Life

Mi cita a ciegas me llevó a un club de sexo

"Desnuda de cintura para arriba, miré a mi cita, que estaba cubierto con una toalla de cintura para abajo. Me sonrojé por lo que íbamos a hacer".

La hipnótica música techno me envolvía como si fuera la banda sonora de una película porno. Desnuda de cintura para arriba, miré a mi cita, que estaba cubierto con una toalla de cintura para abajo. Me sonrojé por lo que íbamos a hacer y, un poco por el miedo, le di la mano y entramos juntos a un exclusivo club de sexo para parejas en Nueva York.

Yo era una mujer de 31 años con muchas aptitudes y poco dinero, editora de una revista para mujeres que firmaba su columna de opinión como Dating Diva (La diva de las citas).

Ninguna de mis lectoras se habría podido creer lo que estaba haciendo. Mi lema siempre había sido “la seguridad es lo primero”. Evitaba ir a locales exóticos, me daba miedo ahogarme con las olas del mar, evitaba comer pescado crudo y las montañas rusas me daban náuseas.

Aunque físicamente tenía mucho cuidado, iba a lo loco en mis relaciones. Me atraían emocionalmente hombres increíbles: el hombre con trastorno bipolar que coleccionaba nunchakus antiguos y tenía un loro con un problema de carácter, el exproductor de Hollywood que quería que cambiara mi aspecto físico para parecerme a la rubia de ojos azules de sus sueños o el músico aficionado al karaoke que no tenía para comer y que vivía en Colorado (y en su coche durante una pequeña temporada en México).

Sentía unas ganas enormes de arreglar o apoyar a estos hombres para convertirlos en mi pareja perfecta, pero por mucho que me esforzaba, estas relaciones nunca funcionaban y me dejaban con el corazón hecho pedazos.

“Sentía unas ganas enormes de arreglar o apoyar a estos hombres para convertirlos en mi pareja perfecta”

Así pues, cuando Lana, una compañera de trabajo, me recomendó que tuviera una cita con Jim, un reputado cardiólogo que vivía en un ático de Nueva York, empecé a fantasear que pronto nuestros corazones latieran como uno solo.

Físicamente era mi tipo: alto, en buena forma y con gafas de empollón, pero era demasiado callado para mi gusto. Estábamos tomando una sopa de calabacín y colas de langosta con Lana y su novio cuando Jim nos contó que seguía muy unido a su madre y le divirtió saber que yo daba clases de Power Dating. El vino fue fluyendo, nuestro contacto visual era intenso y cuando terminó la cena, quise conocerle en un nivel más íntimo.

Yo tenía en mente tomar otra copa o ir a un club de baile. Él tenía otro plan.

Accedí a seguir a Jim, a Lana y a su novio Ryan a un bar de copas para tomar unas rondas más y subimos a un taxi para ir al centro.

El taxi se detuvo frente a un rascacielos gris con aspecto de edificio de oficinas y tomamos el ascensor para ir al ático. Pagamos a los porteros de la entrada y entramos.

Leí un letrero que decía: “Prohibido tocar sin permiso”.

“Esto..., ¿qué clase de club es este?”, pregunté.

“No te preocupes, no tienes que hacer nada que no te apetezca”, respondió Jim como si fuera un caballero de antaño.

Me sentí cegada por mi cita a ciegas, quien al parecer estaba más motivado por los genitales que por el corazón. Me preocupaba lo que quisiera hacer y lo que quisiera que yo hiciera. Sin embargo, su sonrisa radiante brilló más que las luces de neón de la sala y era un lugar público. Supuse que podría escapar rápidamente si algo iba mal. Mientras me preparaba psicológicamente para una aventura nocturna con la que no había contado, tomé precauciones en la entrada.

Todos los clientes tenían una taquilla para guardar la ropa.

“Espera, ¿también tengo que quitarme la ropa?”, le pregunté a Lana.

“No pasa nada, te puedes dejar las bragas. Es como hacer topless en la playa. Alguna vez lo habrás hecho, ¿no?”.

Al verla tan tranquila, no me quedó más remedio que seguirle el juego.

“Claro”, le dije, sacándome el vestido por encima de los hombros.

Lana se quitó el vestido y el sujetador y se dejó el tanga puesto y yo la imité. “Es como hacer topless en una playa”, me repetía a mí misma.

Entonces entró Jim a la sala. Se había quitado toda la ropa y pude ver sus piernas tonificadas, su pecho moreno y sus brazos musculosos. Se había puesto una toalla blanca alrededor de la cintura.

Noté con satisfacción cómo observaba mi cuerpo semidesnudo, aún con tacones altos. Su mirada reflejaba admiración y deseo.

Me ofreció su mano. Tras respirar hondo, temblorosa, le di la mía. “Es una aventura”, me repetía a mí misma. “Es bueno expandir tus límites”. Jim me sonreía y parecía tan cómodo que me hizo preguntarme cuántas veces había estado ahí y con quién.

“Se había puesto una toalla blanca alrededor de la cintura. Noté con satisfacción cómo observaba mi cuerpo semidesnudo. Su mirada reflejaba admiración y deseo.”

Lana se llevó a su novio a otra sala y yo me quedé a solas con mi cita.

“Pase lo que pase, no me sueltes la mano”, le advertí.

“No te preocupes, estás conmigo”, me dijo.

Aferrándome fuerte a su mano, entramos a una sala abastecida de condones gratuitos. Casi todas las personas que había ahí estaban en muy buena forma, aunque no vi a ningún culturista. También vi una mesa con fruta, verduras y lonchas de jamón de York. No tenía apetito para ponerme a comer en medio de un club de sexo y al parecer nadie más tenía hambre.

