Los negros y la televisión

Fue doloroso y glorioso ver con mi hija este programa en La Sexta, en la tele generalista.
El futbolista Iñaki Williams, durante el 'Salvados' del domingo. 
El futbolista Iñaki Williams, durante el 'Salvados' del domingo. 

Marzo de 1998. Redacción de un programa de televisión, un talk show de la televisión autonómica valenciana. Llevamos unas semanas con malos datos. El del viernes especialmente. El director del espacio está cabreado. Nos convoca a una reunión. Casi todas somos mujeres, jóvenes periodistas con aptitudes, con inquietudes. No sé bien si somos conscientes de la mierda de programa en el que trabajamos. El director nos da la chapa. Nos dice lo que quiere y lo que no para el siguiente programa, que irá de Gente sin complejos. Habrá que traer gordos que estén contentos (pero tendrán que ser muy gordos, ¿eh?). Advierte al grupo de periodistas:

—Los contenidos del último programa eran una mierda. Necesitamos perfiles más fuertes, no podemos conformarnos con lo primero que nos llegue. ¿A quién le interesa ya un cura casado? A nadie. Quiero cosas más potentes. Ya podéis empezar

Se marcha a comer, vuelve, recibe otra llamada de la dirección de la cadena. Entra malhumorado en la redacción, mira de soslayo al equipo. Una por una vamos contando lo que tenemos hasta el momento. No le gusta nada.

—Está prohibido traer negros, gitanos, bizcos, mellados o extranjeros, y no quiero a gente que tenga acento.

Nosotras tomamos nota: prohibido.

—¿Y los cubanos? En el programa sobre Cuerpos Diez tenemos varios —pregunta una de las periodistas.

—¿Son negros? —inquiere el director.

—No lo sé, solo he hablado con ellos por teléfono —le replica ella.

—Pues pregúntales si son negros. Si nos negros no los quiero, a la gente no le gustan.

Dato: Esta historia aparece más detallada en mi libro ¡Mírame, tonto! Lo digo para los colegas de Todo es mentira, de Risto Mejide, que luego se marcan varios programas machacándome porque he escrito algo que YA había contado YO en MI libro. Porque parece que plagiarse a sí mismo es un nuevo concepto.

Entre ese programa de Canal 9 donde trabajé (yo fui una de las que apuntó: no quiero negros, a la gente no le gustan) y el Salvados del domingo, #Salvadosracismo, con Gonzo, estupendo, a la cabeza, han pasado 23 años y muchas cosas buenas. Para empezar, yo tengo una hija negra. Para seguir, la tele, la generalista y la de las plataformas, es un lugar mejor, un lugar más sano, lleno de momentos sublimes, de gente capaz, de jóvenes periodistas con aptitudes, con inquietudes y cuyos jefes, por fin, no son escoria. Ya nadie se atrevería a decir en una reunión de contenidos, en voz alta, estas frases gruesas y letales, ya pocas periodistas se doblarían sobre la mesa y anotarían la advertencia para tenerla en cuenta después.

Vimos este Salvados en familia, con nuestra hija Carlota, que es una niña de 15 años negra. De Etiopía, el país al que fuimos a buscarla cuando apenas tenía un año.

Fue doloroso y glorioso ver con ella este programa en La Sexta, en la tele generalista. Yo me sentí interpelada. Incómoda a ratos, reconfortada, airada y feliz a partes iguales. Y conectada también. En la tele no había estereotipos, no había miradas retorcidas hacia los de su raza. Había chicas como ella, estudiantes, funcionarias, actrices, y dos deportistas de élite, Iñaki Williams y Sitapha Savane, que fueron un torrente de sensatez, de alegría, de cordura, de sosiego. Carlota asentía, se envalentonaba, se sentía parte, se reconocía en las quejas, en los lamentos tibios y yo veía que la tele servía de verdad para algo bueno. Los personajes que salían en Salvados no eran los negros de las series americanas, los únicos en los que ella puede verse reflejada alguna vez, eran negras que hablaban castellano, que manejaban sus mismos códigos, y que no tenían ningún problema es afirmarse como negras.

Supongo que habría más niños como ella, más jóvenes entre ese 1.675.000 espectadores que vio el programa en directo. No sé cuántas chicas oyeron a las jóvenes negras que salieron, hablar de ese doble castigo que les toca a ellas: los microrracismos y los micromachismos. O de las vejaciones. Acabaron el programa, seguro, sintiendo que la tele había charlado con ellas.

No era la primera vez que la pantalla me hacía fijarme en lo negro y compararlo con mi hija. Un día, poco después de llegar de Etiopía, la tele lanzó una imagen: un bebé negro, que acababa de sobrevivir tras un viaje aterrador en patera, a través del océano, miraba a cámara con los ojos grandes, asustado y perplejo. Su mano diminuta se aferraba a la camiseta de la compañera de la Cruz Roja que lo sostenía en brazos, tras rescatarlo.

