. Si hubieras visto su manillar, muchacho… como plateados cuernos de vaca —suspiró antes de proseguir—. Malicié que conducirla debía de ser como arar tumbao. ¡Y el ruido, Abraham! ¡Ay, el ruido! Coño. Con decirte que me agaché hasta el tubo de escape a ver si salían palomitas…

Mi tío Anastasio se marchó hace poco. Lo reclamaba mi tía Jacinta, y al caballo de Santiago le apremiaban herraduras nuevas. Pero él, en realidad, se había ido años antes, junto a un forastero indeseable al que llaman Alzhéimer.

Cualquiera de los cuatro hijos de Casimiro sabía tañer la guitarra, masturbar a la zambomba, fatigar el almirez o hacerle cosquillas a la rugosa botella de anís que se habían bebido otros.

Y cuando la noche y los murciélagos enlutaban el cielo, la jota en la era, con letras picantes como el tamo de centeno, era sana costumbre.

La despedida no podía ser más romántica:

“Está mi mujer de parto

y tengo la burra mala.

Allá va la despedida,

me voy volando a la cuadra”

-¿Querrías volver a Bagdad? —pregunté a Resti—.

Éste espantó con la mano una mosca de tristeza y dijo tajante:

-No. Allí fui feliz.

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He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”