Jim se detuvo a la entrada de una de las salas privadas, cogió mi cara entre sus manos y me besó profundamente, explorando mi boca con su lengua con una pasión feroz.

Cerré los ojos. El sonido de carne sudorosa chocando contra carne en la enorme cama de agua que había cerca y los gemidos orgásmicos de sus participantes fueron la banda sonora de nuestro beso. Traté de vivir el momento mientras nos besábamos. Él intentó llevarme a un sofá, pero como empezó a disiparse el efecto del vino, me quedé paralizada por miedo a sentarme o tumbarme sobre los fluidos corporales de otras personas.

“¿Te apetece ver cómo folla la gente?”, me preguntó con la voz tranquila, como si me preguntara si quería ver la tele. Asentí con la cabeza, hipnotizada por el panorama que tenía alrededor.

Vimos a seis parejas retozando en una cama de agua gigante en una sala bajo una luz de neón que solo iluminaba fragmentos de la escena. En otra sala había un grupo de gente extrañamente silenciosa jugando al Twister nudista. Jim me soltó la mano y sus dedos me empezaron a palpar mientras veíamos la escena.

“Vimos a seis parejas retozando en una cama de agua gigante en una sala bajo una luz de neón que solo iluminaba fragmentos de la escena.”

Aunque la acción era explícitamente sexual, no me resultaba excitante. Me parecía demasiado mecánica e impersonal, como una fantasía pornográfica de hombres. Personalmente, prefiero el sexo con diálogo, contacto visual y algo de calentamiento. Esto me parecía surrealista.

Me sobresalté cuando una mano peluda me agarró el culo y sentí la respiración pesada de un hombre muy cerca de mi oreja. ”¡No!”, le chillé mientras acercaba mi cuerpo al de Jim a raíz de la invasión. “Para, no quiero que me toquen”.

“Tío, ¿no has leído la señal o qué? Vete de aquí, ha venido conmigo”, dijo Jim apartándole la mano al hombre.

Sobresaltada, decidí que ya había tenido suficiente.

“Jim, estoy lista para irme”, le dije.

“Claro, vámonos de aquí. Podemos volver a mi casa”.

En el taxi, me moría de ganas de hablar de mi experiencia:

“Tendrían que haber expulsado a ese capullo por incumplir las normas”.

“Suele pasar”, respondió Jim.

Lo volví a intentar:

“Parecía que los que estaban haciéndolo estaban en otro mundo”.

“Sí”.

Aunque era un hombre de demasiadas pocas palabras, nos lanzamos el uno a los brazos del otro cuando llegamos a su casa, azuzados por nuestras fantasías.

A la mañana siguiente, en el desayuno, me sentí bien conmigo misma por haber expandido mis límites, pero Jim no me resultó especialmente interesante fuera de la nube de vapor del club de sexo.

Al final, me di cuenta de que lo había hecho todo mal. Aunque físicamente había ido siempre por el camino menos peligroso, había invertido demasiada energía en hombres que era imposible que me hicieran sentirme realizada.

Me comprometí a llevar algo de aventura a mi vida en vez de a mi vida amorosa y a conocer mi valor propio más allá de mi capacidad para ligar con un hombre.

“Me di cuenta de que lo había hecho todo mal. Había invertido demasiada energía en hombres que era imposible que me hicieran sentirme realizada.”

Así pues, me centré en las experiencias sensoriales. A lo largo de los siguientes años, aprendí danza del vientre, fumé tabaco de sabores en un bar Hookah de Ámsterdam, estuve en una carroza lanzando abalorios a la gente durante el carnaval Mardi Gras de Nueva Orleans y un monje tibetano me enseñó técnicas de autosanación. Puse a prueba mi pericia practicando descenso de ríos y descubrí que me encanta controlar el barco, cabalgar las olas, el sabor del agua del río en mi boca y el viento agitándome el pelo...

Aprendí a meditar y encontré un buen terapeuta. A medida que gané confianza, empecé a atraer a hombres a los que no les daba miedo la intimidad.

Cuando conocí a mi marido, un sudafricano con mechones rubios de punta y un collar de colmillos afilados, por primera vez alguien se unió a mis ganas de experimentar. Me ayudó a superar mi reticencia a comer pescado crudo y me retó a hacer cosas como ir de safari por África, hacer jet ski en el océano y montar en avestruz.

Era tan buen comunicador como inspirador. Cuando le dije que había tenido una primera cita en un club de sexo, mostró curiosidad, pero no me juzgó. Cuando le dije que era Dating Diva, quiso leer mis artículos. Cuando le dije que siempre había tenido problemas con los límites y la intimidad con los hombres, tuvo la respuesta perfecta.

“Eso lo podemos solucionar”.

Y eso hemos hecho.

Hemos tenido problemas de fertilidad, sustos médicos, tensiones familiares, muchas discusiones (que siempre resolvemos) y hemos criado a una niña de 9 años muy activa a lo largo de nuestros 13 años de matrimonio. No tengo por qué cambiar yo o cambiarlo a él para demostrar que nos queremos.

Aunque no tenemos previsto ir a ningún club de sexo en el futuro, es posible que cuando nuestra hija se vaya de campamento este verano vayamos a un bar y finjamos que no nos conocemos. O puede que nos quedemos en casa, tomemos una cena tranquila y veamos algo en Netflix.

La ropa es opcional.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.