La voz en off decía que nueve bebés como el de la imagen habían muerto en el mar y se habían quedado allí, entre las olas: a veces el mar los devuelve, como pasó con Aylan, y de pronto la orilla de la playa se convierte en el símbolo del fracaso del mundo. Yo recordé una foto de mi hija, del día que fuimos a buscarla al orfanato de Addis Abeba. El bebé redondito que era mira a la cámara con esos mismos ojos asustados y también cierra con fruición su puño diminuto en mi chaqueta.

En esa ocasión, la foto la hace el que acababa de convertirse en su padre, aunque ella no lo sabe aún. La diferencia entre ella y el bebé superviviente de la tele, es que la nuestra no era una niña sin papeles. La nuestra fue rescatada por padres del primer mundo y llevada a éste. Por simple azar, le tocó a ella. El bebé de la tele no, el bebé de la tele es de ese Otro Mundo donde las reglas son siempre distintas.

Otro reportaje de Salvados, con Évole esta vez, el que hicieron sobre el Astral, llenó mi salón de más ojos asustados y gigantescos: los de niños negros, tan idénticos a aquel que apretaba el puño sobre la chaqueta de la compañera de la Cruz Roja, tan parecidos a Carlota.

“En 2015 la BBC anunció su intención de incluir a más personas de color en su plantilla, para “combatir la sobrerrepresentación de las personas de raza blanca dentro y fuera de la pantalla”.”

También han pasado los años entre estas dos historias televisivas:

Lo cuenta el libro, que nadie debería perderse, ¿Por qué no hablo con los blancos sobre racismo?, de Reni Eddo-Logde. En una entrevista en 2010, en Radio Times, el actor David Oyelowo (que encarnó a Martin Luther King en Selma) habló de la ausencia de películas británicas sobre personajes históricos negros: “Rodamos dramas de época en el Reino Unido pero casi nunca hay negros en ellos pese a que llevamos centenares de años en estas orillas. Recuerdo que le presenté un drama histórico protagonizado por una figura negra a un ejecutivo británico, de esos que tienen poder para decidir si un proyecto se lleva adelante o no. Y lo que dijo es que, si no era Jane Austin o Dickens, la audiencia no iba entenderlo. Y yo pensé, vale, estás impidiendo que la gente conozca el contexto del país en el que vive y me estás marginando. No puedo con eso, de modo que me voy”.

El actor siguió empecinado. Junto a él, escritoras, periodistas, comunicadores negros se empeñaron en que la blanquitud no siguiera inundándolo todo. Escribieron libros, series de televisión en los que la mujer negra ya no era solo esa mami oronda y amorosa, ni la prostituta, intentaron estar en los castings en igualdad de condiciones. Hubo mucha gente dentro del universo audiovisual empeñada en todo esto, en que el imaginario colectivo fuera menos blanco, más diverso.

En 2015 la BBC anunció su intención de incluir a más personas de color en su plantilla, para “combatir la sobrerrepresentación de las personas de raza blanca dentro y fuera de la pantalla”. El político conversador Philip Davies se sintió muy agraviado la decisión. Estaba tan escandalizado que decidió tomarla con el director general de la BBC, Tony Hall. Cara a cara con Hall, en el comité de cultura, medios de comunicación y deportes de la cámara de los comunes, Davies dijo: “Si uno de mis votantes blancos y de clase trabajadora quiere esa oportunidad, ¿por qué debería privársele de ella solo porque usted se ha marcado unos objetivos de corrección política?”, cuenta Eddo.

Y ahora, el 2021. El año en el que Shonda Rhimes, la exitosa showrunner americana negra (creadora de Anatomía de Grey), la mujer que feminizó los géneros médico, político y legal y rehabilitó el muy desprestigiado concepto de ‘serie de chicas’, nos lanza en Netflix Los Bridgerton, esa serie maravillosamente banal donde todo es bonito, un puro divertimento lleno de dilemas tontos, de amores románticos, de escenarios perfectos. Pero lo más importante: sus personajes negros protagonistas (una reina de Inglaterra negra, un duque negro, una aristócrata negra, una joven preciosa negra) conviven en amor y concordia con el resto de personajes blancos. Sin complejos, sin explicaciones, sin advertir previamente de que eso sucede por algo…

La serie, que le gustaría mucho a Jane Austen si pudiera verla, ha sido un exitazo en la plataforma (signifique eso lo que signifique), pese a aquel vaticinio del ejecutivo televisivo.

Mi hija también la ha visto. En la tele.